Ciencia ficción sin sutilezas y poblada de lugares comunes

Paula Vázquez Prieto
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9 de febrero de 2018  

Altered Carbon (estados unidos, 2018). Dirección: Uta Briesewitz, Peter Hoar, Nick Hurran, Andy Goddard, Alex Graves, Miguel Sapochnick. Guion: Laeta Kalogridis, Steve Blackman, Brian Nelson, David Goodman (basada en la novela de Richard Morgan). Elenco: Joel Kinnaman, Martha Higareda, James Purefoy, Chris Conner, Kristin Lehman, Tamara Taylor. Disponible en Netflix. Nuestra opinión: regular

Solemne y engolada, la nueva -y costosísima- apuesta de Netflix por la ciencia ficción distópica recuerda menos lo mejor de Blade Runner que lo peor de la saga Matrix. Creada por Laeta Kalogridis e inspirada en la novela del inglés Richard Morgan, planea sobre un futuro distante y opaco en el que los cuerpos son reciclables y las almas vagan a la espera de volver a la vida. Ese mundo de resurrecciones pagas e hibernaciones frustrantes se condensa en un estética que se nutre abiertamente del neo noir pero que esquiva toda sutileza en su abordaje. Altered Carbon, ya desde la voz en off inicial, afirmada en frases declamatorias y entonaciones graves, peca y abusa de la literalidad.

Situada 250 años después de una revuelta terrorista contra el poder corporativo de los ciudadanos ricos y el orden de un Protectorado, la vida del rebelde Takeshi Kovacs (Joel Kinnaman) adquiere un nuevo cuerpo en una espacial Alcatraz y renace como investigador al servicio de un magnate que quiere descifrar su propio asesinato. Allí ya tenemos las claves: crimen, poder, misterio. La astucia algo desencantada del tradicional detective de la serie negra ha mutado en Kovacs en una autosuficiencia anclada en las piezas del guion antes que en la solidez del personaje. Toda la ciudad a su alrededor, erigida como una renacida Metrópolis dividida en clases en disputa, en espacios prohibidos y en zonas de riesgo, desperdicia su potencial en escenas de una palabrería rayana en el absurdo con frases como: "Algunas cosas no pueden comprarse".

Pero no todo está perdido. El hotel The Raven, en el que se hospeda Kovacs durante su investigación, tiene grandes hallazgos como un Edgar Allan Poe de emociones materiales pese a su existencia digital, encantador y de armas tomar, que concentra los pasajes de mayor humor y menor preocupación por la trascendencia. Los grandes interrogantes sobre el sentido de la vida y su relación con el cuerpo, los placeres de la virtualidad y el control del destino por parte de un poder concentrado y omnímodo se pueden presentir en los detalles más impensados como las miradas de una chica "a la venta" en un oscuro negocio de sexo, o en la visita de una madre preocupada por un futuro sin muerte ni alma. Pero los recovecos de una trama que necesita una y mil explicaciones y ese tono de gravedad sobreactuada asfixian los pocos momentos -entretenidos, sin esos montajes de peleas coreografiadas- en los que la serie adquiere verdadera vitalidad debajo de la pesada funda que la recubre.

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