El último chiste cordobés resuena en el continente

Sebastián Espósito
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9 de febrero de 2018  

El aura de Cosquín Rock es especial. Solo alcanza con vivirlo una vez para comprobarlo. Ayer en San Roque, anteayer en la Plaza Próspero Molina y hoy en el aeródromo de Santa María de Punilla, el encuentro contiene esa experiencia festivalera que en Buenos Aires no se consigue. Encontrarse, conocerse, enamorarse y desenamorarse con rock de fondo y arrullo serrano solo es posible allá, entre Cocas con fernet, choris, banderas que indican los lugares de procedencia de las miles de almas que viajan en procesión al festival y también las bandas que aman.

¿Es posible trasladar esa mística coscoína a México, Colombia, Perú, Bolivia y más allá? Para responder a esa pregunta, José Palazzo puso primera el año pasado y llegó con su marca a esos países. En México le fue muy bien, en otros sitios no obtuvo el resultado esperado. Sin embargo , redobla la apuesta para esta temporada: es posible que desembarque en Uruguay y también en Chile, plaza en la que estuvo por poner un pie hace ya varios años. Junto al festival, claro, el viejo y querido rock argentino. Ese que conquistó América Latina en los 80 y 90 con Soda Stereo como cabeza visible de un movimiento que, de México a Chile, prendió en todo el subcontinente.

En noviembre, en la Ciudad de México, 25.000 personas vieron a Los Auténticos Decadentes y Los Caligaris, dos bandas argentinas de las que el público azteca supo enamorarse y abrazar como propias. A la caza de esos ejemplos, alimentado por el buen momento de nuestro rock y con el espectáculo del Cirque du Soleil consagrado a Soda ( Séptimo día) girando por todo el subcontinente, Cosquín Rock persigue un sueño: convertirse en franquicia, en una suerte de Lollapalooza de las pampas. O, mejor dicho, de las sierras. El humor cordobés nunca imaginó que iba a llegar a tanto.

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