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La vida de una empleada doméstica

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Mi mamá volvía muchas veces disgustada por una frase dedicada en tono antipático
Mi mamá volvía muchas veces disgustada por una frase dedicada en tono antipático Fuente: LA NACION
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8 de febrero de 2018  • 20:31

Cuando mi madre enviudó, el dinero que entraba en la casa disminuyó de golpe y buscó trabajo como empleada doméstica en casas de algunos vecinos del barrio. Trabajaba varias horas en dos o tres casas de familia los días de semana y los domingos, en un salón de fiestas. Los dueños del salón tenían también una fábrica de pastas y, de regreso del trabajo los domingos, almorzábamos las pastas que ella traía. El del salón era el trabajo más esforzado y la comida tenía un sabor ambivalente para nosotros.

De las casas de los vecinos, ella volvía con historias de madres e hijos, de padres y hermanos, de noviazgos y de rupturas inevitables. Mi madre era una narradora precipitada, se anticipaba a la conclusión y quería imponer una moraleja que a veces no era tan evidente. Esos relatos alimentaban los momentos que compartíamos.

Le hacía preguntas por las vidas de los demás porque siempre había pensado, seguramente de manera equivocada, en el carácter ejemplar de los aciertos y los errores de los demás. Más temprano que tarde, tuve que descubrir que lo que para unos eran logros para otros representaban los fracasos más desalentadores.

Aunque mi madre tuvo siempre un gran carisma y no le costaba nada trabar amistad con las dueñas o los dueños de las casas de familia para las que trabajaba, limpiar afuera la cansaba enormemente. La comunicación fluida entre vecinos había adoptado un encuadre desigual. Ahora sé que eso ocurre en todos los trabajos, donde las escalas jerárquicas asumen por momentos una importancia mayor que el proceso de trabajo, y lo vuelve espeso e insoportable, pero en esas ocasiones no podía más que escucharla y padecer en silencio con ella.

Volvía muchas veces disgustada por una frase dedicada en tono antipático. No estaba acostumbrada a recibir órdenes, aunque sí a darlas en el ambiente hogareño. Pocas veces se quejaba con amargura y descargaba la furia con baldazos o escobazos. El agua caía desde la terraza donde colgábamos la ropa al sol.

Una vez ocurrió una tragedia en la familia que era dueña del salón de fiestas. Yo había encontrado una figura retórica en esa circunstancia, pero me guardé la ocurrencia cuando mi madre me contó que el hijo mayor había muerto en un accidente de tránsito. Sus padres habían depositado una esperanza enorme en él, tanto como la desconfianza que les suscitaba el segundo hijo varón. Esos restos de tradiciones antiguas, como el mayorazgo, todavía sobreviven.

Como empleada doméstica, mi madre se convirtió de la noche a la mañana en la confidente de la angustia de la señora de la casa. Llegaba exhausta y se echaba en la cama con los ojos abiertos. Al propio duelo se sumaba otro. Por distintos motivos, ambos eran irrenunciables. El dinero se pagaba con tiempo y con dolor. No había limpiado nada esa tarde, ni la tarde anterior; solamente había escuchado los planes que la madre "viuda" de un hijo había elucubrado para él, los recuerdos de infancia protagonizados por el difunto, los infaltables remordimientos cuando alguien al que amamos muere súbita o no tan súbitamente. La fábrica de pastas cambió de nombre y adoptó el del hijo muerto.

Después de varios meses, mi madre me dijo que la fase más extrema del dolor de la señora para la que trabajaba había pasado. Quise saber las razones por las que ella sostenía eso con tanta seguridad. "Volvieron los modales bruscos", me dijo. Pocas semanas después, una carta oficial dirigida a ella le notificaba que estaba en condiciones de recibir la pensión por la muerte de mi padre. Al día siguiente renunció a sus trabajos como empleada en casas de familia y, meses después, emigró a su país natal. Cuando hablamos por teléfono, me cuenta que nunca dejó de hacer las tareas de la casa.

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