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Inundaciones: alimañas, barro y temor a una nueva crecida

Dormir a la intemperie no es un juego sino la única opción en La Puntana
Dormir a la intemperie no es un juego sino la única opción en La Puntana Fuente: LA NACION - Crédito: Emiliano Lasalvia
El difícil retorno de las familias afectadas por la crecida del río Pilcomayo; muchos parajes quedaron convertidos en lodazales; el agua arrasó con casi todo
Fernando J. de Aróstegui
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9 de febrero de 2018  

HITO UNO, Salta.- A 100 metros del puesto fronterizo, el vecino Tito Antero Galarza, de 57 años, levantaba una tapia de ladrillos en todo el frente de su casa. Así intenta contener la próxima crecida del río, que supone inminente. Su vivienda quedó convertida en un lodazal luego de que el sábado pasado el río Pilcomayo se desbordó y el agua alcanzó en el pueblo unos 60 centímetros de altura.

Los anegamientos abarcaron una amplia zona en torno a la ciudad de Santa Victoria del Este, por lo que miles de lugareños se evacuaron con asistencia estatal. Muchos de ellos encontraron refugio en escuelas y otras dependencias del Estado en Tartagal y Acheral. Pero a otros miles solo les fue posible apelar a la protección hostil que ofrecían los montes más altos, donde familias enteras pernoctaron varios días a la intemperie, esperando a que bajara el agua.

Como Galarza, son muchos los vecinos de la región que al volver de las alturas a sus hogares los encontraron devastados. Y ahora reclaman por la falta de asistencia estatal. La mayoría de estos vecinos evacuados en los montes son integrantes de la comunidad wichi y reclaman asistencia estatal. Por este motivo, el martes y anteayer un numeroso grupo de estos aborígenes cortó con troncos la ruta 54 a unos 24 kilómetros de Santa Victoria Este.

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"No recibimos ninguna ayuda del Estado. Toda la asistencia del gobierno está concentrada en Santa Victoria Este, mientras que acá no llegó nada", les reclamó Pablo Solís, un cacique wichi de comunidad La Puntana, a funcionarios del Ministerio de Desarrollo Humano salteño en una asamblea celebrada al costado del piquete. Solís representa a unos 4000 wichis de 12 comunidades asentadas en una zona ubicada a unos 17 kilómetros de la ruta.

"Aunque los caciques de La Puntana digan que no recibieron asistencia, lo cierto es que les entregamos 600 bolsones de alimentos", retrucó Edith Cruz, ministra de Asuntos Indígenas y Desarrollo Social. Y agregó que debido a la situación de emergencia que atraviesa la provincia la circulación de las rutas se garantizará con la Gendarmería y la policía.

Fuente: LA NACION - Crédito: Emiliano Lasalvia

Por la crecida, en la región aumentó sensiblemente la cantidad de víboras yararás, alacranes y arañas. "Los bichos buscan las partes más altas: se suben a los árboles y buscan las casas, que suelen estar más secas", explicó Juan Pablo Zala, de 39 años, docente y vecino de la zona. Y aunque la cantidad de mosquitos también es altísima, por el cierre de los comercios a muchos lugareños les resulta imposible conseguir repelente y solo les queda apelar al humo de quebracho.

Las localidades más afectadas por el agua fueron La Puntana, Hito Uno, Monte Carmelo, La Curvita y Santa María, entre otras. Además del operativo de asistencia estatal, se registraron numerosos casos espontáneos de gente que socorrió a familiares afectados, muchos de ellos instalados en refugios a la vera de la ruta 54.

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Norberto Arias, de 62, vecino de Tartagal e integrante de la comunidad tapiete, manejaba hacia La Curvita una camioneta colmada de provisiones para familiares suyos de esa localidad, que fueron evacuados por el Ejército en un gomón. Arias les llevaba ollas, agua, jabón y champú.

El agua también alcanzó el rancho de adobe, techo de varillas y piso de tierra donde María Luisa Sánchez, de 39 años, vivía con sus seis hijos. Ubicado a la vera de la ruta 54, en la zona de Padre Col Nuevo, la correntada afectó las columnas de quebracho de la vivienda, y Sánchez cree que con la próxima e inminente crecida terminarán por ceder. "Se nos empaparon la ropa y las camas, y se rompieron la heladera y el ventilador", explicó en el calor sofocante de la estrecha vivienda, cuyo piso quedó hecho un barrial.

Fuente: LA NACION - Crédito: Emiliano Lasalvia

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