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Al final, las computadoras también van a desaparecer

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
Calma, no es lo que parece, pero hay algo de eso. En la foto, glóbulos rojos. El gate de un transistor actual es 360 veces menor que una de estas células, y hay más de 2500 millones de transistores en un solo procesador
Calma, no es lo que parece, pero hay algo de eso. En la foto, glóbulos rojos. El gate de un transistor actual es 360 veces menor que una de estas células, y hay más de 2500 millones de transistores en un solo procesador Crédito: SHUTTERSTOCK
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10 de febrero de 2018  

Estos días International Data Corp (IDC) dio a conocer que las tablets han cumplido 13 trimestres de declive. El dispositivo mágico de 2010, el que estaba destinado a borrar del mapa a las computadoras, no logró ni una pizca de la relevancia de las PC. Dato no menos significativo, las que siguen creciendo son las máquinas híbridas, es decir, las tablets que vienen con un teclado que se puede desconectar. Pero hay más.

En octubre último Huawei se sumó a Samsung en una movida que parece novedosa, pero que en el fondo es obvia. Los nuevos modelos de smartphones de estas dos compañías pueden convertirse en computadoras personales. La primera razón por la que pueden ofrecer esta opción es, lógicamente, que los teléfonos inteligentes ya son computadoras. Quiero decir, si le conectás un teclado, una pantalla y un mouse a una multijuguera no la convertís en una notebook.

Pero esto es lo menos relevante. Las computadoras se han achicado y las llevamos en el bolsillo. Vaya noticia. Hace 30 años pesaban dos toneladas y eran menos potentes que una PlayStation. Sí, es la historia de esta industria. Bienvenidos a la miniaturización.

Ahora bien, lo raro es que hayamos dado por sentado que en algún momento alguien iba a decir: "Bueno, listo, llegamos hasta acá. No vamos a seguir reduciendo la electrónica, ni buscando mayor velocidad de cómputo, ni algoritmos más inteligentes, ni nada. Ya tenemos todo el progreso que necesitamos."

Les tengo una noticia (esta sí que va a ponerle los pelos de punta a más de uno). Salvo que sobrevenga un holocausto nuclear o algo así, la civilización va a seguir buscando el progreso técnico. ¿Cómo lo sé? Porque hemos estado haciendo eso desde que nos bajamos de los árboles. Está en nuestro ADN.

Respecto de las computadoras eso significa que nuestros relucientes teléfonos inteligentes en algún momento del futuro mediato van a ser vistos como algo ridículamente grande, lento y caro.

Lo pondré de este modo. Un día, dentro de no mucho, los más chicos van a encontrar entre absurdo y gracioso (y, por supuesto, super vintage) el que lleváramos dispositivos tan enormes en el bolsillo. Dirán cosas como: "¿En serio iban con la pantalla a todas partes?" O bien: "¡No te puedo creer que la pantalla tenía todo el tiempo el mismo tamaño, la estuvieras mirando o no! Qué loco."

Si bien no puedo adivinar exactamente qué rumbo va a tomar la tecnología, y con la absoluta certeza de que estas palabras muy posiblemente despierten una sonrisa dentro de 100 años, una cosa es segura. El progreso técnico no tiene botón de apagado. De pausa, sí, claro, hubo épocas en las que se le puso un cepo; y en muchos sentidos, como ocurre a menudo con los cepos, los avances siguieron. Fue el caso de Copérnico, cuya obra fundamental se publicó justo antes de su muerte, en 1543; la imprenta había nacido 88 años atrás y la información comenzaba a fluir libremente. Copérnico, no sin razón, se había negado hasta entonces a divulgar su De revolutionibus orbium coelestium, que había concluido 11 años antes.

De carne y hueso

Volviendo al siglo XXI, no hay nada que nos impida imaginar computadoras completamente ubicuas. Una supercomputadora en un grano de arroz tampoco es una locura. Nada impide que la máquina se conecte de forma automática a cualquier pantalla disponible toda vez que haga falta. De hecho, esa tecnología ya existe, pero todavía necesitamos que las pantallas estén en todas partes, o que cosas que hoy son sólo una pared, una ventana o una mesa se conviertan en pantallas. Eventualmente, contendremos un display.

Ya estamos experimentando (exitosamente) con el control de los dispositivos usando sólo la mente. Pero, mientras esperamos que esta clase de interfaz se vuelva estándar, la miniaturización encuentra un obstáculo. No en las máquinas propiamente dichas, sino en nosotros. Para mandar un mensaje de WhatsApp de tres palabras, tipeamos en la pantallita. Ahora, si se hace largo o si vamos caminando por la calle, mandamos un audio.

Exacto. No podemos -y supongo que no vamos a querer- miniaturizar también nuestras manos. De modo que para escribir esta columna necesito un buen teclado. Grande y robusto. Con un procesador de texto que me corrija automáticamente los 304.000 errores de tipeo que cometo por minuto (estudié mecanografía en la Two Finger School). Lo mismo ocurre con las planillas de cálculo, el código fuente, las películas de animación, la edición de video y audio, la composición y arreglo de música, y, en fin, casi cualquier trabajo de producción. Un buen micrófono (lo mismo que un buen altavoz) necesitan ser voluminosos; la información se ha digitalizado, pero el sonido sigue siendo un fenómeno físico, mecánico.

O sea, una cosa es la computadora y otra la interfaz por medio de la que controlamos esa computadora. La computadora va a desaparecer, se va a volver tan pequeña que al principio va a convertirse en algo no sólo invisible, sino en algo en lo que no reparamos. Cuando nos enteramos de que un amigo o un pariente no tiene celular, nos resulta un poco asombroso. Es el principio de ese proceso. Porque, en el fondo, tan sólo 40 años después de la aparición de las primeras computadoras personales, nos sorprende que alguien no tenga encima una computadora. Si alguien hubiera anticipado algo por el estilo en 1977, lo habrían tomado por loco.

Luego, imagino, podremos integrar el cómputo a nuestro organismo. Traté esto hace poco, por lo que no abundaré aquí.

Mi primera PC pesaba unos 15 kilos. Y habría sido incapaz de ejecutar WhatsApp. Incluso si hubiera tenido conexión con Internet -que por entonces no estaba disponible para el resto de nosotros-, aquél 8088 con un megabyte (sí, mega) de RAM y sin disco rígido no sólo no habría podido correr ninguna de las apps que tenés en tu celular, sino que ni siquiera tenía espacio de almacenamiento para instalarlas. No, tampoco cuando le puse su primer disco rígido; era de 40 megabytes (sí, mega) y me costó 300 dólares. Por ese dinero hoy podría comprar (en la Argentina, donde la tecnología es cara) 150.000 veces más espacio.

La computadora personal no es un dispositivo. Es un concepto. Una idea. La de que todo el mundo tenga acceso a poder de cómputo y, desde hace 20 años, a Internet. Es como la lectoescritura. No importa si leés un papiro de 5000 años de antigüedad, la lista del supermercado, el chat o una novela de Tolstoi en el Kindle; no cambia nada si escribís con pluma de ganso o con un stylus en una pantalla sensible que interpreta texto. Lo que cuenta es la idea, que durante 4500 años resultó disparatada, de que todos podamos leer y escribir.

Así que no, la computadora no va a desaparecer. Y sí, va a desaparecer. Es decir, se va a volver invisible, ubicua, la vamos a dar por sentada en niveles en los que un smartphone sería inviable y de formas que todavía somos incapaces de imaginar.

Lo interesante de la noticia de Huawei y Samsung es que blanquea el hecho de que en una pantallita de bolsillo hay cosas que no podés hacer. Que el mouse sigue siendo irreemplazable para muchas tareas. Que una cosa es arrojarle pájaros a una pila de chanchitos o mensajear en el grupo de WhatsApp y otra muy diferente diseñar un puente.

Pronto no van a hacer falta accesorios. Los teléfonos van a conectarse a pantallas, teclados y otros periféricos de forma transparente. El DeX de Samsung es un paso, sólo eso. Un paso inteligente e importante, pero un paso.

El teléfono de Huawei corre una versión de Linux que puede ejecutar las apps de Android. Lógico, el núcleo de Android es el mismo de Linux. Y en ventanas que se pueden superponer. Esperen, ¿dónde vimos esto antes?

De un pantallazo

Es el tercer factor que querían seguir barriendo bajo de la alfombra toda vez que declamaban que la PC había muerto y que sería reemplazada por las tablets. La antigua interfaz WIMP (por Windows, Icons, Menus, Pointing device o Pointer a secas) sigue siendo exactamente la mismo que usamos hoy en los entornos de producción. Puedo entender que el supervisor que verifica cada día el estado de 35 ítems en una fábrica use una tablet. Pero si necesito, como ahora, un roller que me pasa 300 titulares por día, el ticker con las principales acciones tecno, 40 pestañas en el navegador, un procesador de palabras de verdad, la calculadora y Spotify, todo a la vez y accesible con un atajo de teclado (Alt-Tab), mis disculpas, pero a la interfaz WIMP no hay con qué darle.

¿Cambiará eso en el futuro? Esa no es la pregunta, porque en este negocio todo cambia. La pregunta es cuándo inventaremos una interfaz mejor. No lo sé. Hemos experimentado con esferas de etiquetas (muy vistoso, pero poco práctico), escritorios 3D (como el que aparece en Jurassic Park; no servían para nada), con realidad virtual (interesante, aunque con limitaciones), pero cuando miro alrededor veo pantallas enormes en los escritorios de los fotógrafos, los diseñadores y los editores de video. No habría nada para mirar en el smartphone si no fuera por el servicio que prestan esas enormes pantallas, esos teclados descomunales y, ¡herejía!, el infatigable ratón.

Es bastante usual que para predecir los cambios tecnológicos pasemos por alto que, al menos de momento, hay un factor que no puede digitalizarse. El factor humano, nuestra entidad orgánica, física, repleta de limitaciones y propensa a errores.

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