De Laika a Starman, los mártires espaciales

Pablo Plotkin
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10 de febrero de 2018  

Junto a un edificio militar en Moscú, sobre un cohete de bronce que se convierte en garra contenedora, erguida en su chaleco de astronauta y con un gesto de integridad perruna, ahí está Laika en su versión monumental, preparada para morir en nombre de la causa espacial soviética.

Esa estatua inaugurada en 2008 representa una historia que, más de sesenta años después, sigue siendo de una tristeza sideral. En 1957, la URSS se propuso enviar por primera vez un animal fuera de la atmósfera terrestre, con el objetivo de estudiar sus reacciones físicas antes de lanzar una nave tripulada. La NASA solía trabajar con monos, pero los rusos preferían a los perros: era más fácil entrenarlos. Laika era una mestiza (probablemente cruza de husky y terrier) de unos tres años, pequeña -pesaba menos de seis kilos-, que vivía en las calles de Moscú. Los rusos elegían callejeros porque estaban acostumbrados a soportar temperaturas extremas.

El satélite Sputnik 2 era apenas más grande que un lavarropas, así que en la semanas previas al lanzamiento Laika fue entrenada para permanecer varios días en compartimientos cada vez más chicos, hasta que ya no tenía lugar para darse vuelta ni hacer sus necesidades. El cirujano Vladimir Yazdovsky -uno de los científicos a cargo de la misión- le conectó sensores internos para monitorear sus signos vitales durante la expedición. Las autoridades soviéticas sabían que era un boleto de ida: en el mejor de los casos, Laika iba a morir luego de diez días en el espacio, tras comer una dosis de gel envenenado dispuesta a modo de eutanasia. Pero hay un detalle de la historia que le estruja el corazón a cualquiera: la noche previa al lanzamiento, el Dr. Yazdovsky llevó a Laika a su casa para que jugara con sus hijos y que viviera por unas horas la experiencia del amor doméstico. "Quería hacer algo lindo por ella -dijo Yazdovsky-. Le quedaba poco tiempo de vida".

El 3 de noviembre de 1957, el Sputnik 2 partió de la Tierra y alcanzó su aceleración máxima mientras el ritmo cardíaco de Laika se multiplicaba por tres. Logró traspasar la órbita y, ya fuera del dominio de la gravedad, sus pulsaciones se normalizaron. Sin embargo, según reveló en 2002 un científico involucrado en la operación, y contrariamente a las versiones oficiales que decían que había sobrevivido unos días, Laika murió a siete horas del despegue: un desperfecto en el sistema de control térmico la llevó a un colapso cardíaco.

Ahora -gracias a la ambición superhumanista de Elon Musk- tenemos a Starman, una versión indolente del mártir espacial, que flota en un viaje elíptico a Marte programado en mil millones de años. Ahí va nuestro Major Tom sin tragedia, el Capitán Beto de la era de la inteligencia artificial, un maniquí al volante de un Tesla Roadster color cereza, un auto eléctrico de 100.000 dólares. En la pantalla del tablero se lee Don't Panic y de los parlantes sale "Space Oddity", cuyos compases se licúan en el gas interestelar mientras la música de David Bowie vuelve a su lugar de origen: el universo.

Seguiremos a Starman en lo que sea que dure su viaje, por Laika y por todos nosotros, y a través de sus ojos ciegos contemplaremos el brillo diferente de las estrellas y el azul mágico de la Tierra alejándose para siempre.

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