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Los micrófonos son extranjeros

La impresionante transnacionalización de la radiodifusión y las telecomunicaciones, iniciada hace más de 10 años, ha dejado como resultado que los dueños mayoritarios de las comunicaciones en la Argentina son poderosos grupos empresarios del exterior. Las ventajas brindadas para este tipo de inversiones en el país notienen reciprocidad en los mercados norteamericano o europeo. Tras tres períodos democráticos, la ley de radiodifusión, sólo emparchada, es la que firmó Videla hace 20 años
Pablo Sirvén
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25 de marzo de 2001  

Tienen claras tonadas mexicana, española, venezolana y hasta norteamericana y australiana: son los dueños mayoritarios de las comunicaciones argentinas.

Mientras nuestros vecinos de Uruguay, Paraguay y Brasil, y los mucho más poderosos y desarrollados Estados Unidos, Italia, Francia y Países Bajos excluyen todo tipo de participación extranjera en radiodifusión y telecomunicaciones, la Argentina les abre generosamente la puerta para que, "en pie de igualdad" con los nativos -o sea, nosotros-, participen de este multimillonario y neurálgico negocio.

Consecuencia: la hispana Telefónica Media domina el 50 por ciento de Azul TV y el ciento por ciento de Telefé (en infracción obvia a la ley de radiodifusión que prohíbe que una misma empresa tenga más de una emisora en un mismo distrito), más la totalidad de los paquetes accionarios de otras dos radios porteñas (Continental y FM Hit) y de once canales provinciales.

El fondo de inversión estadounidense Hicks, Muse, Tate & Furst maneja el 36,5 por ciento de Cablevisión, el 20 por ciento de Torneos y Competencias, y grandes tajadas de señales de cable, además de intereses en compañías de Internet, editoriales y publicitarias.

Las ahora de moda y muy concurridas cadenas de cine Village y Cinemark -que con su aparición decretaron la muerte de cuatro cines de Barrio Norte y el languidecimiento de otros tres- son emprendimientos del exterior, tanto como las principales editoriales de libros locales tienen desde hace rato socios mayoritarios muy lejos de la Argentina. Ni qué hablar de los teléfonos (que en diez años de bimonopolio depararon a Telefónica y Telecom utilidades declaradas por 6203,8 millones de pesos).

Las modalidades y el precio que habrá que pagar para ver los próximos mundiales de fútbol serán fijados por DirecTV (74 por ciento de la americana Hughes Electronics, 21 por ciento del venezolano Grupo Cisneros y apenas un 5 por ciento del local Grupo Clarín, que hasta hace poco tenía el control de la compañía), que compite cuerpo a cuerpo por el dominio de la TV satelital con Sky (de la australiana News Corporation, el brasileño Grupo Globo y la mexicana Televisa, cada uno con un 30 por ciento, y la americana Liberty Media con un 10 por ciento).

La transnacionalización de la radio no es menor: a las inversiones de Teléfonica se suma la colección de siete emisoras locales (flagrante infracción a la ley de radiodifusión) de los mexicanos de CIE, asociados a la local -aunque no lo parezca por su nombre- Rock & Pop.

La Argentina de este comienzo del siglo XXI difiere diametralmente de su foto de hace 27 años, cuando el tercer gobierno peronista ahondó el fuerte dominio estatal de los medios audiovisuales al expropiar de facto y a punta de pistola, canales y productoras de TV en tanto seguía aferrada a buena parte de las emisoras radiales.

Sin capacidad para el término medio, y condicionados por una economía demasiado abierta que los deja en evidente inferioridad frente a los gigantes mundiales de la comunicación, los empresarios argentinos de hoy prefieren pasar de dueños a dóciles gerentes antes que hacer como sus pares estadounidenses, que privilegian las fusiones entre nacionales, aunque también les cuesta frenar el avance del inefable australiano Robert Murdoch, que ya tiene allí dos docenas de estaciones de TV y quiere más. O como la Unión Europea, que impidió cinco fusiones en un año.

Está claro que los efectos de la globalización no se hacen sentir sólo por estos pagos: en 1996, el grupo australiano NewsCorp se asoció con Globo para crear la mayor compañía de cable latinoamericana.

La británica Pearson controla a la editorial española Recoletos (Marca, El Mundo y, aquí en la Argentina, dueña de El Cronista), aunque la Unión Europea le puso muchos peros a la gigantesca fusión entre la americana Time Warner y la británica Emi.

El fenómeno es mundial: el planeta se ha achicado y los negocios no reconocen fronteras. La saludable desregulación ecuménica de la economía podría, sin embargo, tener efectos no tan positivos en países menos desarrollados, como la Argentina, donde las humildes empresas nacionales poco y nada pueden hacer para competir contra tremendas potencias extranjeras.

"El capital nacional como tal tiende a desaparecer -reconoce el periodista Daniel Hadad, que pasó de dueño de Radio 10 a empleado jerárquico y accionista de la americana Emmis, que ahora comanda esa emisora y la FM Mega-; es que si bien mi experiencia fue exitosa era muy chiquitita para competir con Clarín o Telefónica. Frente a Hicks, Daniel Hadad no existe. Yo puedo pelear la primera batalla, que es la del ingenio, pero después, para mantenerme y crecer, necesito capital y know how. Me siento más seguro con el respaldo de un grupo como Emmis, que factura 2000 millones al año y que me permite encarar inversiones más ambiciosas en software, cambiar la antena y hacer campañas de publicidad. Antes, a mí solo, en el Boston me permitían un descubierto de 100.000 pesos; ahora, es de un millón y medio."

Sin embargo, no todo lo que reluce es oro. Antes que ser arrasados por la imbatible competencia internacional que llega sin restricciones a nuestras playas -como los tratados internacionales tienen mayor jerarquía que las leyes nacionales, algunos convenios firmados por la Argentina con otros países habilitan ciertas participaciones extranjeras en emisoras de radio y TV locales, algo que la ley de radiodifusión vigente prohíbe taxativamente-, los empresarios nativos del ramo deponen armas con muchísimo gusto.

Hadad, casándose con Emmis, embolsó 15 millones de pesos, sin perder el gerenciamiento de sus medios. "Hay empresarios -revela el periodista- que han vendido todo y ahora se gastan en psicólogos la plata que ganaron. El CEI me quiso comprar siete meses atrás a cambio de una fortuna cash , pero como me tenía que ir, les dije que no. Ahora reporto al presidente de Emmis Internacional todos los días y hago viajes relámpago a Estados Unidos. Discutimos presupuestos y nuevas inversiones, pero yo no perdí el manejo de lo que más me divierte que son los contenidos y allí no se meten. Eso sí, se pierde velocidad: yo antes tomaba decisiones de un momento para el otro. Ahora lleva un tiempo. Es un aprendizaje".

Lo que ocurre en el campo de las comunicaciones argentinas es sólo un botón de muestra de la abrupta extranjerización de toda la economía global en los últimos años: con el proceso de privatización iniciado a comienzos de los años noventa, la acelerada apertura económica produjo una fuerte concentración de los negocios que retrajo fuertemente la inversión de la industria nacional. En medio, y a consecuencia de ello, aparecieron otros fenómenos: la globalización que barre fronteras en favor de los más fuertes; la aparición de un Mercosur que parece favorecer más a Brasil que a la Argentina; la constante regresividad del ingreso y la mayor presión impositiva que deprime el consumo; la relación de dependencia que va cediendo frente a la tercerización y a relaciones laborales más frágiles y temporales, etcétera, van acotando las iniciativas del capital nacional, algo que se hace más evidente de 1995 hasta hoy con los efectos tequila, caipirinha y, últimamente, Turquía.

Hoy, ocho de las diez empresas que más facturan en la Argentina están en manos extranjeras. Y desde que, en 1997, el sector de las comunicaciones lideró con un monto aproximado a los 4000 millones, la ola de ventas y fusiones hizo que todos los ojos miraran para ese lado: el año último el fin del monopolio telefónico movió millones; en este 2001, el titular del Comfer, Gustavo López, anunció su decisión de licitar un mínimo de cincuenta canales nuevos en el interior del país.

Pero a las nuevas batallas se presentarán en pie de igualdad soldados con distintos cargamentos. Los que lleven la banderita celeste y blanca tendrán que ingeniárselas para no ser arrasados por banderas más poderosas. Según la ley de inversiones extranjeras, "los inversores extranjeros podrán efectuar inversiones en el país sin necesidad de aprobación previa, en iguales condiciones que los inversores domiciliados en el país". Y el decreto 764, que desregula el mercado de telecomunicaciones, en su artículo 4° asegura que "no se establece restricción alguna para la participación de capitales extranjeros en la prestación de servicios de telecomunicaciones".

Para Jorge Aguado, vicepresidente de Socma (Sociedades Macri): "Los argentinos nos enamoramos de los dogmas: antes de la economía cerrada y ahora de la abierta. Ningún país fuerte regala sus mercados. Aunque aquí nadie está malvendiendo, las ofertas no son malas y algunas empresas incluso se vendieron demasiado bien, está claro que en Brasil hay una mayor defensa de las empresas nacionales".

Hadad contiene una sonrisa irónica y esboza una explicación: "Nos transformamos en un país muy abierto. Pero esto lo votó el Congreso argentino. Nuestra dirigencia política quiso que así fuese..., pero con todo hay una ventaja: los grupos internacionales son menos permeables a las presiones políticas que los locales. Cuando Chacho Alvarez, enojado por una nota de La Primera de la Semana -su revista, cuyo 40 por ciento vendió a principios de este año a Torneos y Competencias-, le pidió al embajador norteamericano que le avisara a Emmis que peligraba la licencia de Radio 10, éste le contestó que no era su función presionar a las empresas de su país".

La apertura económica a mansalva, en el plano específico de la comunicación, ¿agranda o achica las posibilidades de expandir los negocios argentinos aquí y en el mundo?

Veamos el caso del doctor Pedro Simoncini, abogado de los americanos de la ABC a cargo del inicial Canal 11 de los años sesenta y de Telefé a comienzos de los noventa, y artífice de la primera señal de cable documental de América latina. "Empezamos en VCC en 1991 -refiere-, salimos en 1992 como TVQuality, en 1994 incorporamos Educable y el crecimiento fue realmente explosivo. Al principio dábamos el servicio mediante videocassettes diarios, pero en pocos meses la enorme demanda nos creó un caos operativo que fue resuelto cuando a principios de 1993 subimos al satélite y eso nos dio un gran posicionamiento en el mercado."

¿Cómo termina esta original iniciativa industrial, de tan promisorio arranque?: a fines de 1999, Simoncini comenzó a negociar con A&E Mundo -asociada a HBO y productora del History Channel- la venta de su empresa. Hoy Simoncini sigue siendo presidente de TVQuality, pero en el seno de un directorio donde mandan los americanos, un caso similar al de Hadad. ¿Por qué Simoncini resignó su propiedad y pasó de patrón a empleado de lujo?

El mismo lo explica: "Hubo varias razones; nosotros armábamos la programación casi artesanalmente. Compraba a BBC, a National Geographic, a Cousteau. Esas posibilidades se fueron atenuando y cerrando después. La BBC se asocia con Discovery y deja de vendernos; otro tanto sucede cuando National Geographic arma su propio canal. Aparecen también grandes operadores que se convierten en ‘esponjas’ de los mejores programas que nos los sacan de las manos con ofertas gigantescas. Eso nos obligó en los últimos años a una tarea durísima para ubicar pequeños centros de producción y armar series coherentes. En el nivel local, la concentración de clientes y de medios que se dio a partir de la aparición de los sistemas satelitales y de los grandes operadores del exterior, y la sobreoferta espectacular de señales como la nuestra hizo que nuestro paquete de clientes que inicialmente se aproximaba a mil cableros fuera reduciéndose. La concentración de MSO, por otra parte, les facilita un mayor poder de compra que baja los precios. En estas condiciones, la acción de una señal independiente es casi imposible de sostener. Y tuvimos que tomar la decisión de hacer un acuerdo con A&E para poder seguir adelante".

Hoy, Simoncini invierte lo ganado -no informa el monto- en su productora Programas Santa Clara y en un auspicioso desarrollo de Internet (Contenidos.com), aunque nadie, ni él mismo, puede asegurar si estas otras actividades terminarán también en manos de extranjeros.

Un poco tarde, el Comfer ahora intenta en su proyecto de nueva ley de radiodifusión acotar el avance extranjero determinando que el capital de las sociedades comerciales que en adelante procuren convertirse en adjudicatarias de licencias de radiodifusión deberán pertenecer a ciudadanos argentinos residentes en el país, "por lo menos en un 60 por ciento. En ningún caso el capital social perteneciente a extranjeros podrá detentar más del 40 por ciento", siempre y cuando no haya convenios anteriores de reciprocidad con algunos países que, como es notorio y esta misma nota cuenta, existen y el Comfer reguló. Este grupo de naciones privilegiadas son Estados Unidos, Francia, Italia y Países Bajos.

¿Dónde empezó todo? El doctor Ricardo Porto, abogado especialista en Derecho de la Comunicación y, como tal, autor de varios tratados, lo explica así: "La llamada ley Dromi -conocida también como ley de reforma del Estado, pilar de las privatizaciones de la era menemista- derogó la veda que tenían los empresarios periodísticos para ser radiodifusores, pero mantuvo la limitación a los extranjeros. Por eso, en 1989 comienzan a formarse multimedios, pero sólo en el nivel nacional. Es a partir de la firma con Estados Unidos en 1991 del tratado de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones que se admite a los nacionales de ese país a prestar servicios de radiodifusión en la Argentina. Así se da una situación curiosa: aquí los empresarios americanos son iguales a los argentinos, pero en los Estados Unidos, los empresarios argentinos no son iguales a los americanos".

A falta de una legislación de fondo actualizada a los tiempos que corren persiste, magullada y emparchada, la ley N° 22285 de radiodifusión, firmada hace veinte años por Jorge Rafael Videla. Transitamos el cuarto período presidencial en democracia y no acaba de haber en el Congreso fumata blanca para reemplazarla por una norma más democrática y moderna. Por el Senado han pasado unos diez proyectos y otros treinta por Diputados. Sólo pudieron ponerse de acuerdo en 1999, cuando el oficialismo (entonces el menemismo) y la oposición (entonces la Alianza) votaron por unanimidad el proyecto de Radio y Televisión Argentina (RTA) que ponía el aparato de medios audiovisuales del Estado bajo control parlamentario. Claro que en cuanto Fernando de la Rúa asumió la presidencia lo desestimó. En su reemplazo, elevó un proyecto de multimedios estatal que el PJ anticipó que no aprobará.

"Desde 1983 -subraya Porto- no ha habido políticas de radiodifusión, sólo marchas y contramarchas, decisiones erráticas que han generado un esquema incierto y contradictorio. La falta de certezas jurídicas le quita estabilidad a las inversiones. Todo el caos normativo de la radiodifusión trae incertidumbre y en la anarquía se fortalecen los intereses más poderosos. Parecería que en la Argentina es más fácil cambiar la moneda, modificar la Constitución y llevar adelante un plan fuerte de privatizaciones, que legislar sobre radiodifusión de manera coherente."

Para finalizar, nada mejor que un pensamiento -claro, simple, tremendo- que el megaempresario americano Ted Turner le hizo conocer al autor de esta nota en uno de sus habituales viajes a la Argentina: "Todo el mundo quiere saber qué va a traer el futuro. Quiénes serán los ganadores y quiénes, los perdedores en los negocios, en los deportes, en la vida, si vamos a estar vivos mañana, si se cae el avión..., todo está en manos de Dios. Cuando a mí me preguntan quién va a ganar yo digo que el que haga mejor su trabajo. El futuro nos va a traer muchos cambios: los dinosaurios murieron, pero eso permitió que pudiera aparecer el hombre. Siempre alguien gana y alguien pierde. Usted quédese cerca de la CNN y sabrá quién va a ganar".

El autor es periodista y escribió varios libros sobre comunicación. Dirige la revista Nueva.

Dicen que empezó con Frondizi

Heriberto Muraro ubica la génesis del actual proceso en la "conducción económica desarrollista basada en la búsqueda de capital extranjero mediante una legislación permisiva y estímulos económicos" durante la presidencia de Arturo Frondizi (1958-62). Aun así, la legislación de ese momento impidió a los extranjeros la propiedad directa de emisoras, de las que se apropiaron, de todos modos, mediante la figura de la productora cautiva: así, Canal 13 dependía de Proartel (el grupo cubano de Goar Mestre, asociado con Time Life y CBS); Canal 11, de Telerama (de la cadena ABC) y el 9, de Telecenter (NBC).

En sucesivos alejamientos que determinaron una paulatina "nacionalización privada" de los medios -NBC le cedió el lugar en el 9 a Romay; ABC le pasó la posta del 11 a Héctor Ricardo García, y Time Life y CBS se retiraron del 13 en tanto Mestre se asociaba con la Editorial Atlántida-, los norteamericanos se replegaron un tiempo a explotar y desarrollar su poderoso mercado interno.

Entonces la Argentina era "el país latinoamericano con mayor porcentaje de receptores" -152 televisores cada mil habitantes, promedio ligeramente superior al de Francia y Alemania-, lo que planteaba un más que promisorio futuro para la industria audiovisual de este país.

Pero ya en 1970, CBS crea Viacom Internacional para distribuir programas a redes extranjeras y luego ABC pone en marcha World Vision, pasos similares a los dados por NBC, "prolongación del consorcio electrónico RCA". Se produce así una "internacionalización del mercado de programas de televisión dominado por los productos norteamericanos".

Mientras Europa continuará replegada en un sistema férreamente estatal de telerradiodifusión y concentrada en sus propios mercados internos hasta la década del 80, Estados Unidos, en consonancia con su expansión política mundial, desarrollará sus negocios con agresivo sentido exportador.

Control remoto

La ausencia entre nosotros de un modelo industrial propio de crecimiento también se observa en el derrotero de la TV argentina: nació estatal en 1951, alcanzó su época dorada con capitales extranjeros y nacionales en los años sesenta, se deterioró como monopolio del Estado en los setenta y ochenta, se recuperó en manos privadas nacionales en los primeros noventa y, desde un tiempo a esta parte, sufre de inestabilidad continua en su propiedad ostentada por grupos locales y extranjeros que, salvo Canal 13, entran y salen amparados por un marco jurídico permisivo y por demás confuso.

Las transformaciones, claro, no son gratuitas: ¿por qué el mismo Canal 13 que en 1973 podía producir por sí mismo la telenovela Pobre diabla, importó en 1990 una versión venezolana de esa tira argentina y recientemente puso en pantalla una versión peruana del teleteatro de Alberto Migré? ¿Por qué el canal abierto líder, Telefé, durante el verano tuvo en el aire mayor cantidad de enlatados que ciclos propios y puso todas sus fichas a Gran hermano, un formato de reality game show holandés comercializado aquí por los españoles de Telefónica?

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