"Rehab", la alarma que encendió Amy Winehouse cuando aun no era tarde para ayudarla

La canción fue incluida en el disco Back to Black, el último de la cantante británica antes de su muerte
La canción fue incluida en el disco Back to Black, el último de la cantante británica antes de su muerte
Alejandro Lingenti
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19 de febrero de 2018  • 16:06

Hace exactamente diez años Amy Winehouse conseguía lo mismo que Bruno Mars hace apenas unos días: ser el nombre más importante de una de las fastuosas ediciones de los premios Grammy. Con una diferencia sustancial, eso sí: en su momento, la joven estrella londinense no pudo celebrar su triunfo en cinco categorías de cuerpo presente: estaba internada en una clínica de desintoxicación de la capital inglesa. Lo que nos lleva directamente a "Rehab", el tema de apertura de Back to Black y también el motor fundamental de ese reconocimiento de la industria musical (ganó en las categorías Mejor grabación del año, Canción del año y Mejor interpretación vocal pop femenina).

Mark Ronson, productor y auténtico arquitecto sonoro de aquel disco de espíritu decididamente retro que ya lleva vendidas más de 20 millones de copias en todo el mundo (Adele es la única cantante pop que pudo superar la marca con el suceso fenomenal de su segundo álbum, 21), contó más de una vez la historia de la canción que fue elegida para abrir el fuego: "Amy había estado internada en un hospital unos días -recuerda Ronson-. Era la época en la que estábamos por empezar a grabar Back to Black. Salimos a caminar por Nueva York para comprar un regalo para su novio y ella me contó que era mucha la gente que le sugería recurrir a una clínica de rehabilitación. Y su respuesta era siempre 'no, no, no'. Simplemente le propuse que escriba eso, tal cual me lo había contado. Ahí había una gran canción".

Winehouse le hizo caso a Ronson y en tres horas compuso la letra del tema, cuya música, notablemente inspirada en el estilo del sello Motown, fue grabada por The Dap-Kings, una banda de R&B de Brooklyn muy ducha en el terreno del revival. "Es una de las mejores grabaciones de todos los tiempos -dijo en su momento Questlove, baterista de The Roots- Es como si ella hubiera viajado de los cincuenta a la actualidad en tres minutos".

Hija de una farmacéutica y un taxista (Mitch, un personaje exótico que tuvo un papel preponderante y no del todo beneficioso en la vida de su hija, como revela el fascinante documental de Netflix Amy, estrenado en 2015), criada en una vivienda popular del norte de Londres, Winehouse había iniciado su carrera musical con Frank (2003), disco aclamado por su buen maridaje entre el jazz tradicional y los sonidos contemporáneos.

Muy pronto fue señalada por la prensa especializada como el cruce perfecto entre Billie Holiday y Lauryn Hill. Y también como el personaje ideal para los tabloides británicos: su conducta escandalosa, sus amoríos con hombres que la maltrataron, su afición al alcohol y las drogas (el asunto central de "Rehab"), sus trastornos alimenticios y su impresionante aspecto de suicide girl fueron una bendición para las crueldades de la prensa amarilla.

Inspirada en la magia de los girl groups (sobre todo en las Supremes y las Shangri-Las), Winehouse aportaba -paradójicamente, desde un punto de vista retro- aire fresco a una escena musical llena de divas prefabricadas e incapaces de transmitir pasión o algún desgarro emocional. Su receta fue el soul auténtico, de la vieja escuela, con cuerdas, metales y arreglos majestuosos. Y también con guiños al ska, a Phil Spector, a Marvin Gaye y a Billy Paul. Amy nunca ocultó esa faceta reverencial: en "Rehab", de hecho, la explicita como nunca ("Prefiero estar en casa con Ray / No tengo setenta días / Porque no hay nada, nada que me puedas enseñar / que yo no aprenda con el señor Hathaway"). Ray Charles y Donny Hathaway, dos grandes figuras de la música negra, citadas en un mismo verso, en el que también se alude al período habitual de una terapia de rehabilitación. Claro como el agua.

En el videoclip filmado para promocionar el tema, dirigido por el experimentado Phil Griffin (trabajó también con Paul McCartney, Prince, Bon Jovi y Adele), la postura de Winehouse en torno a sus problemas con el alcohol quedaba clara: obstinada y reticente a aceptar recomendaciones, la inglesa drenaba su angustia por la ruptura con Blake Fielder-Civil, el otro protagonista de una relación tóxica y marcada por la violencia y los escándalos públicos, con una actitud visiblemente altanera. Aparecía ahí rodeada de sus músicos, en la cama de una clínica, y hablando con un psiquiatra invisible, con sus tacones apoyados sobre un escritorio.

Tres años más tarde se conocerían oficialmente los resultados de la autopsia de la artista. Tenía 27 años, una edad fatal para los rockeros díscolos, y había fallecido por una ingesta desmesurada de alcohol. Se encontraron en su departamento tres botellas de vodka vacías (dos de un litro y una más pequeña). La investigación forense halló 416 miligramos de alcohol por decilitro de sangre. Para tener una referencia: el límite para poder conducir en Gran Bretaña es de 80 mg/dl. El patólogo que realizó el examen post-mortem declaró que 350 mg/dl era considerado un nivel fatal. Ya era tarde para convencer a Amy Winehouse que ese "no, no, no" era tremendamente peligroso.

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