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El pacto de Merkel con el SPD le da protagonismo opositor a la ultraderecha

Mientras su partido y los socialistas pierden apoyo, la AfD liderará la oposición
Luisa Corradini
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12 de febrero de 2018  

PARÍS.- Para evitar que fracase el acuerdo de coalición logrado con la canciller alemana, Angela Merkel, que les permitirá gobernar juntos Alemania por tercera vez, el líder socialdemócrata Martin Schulz renunció el fin de semana a su proyecto de ocupar el puesto de ministro de Relaciones Exteriores. Pero ese pacto, cada vez menos popular en la opinión pública, tendrá un principal beneficiado: la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), que quedará como principal fuerza de oposición.

El acuerdo obtenido entre los conservadores de la democracia-cristiana (CDU) de Merkel y la socialdemocracia (SPD) tiene que ser todavía autorizado por el voto de los miembros de este último partido. Schulz, cada vez más resistido en el seno de su propia formación -en particular por los jóvenes- no solo decidió abandonar su liderazgo, sino que anteayer anunció su intención de no desempeñar ningún cargo en el futuro gobierno.

"Declaro formalmente no formar parte del gobierno federal y, al mismo tiempo, espero sinceramente que esto pondrá punto final a los debates personales en el seno de la SPD", dijo Schulz.

Pero el voto de los militantes del SPD, cuyos resultados deben conocerse el 2 de marzo, no es la única amenaza que acecha al SPD y a la CDU. La alianza entre los dos partidos mayoritarios del país -que totalizan 53,44% de los votos y entre ambos controlan 399 de los 709 escaños del Bundestag- dejó al movimiento xenófobo y racista como líder de la oposición. En las legislativas de octubre, la AfD ocupó el tercer lugar, con 12,64% de votos, que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, permitieron que un partido de extrema derecha ingresara al Parlamento federal, en este caso con 94 diputados.

"Los dos grandes partidos perdieron parte del caudal que habían reunido en las elecciones y dejaron de representar a la mayoría", argumentó Alexander Gauland, que codirige la AfD con Alice Weidel.

En los últimos cuatro meses, en efecto, la popularidad de la democracia cristiana (CDU) de Merkel se derrumbó a 30,5% (contra 32,9% de votos en las elecciones de octubre) y el SPD cayó de 20,5% a 17%, según un sondeo del instituto INSA del 6 de febrero. En sentido inverso, la popularidad de la extrema derecha pasó de 12,6% a 15% y amenaza con destronar al SPD como segundo partido de Alemania.

"Esos resultados reflejan una profunda decepción de la opinión pública con los partidos políticos", reconoce Nils Diederich, politólogo de la Universidad Libre de Berlín. Incluso los militantes de ambos partidos resultaron decepcionados por las extensas negociaciones, que duraron cuatro meses, así como las "maniobras y rivalidades de ego entre personalidades" que fueron necesarias para llegar al acuerdo final.

Como la mayoría de los partidos populistas europeos, la AfD utilizó el desgaste provocado por las negociaciones para multiplicar sus críticas a los "partidos tradicionales", denunciar un sistema de "partidocracia" y el supuesto interés de los dirigentes de perpetuarse en el poder.

La AfD también inició una vasta campaña para reclutar adherentes, sobre todo militantes decepcionados con sus partidos. Para captar nuevos miembros "pagan mucho dinero", denunció Julian Voje, de la Comisión de Relaciones Exteriores del Bundestag y miembro de la Fundación Konrad Adenauer.

Al mismo tiempo, durante la próxima Legislatura, la AfD buscará hacer oposición "conservadora pero democrática" para presentarse como una alternativa respetable, según Jan Müller, politólogo de la Universidad de Rostock.

Una de sus armas más eficaces será ejercer algunas presidencias de comisiones en el Bundestag. Peter Boehringer preside la Comisión de Finanzas, Stephan Brander fue designado al frente de Asuntos Jurídicos, Sebastian Münzenmaler encabeza la de Turismo.

No obstante, para lograr sus objetivos, la AfD deberá controlar sus demonios internos y la fuerte tendencia de sus dirigentes al insulto y los comentarios racistas, o la tentación de algunos militantes a levantar el brazo derecho en los actos.

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