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Frontera caliente: el drama del éxodo venezolano tiene en vilo a la región

Colombia enfrenta una crisis humanitaria por la llegada de mas de cuatro millones de venezolanos expulsados de su país por la crisis económica y política; Cúcuta se convirtió para los migrantes en un trampolín hacia Ecuador, Perú, Chile y la Argentina
Colombia enfrenta una crisis humanitaria por la llegada de mas de cuatro millones de venezolanos expulsados de su país por la crisis económica y política; Cúcuta se convirtió para los migrantes en un trampolín hacia Ecuador, Perú, Chile y la Argentina Fuente: EFE
Daniel Lozano
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12 de febrero de 2018  

CÚCUTA, Colombia.- Un universo de gente desesperada nutre día tras día la frontera más caliente de América Latina. Estamos en Villa del Rosario, el límite fronterizo de Colombia; al otro lado, el San Antonio venezolano. Y en el medio, el Puente Internacional Simón Bolívar y un número indeterminado de senderos en medio del monte que sirven como atajos ilegales.

La situación es tan desmesurada que el gobierno colombiano ordenó a sus arquitectos que revisen una por una las columnas que sostienen los tres puentes que separan los dos países. Nunca antes habían soportado tamaño tránsito de personas. Son tantas que ya diagnosticaron "señalamientos de las dificultades de la infraestructura". Al otro lado, Nicolás Maduro niega la evidente diáspora, e incluso asegura que son los colombianos los que están entrando en Venezuela.

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La gran mayoría se sienten como los sirios, expulsados de su país por un mal gobierno. Trabajadores y antiguos estudiantes, hijos y abuelos, desilusionados y soñadores, desesperados y hambrientos. También hay contrabandistas de combustible, vendedores ambulantes, "tinteros" (vendedores de café), baqueanos, revendedores de alimentos, prostitutas, delincuentes, "coyotes", raspadores de hojas de coca, pedigüeños... Y "sirios", muchos "sirios".

"Nos sentimos como los sirios huyendo de una guerra de hambre". Rubén Darío Poleo es el líder de los emigrantes venezolanos que pernoctan en el Parque Santander, en el centro de Cúcuta. La capital del norte de Santander, a diez minutos de la frontera, era hasta hace poco un enorme dormitorio al aire libre. Pero el despliegue militar y policial de los últimos días, casi 3000 efectivos que se unieron a los que ya enfrentaban el nuevo "problema internacional" de Colombia, variaron el escenario local. Soldados de elite, tanquetas, francotiradores, antidisturbios. Incluso investigadores que descubrieron pequeños campamentos de emigrantes enquistados entre arbustos en medio de una autopista.

Poleo, soldador de 57 años, solo lleva cuatro semanas en Cúcuta, pero vivió en carne propia el dolor de un éxodo masivo que ya supera los cuatro millones de personas. Expertos y sociólogos vaticinan que el posible triunfo electoral de Maduro provocará una nueva oleada, dispuesta a desparramarse por el continente. La mayor de la historia de Venezuela y la mayor crisis migratoria de Colombia.

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José Ángel Solórzano, de 22 años, duerme a pocos metros del soldador, en el atrio de una iglesia. Esta noche busca un nuevo resguardo, siente cerca la presión policial. Quién se lo iba a decir cuando se ganaba tranquilamente la vida como albañil en Venezuela. Los callos de su mano demuestran el trabajo duro de antes y las penalidades desde que cruzó la frontera. "El gobierno de Maduro está acabando con mi país. Lance quien se lance, presente quien se presente a las elecciones, siempre ganará él. Todo está planeado", dice.

Sus palabras son apoyadas por el coro de paisanos que ya lo rodean; todos quieren hablar con el periodista para quejarse de sus vidas como los nuevos parias de América Latina. Todos ellos encuentran un único culpable: Maduro. En cambio, la absolución planea sobre la figura del comandante Hugo Chávez.

El Parque Santander acogió durante semanas a los emigrantes sin techo, perseguidos por la policía que pretende acabar con el dormitorio a cielo abierto. Las medidas anunciadas por Santos se están aplicando estrictamente, aumentando la incertidumbre de los emigrantes.

En la otra esquina sobresale la cabellera pelirroja de Roger E., de 23 años, natural de Antímano, la parroquia más chavista de Caracas. Allá arreglaba todo tipo de motos, era feliz, incluso se creía aquello de "la felicidad suprema" impuesta por el chavismo.

Él también tiene ahora las manos quemadas por el trabajo, tras permanecer tres meses cerca de Tibú recogiendo hojas de coca. Hasta que su cuerpo no aguantó más. Al menos envió un buen dinero a su casa. "Nosotros los chavistas estamos pagando los errores de Maduro, porque Chávez sí fue un excelente presidente", insiste tras dar las gracias a la vecina que le acaba de regalar pan, mortadela y bananas, tal vez influida por el crucifijo en su cuello.

A Asdrúbal Espinel, de 22 años, le va mejor. Duerme dentro de un restaurante, se encarga de su vigilancia y da una mano en la cocina. Pese al trabajo duro, protagoniza un pequeño milagro: engordó 11 kilos desde que llegó a Cúcuta, hace cinco meses. Solo pesaba 39, pese a que mide casi 1,70. Estaba desnutrido, como tantos en Venezuela. "Allá no conseguía nada y lo poco que se hallaba era para mi hija", reconoce.

Cúcuta se convirtió también en una rampa de lanzamiento, ya sea en la misma Colombia o hacia Ecuador, Perú, Chile y la Argentina. La salida natural para Brasil es por el este, otra zona que sufre una terrible presión emigratoria que llevó a las autoridades brasileñas a tomar medidas ante la fuga masiva de sus vecinos.

Los cálculos oficiales aseguran que 37.000 venezolanos cruzan la frontera todos los días por los distintos puentes. La misma zona que en diciembre recibió a más de 1.200.000 venezolanos, la gran mayoría de ida y vuelta, aunque al menos 100.000 dispuestos a iniciar la aventura de la emigración, ya sea dentro de Colombia o en el resto del continente.

Los ómnibus salen en La Parada, junto a la frontera, con destino a Quito, Lima, Santiago de Chile y Buenos Aires. Para llegar a la capital argentina, última parada del viaje, se necesitan entre nueve y diez días.

Los vendedores de pasajes se mueven como anguilas entre sus compatriotas que cruzan el puente buscando su comisión. Mucho más sigilosos son los "coyotes", que usan los mismos senderos del contrabando para introducir a cubanos, africanos y asiáticos en Colombia. El destino de todos ellos es Estados Unidos. Interpol desarticuló el viernes una red de traficantes de personas. Entre sus clientes no había venezolanos, pues no hay dinero para pagar traficantes.

"Llegué hace 12 meses y todavía ahorro para comprarme ese pasaje de ómnibus. Mi sueño es Buenos Aires, pero me conformo con llegar a Lima. En Perú tengo una prima, viviré con ella, trabajaré aunque sea vendiendo arepas en la calle y seguiré camino en busca de mi sueño", confiesa Yexenya, que ayuda en un restaurante mientras ultima la puesta a punto de un carrito para vender panchos en la calle.

Los sueños de la inmensa mayoría tropiezan con una realidad férrea y, también, con las pesadillas provocadas por sus compatriotas. "Allá eran delincuentes, aquí lo siguen siendo", atestigua Rafael Adámez, de 71 años, mientras prepara una infusión para su estómago dolorido.

Los periódicos de Cúcuta recogieron en los últimos días una cadena de hechos violentos con los venezolanos como protagonistas. La aparición de cadáveres descuartizados o ejecutados con un tiro de gracia se sucede en los senderos fronterizos, donde los delincuentes trabajan al servicio de las mafias locales.

Pero los sucesos que aumentaron el malestar en la región son los asesinatos de tres mujeres, que se achacan a los inmigrantes. La policía lanzó una operación contra dos jóvenes, grabados por una cámara de seguridad en la calle, tras presuntamente haber asfixiado a una mujer de 33 años y a su hija en el municipio de Pamplona.

El cerco se extiende por toda la zona fronteriza para detener también a los que pernoctaban en casa de Flor Pardo, de 72 años, que apareció degollada en su domicilio. Porque entre los "sirios" que huyen también hay "fundamentalistas", los mismos que convirtieron Venezuela en el país más violento del planeta.

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