La era de la manipulación relativista

Víctor A. Beker
Víctor A. Beker PARA LA NACION
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13 de febrero de 2018  

Recurrentemente, a lo largo de la historia de la humanidad aparecen períodos donde cobran auge ideas que ponen en cuestión el conocimiento científico de la época y pretenden reemplazarlo por pseudociencia o, lisa y llanamente, predican la anticiencia.

La ciencia requiere dejar de lado los prejuicios y la percepción intuitiva. Muchos hechos científicos contradicen la ingenua evidencia de nuestros sentidos. Nuestros ojos nos dicen que la Tierra es plana, y que el Sol gira alrededor de la Tierra. El Fausto de Goethe, un profesor cansado de las duras exigencias de la ciencia, busca por ello un atajo: pacta con el diablo intercambiar su alma por el conocimiento ilimitado.

Ya en la antigua Grecia se distinguía entre episteme (conocimiento) y doxa (opinión). Sin embargo, cada tanto la frontera entre una y otra tiende a ser borrosa o directamente a desaparecer.

Los éxitos de la ciencia en el siglo XX, de la teoría de la relatividad a la cohetería espacial, de la penicilina a la vacuna contra la polio, parecieron consagrar el triunfo de la ciencia y de la razón. Pero el irracionalismo no tardó en contraatacar. Lo hizo de la mano del relativismo filosófico. El argumento es que no existen verdades absolutas, sino relativas: la verdad sirve a algún interés y, por tanto, no es neutra ni única.

Como suele suceder, la versión más burda y extrema apareció en estas latitudes. El argumento fue que las estadísticas públicas no son neutrales: si aumenta la inflación, la desocupación o la pobreza, ello perjudica al gobierno y beneficia a la oposición. Ergo, hay estadística "nac and pop" y estadística opositora. Manipular las cifras oficiales no era otra cosa que ponerlas al servicio de la causa nacional y popular. De ahí a construir un relato basado en cifras lisa y llanamente inventadas o en hechos fantasiosos hubo un solo paso.

El uso de las redes sociales permitió potenciar el relato, aquí y en otras latitudes. Historias que apelaban a los prejuicios más irracionales de la sociedad norteamericana pavimentaron el camino del candidato elegido en la última elección presidencial estadounidense. Algo similar ocurrió en la campaña por el Brexit en Gran Bretaña.

En 1952, cuando el candidato demócrata Adlai Ewing Stevenson se presentó para competir por la presidencia frente a Richard Milhous Nixon, sus asesores trataron de insuflarle confianza diciéndole: "Cualquier ser pensante de EE.UU. votará por usted''. Pero Stevenson respondió: "Genial, pero necesito la mayoría".

Tras la crisis de 2007/2008 y sus ulterioridades, había tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña una mayoría profundamente disconforme y dispuesta a escuchar a quienes le dijeran lo que quería oír, fuera o no cierto. Se inició la era de la posverdad. Ya no existen ni la verdad ni la mentira: solo "hechos alternativos".

Hechos alternativos fueron los esgrimidos ante Galileo Galilei por el Tribunal del Santo Oficio para exigir su retractación de la teoría heliocéntrica, pese a contar a su favor con la evidencia científica presentada primero por Copérnico y luego por el propio Galileo.

La revolución digital permite poner hoy en circulación cualquier pronunciamiento sobre la realidad más allá de lo que los expertos definieron como verdad. No interesa su valor de verdad, sino su congruencia con lo que muchos quisieran que fuera la verdad. Como en el tango, todo es igual, nada es mejor. Episteme o doxa, se igual.

Economista; profesor de la Universidad de Belgrano y de la UBA

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