Un oculto héroe de mayo

En Vieytes, el desterrado (Sudamericana), Francisco N. Juárez narra, en primera persona pero basándose en una minuciosa investigación documental, la vida del que fue el primer periodista argentino y uno de los ideólogos fundamentales de la Revolución de 1810
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4 de febrero de 2001  

Hoy me despertó doña Josefa con un beso entristecido.

Ese breve sollozo fue para recordarme que nací hace cincuenta y tres años.

Es doce de agosto y sigo postrado; ciertamente enfermo y de cuidado.

Nunca fui un roble y tuve achaques prematuros. Pero hace cinco años apenas, por orden de la flamante Primera Junta, marchaba vigoroso al Alto Perú. Como Jefe Político de la Expedición Militar Auxiliadora precedí a las huestes que debían sofocar primero la contrarrevolución que en Córdoba encabezó Santiago de Liniers.

Ni el frío que atacó a las columnas que conocieron así el camino de las postas ni la grotesca ración que intentaba paliar tantas carencias incidieron para desvanecer la pujanza que alteraba a todos y cada uno de mis músculos. No era sólo éste un oasis en los vigores del cuerpo: desde fines de Mayo, los nativos desbordábamos de entusiasmo frente al comprensible recelo de los hispanos. La Gazeta anunciaba los preparativos para la revista militar del 25 de junio en la Plaza de la Victoria, el primer homenaje al mes de la efímera vida de la Primera Junta. Sus componentes en pleno, finalmente, cumplieron la revista de las tropas, pero reunidas más tarde en el campo de San José de Flores.

El alborozo se multiplicaba con la ponderación a borbotones que los grupos de vecinos destinaban al recién estrenado gobierno. Las espontáneas reuniones crecían frente a los bandos emitidos por la Junta. Otra edición de La Gazeta que destacaba las donaciones para armar y vestir a la tropa encolumnó en primer lugar al doctor Moreno con diez onzas de oro. Lo seguía yo que ofrecí costear los sueldos y manutención para dos soldados en toda la campaña -dos años de ejercer una novedosa técnica industrial me tenía algo próspero-, además de proponerme yo mismo para marchar con la tropa. Mi madre, la muy porteña doña Petrona Mora y Agüero, figuraba en el listado con una modesta onza de oro, pero también contribuyó ocultando su angustia por saber que este hijo no se ofrecía en vano (nos despedimos con un beso estoico). Creo que fue ésa su última acción sensata, porque cayó luego en actitudes incomprensibles, como si una prematura senilidad la hubiera hundido en un mundo de torpezas. Si mal no recuerdo, también fue aquél su último beso que sentí como verdaderamente maternal.

Me creía joven todavía -etapa de la vida en la que uno actúa como si dispusiera de una eternidad-, pero agitado por largos meses de conciliábulos urdidos en mi hogar. La casona sumaba magros cuartos despoblados de muebles, pero con abundancia de sillas, y el domicilio que no era otro que el compartido con la fábrica de jabón y marquetas que tuve con el señor Peña en su propiedad de la calle Agüero, antes de San Bartolomé, a unas diez cuadras del Cabildo.

-El barrio es silencioso y despoblado, -recuerdo que me dijo el joven Nicolás Rodríguez Peña, cuando me anunció que compraría la casa para instalar la industria que acordamos encarar. -Allí -continuó-, los vapores y los olores se dispersarán sin tener que soportar reclamos.

-Bastará un par de hornos de Rumford, encarecidos por la travesía oceánica, pero tendremos otro ahorro: aquí sobra sebo -apunté.

-También será necesario que usted, Vieytes, abandone sus sueños literarios a cambio de labores que nos traerán bienestar económico. También se necesita que acepte mudarse con señora y esclavos. Eso es todo.

La jabonería necesitaba una zona aireada, pero sabíamos que estaba lo suficientemente aislada como para no ser espiados (llevábamos más de cinco años de cambiar informaciones censuradas, pasarnos libros prohibidos por la Inquisición y cartearnos con ciertos corresponsales que nos revelaban algunos secretos políticos de las Cortes).

Es cierto, la prosperidad llegó de inmediato, pero la ansiedad por liberarnos nos quitó el sueño y finalmente la prosperidad conseguida. Corrían buenos tiempos para formar las ilusiones libertarias, al menos para ese puñado de lúcidos y corajudos patriotas. Soñábamos y nos complotamos para ser independientes y fue la prioridad. Cuando lo logramos, el plan de la expedición se justificaba ante la noticia de la resistencia que preparaban en Córdoba, la tierra que gobernó Sobremonte y eligió Liniers para su retiro. Sabíamos cuánta horca y cuántos fusilamientos habían costado ya las rebeldías americanas, incluidas la última de Chuquisaca. Estábamos convencidos de terminar con el dominio que ejercían los viejos funcionarios de los ayuntamientos del interior y los leales al Rey y al partido español.

El plan entusiasmaba especialmente a los hijos de estas tierras y más aún a quienes conocíamos el largo camino hasta el Alto Perú. Allá descubrí, como en ninguna otra comarca de esta América, la impiadosa fórmula de castigo de la Santa Inquisición y el tipo de condenas que aguardan a todo cambio.

A la saña con que se descuartizó a Túpac Amaru y parte de su familia, los cielos respondieron con inusuales meteoros. La serranía tembló y los valles crujieron abatidos por feroces tormentas cuando el jefe rebelde agonizó destrozado y la cabeza y los cuatro miembros fueron enarbolados en picotas. Con llevarlos hacia rumbos diferentes y sus apartadísimos pueblos pretendían los regidores y los jerarcas eclesiásticos que el macabro testimonio de la derrota rebelde fuera el peor escarmiento para los nativos soñadores de libertades. Ignoraba esa torpe cadena de verdugos que los despojos obraron finalmente como antorchas de la libertad americana.

La ciencia política y las grandes conquistas, así como las guerras liberadoras -por lo menos en estas regiones más meridionales y hasta que la invasión repetida que nos infligieron los ingleses nos puso en trance de ensayarlo-, sólo aguardaban en los libros prohibidos. La oportunidad se presentaba entonces con ribetes de aventura para quienes éramos verdaderos y apasionados lectores.

En mi caso, había abrevado en la lengua de Shakespeare el Bosquejo de democracia , de Robert Bisset, y forcé aprender la francesa para beberme la enjundia de Rousseau. También consumí las historias y las constituciones de Inglaterra y de los Estados Unidos, sabiduría que fue mi compañera de la noche entre decenas de obras de Derecho Público y Economía Política (de Sanz, por ejemplo), aunque también había fantaseado con los viajes de Cook y devorado el primer tomo de Historia de la conquista de Méjico , de Antonio de Solís y Ribanedeyra.

¿Alcanzaré yo mismo, acaso, a darles forma legible tan sólo a estos apuntes? De la media docena de confabulados iniciales entre 1809 y 1810, en cinco años corridos desde el derrocamiento de Cisneros, el grupo patriota perdió su ilusoria amalgama. Y no sólo eso: la muerte atrapó a Alberti, a Moreno y a Castelli. El primero, conservador pero cura patriota que antes predicó como párroco de Magdalena, en la frontera Sur, nunca superó la depresión en la que cayó tras la profunda disputa con el deán Funes (un síncope acabó con su vida poco después de salir del Fuerte) y sólo Moreno sabe lo que padeció cuando su brazo pulseó y fue torcido por Saavedra para embarcarlo hacia el final previsible. Un tumor, tan grande y fatal como su desencanto, sumió al gran Castelli, hace ya casi tres años, cuatro días después del alivio que sopló cuando José de San Martín, Carlos María de Alvear y otros recién llegados forzaron el cambio que impuso un nuevo Triunvirato.

Las ambiciones de nuestros detractores han burlado las ideas que moldearon al nuevo gobierno y hasta sometieron a sus sostenedores cada vez que les fue posible, aun a costa de negociaciones espurias, insospechadas traiciones y el enfrentamiento de gruesa virulencia que llevará a esa guerra civil que alimentan y que nadie se animará a detener. Los que sabíamos de qué se trataba en la primera hora, luego hemos sido perseguidos e increpados con febriles acusaciones, prisión y destierros.

Nunca, sin embargo, eludimos la carga pública. En la expedición al Perú, por ejemplo, eché a las espaldas tremendas responsabilidades, y fui simultáneamente sacudido por diversas emociones. Junto a las carretas y a las caballadas que abastecieron a las tropas comandadas por Francisco Ortiz de Ocampo, y en penosa marcha de a caballo, con el único alivio del rústico puente de Márquez, seguimos a la Cañada de la Cruz.

Volví a ver al San Antonio de Areco de mi inocente infancia; la capilla del párroco tío abuelo y aún en pie mi casa natal. La que fue tiendita de mi ya finado padre estaba, como entonces, atestada de calabazas y sandías, sacos de yerba llegada de Asunción, pipas y barriles con vino de Cuyo, inmóviles lonjas de charqui y todo tipo de prendas, riendas y cuero crudo trenzado. Me detuve frente al escondrijo del río de mis escapadas de pesca y me vi niño, soñador y defraudado.

Con la expedición llegué hasta Potosí, a donde más de treinta años antes Vicente, mi hermano mayor que en los papeles era Sixto Vicente, me llevó convencido de que allí esperaban la fortuna y el amor. En Potosí aquella vez fui minero casi adolescente y también soldado del Rey reclutado durante la sublevación inca de 1780. También cogí la primera enfermedad.

Nunca quise ser militar profesional; desdeñé la toga de las leyes en las que se lució Mariano Moreno, y aunque pude leer La Biblia en dos idiomas europeos y en una edición portuguesa conseguí entender las Confesiones de San Agustín , nunca logré engrandecer mis devociones religiosas de la infancia, ni imaginarme con la sotana que viste Ramón Domingo, mi querido hermano algo menor, sobreviviente del par de mellizos que alegraron las tertulias de la casa paterna (...) Me pregunto si volveré a parecerme al autodidacto, periodista y editor del primer Semanario nativo que dirigí, o aquel secretario de la Junta Grande, cargo con el que fui honrado a mi regreso de la Expedición Auxiliadora. ¿Podré repetir las fatigas y desvelos por los que intenté organizar la ciudad como intendente de policía de Buenos Aires o como secretario de la Asamblea del año trece; o tal vez arriesgar altos criterios revolucionarios como juez del tribunal que condenó a los sediciosos del último levantamiento de Alzaga?

Me temo que dependo de otras impaciencias (...)

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