Los entretelones de una doble historia

Por Antonio Dal Masetto Especial para LA NACION
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4 de febrero de 2001  

Quienes conocen al autor de Vieytes, el desterrado -viajero e indagador incesante- lo saben ducho en la investigación periodística. Su labor en revistas y diarios -además de breves incursiones en radio, TV y cine- se complementó con búsquedas en archivos y hemerotecas de todo el país para sustentar futuros libros.

La mayoría de sus investigaciones paralelas al periodismo son historias patagónicas (los bandidos yanquis, el buscador de oro que inventó la existencia de un dinosaurio, el primer gran secuestro del estanciero Lucio Ramos Otero). Sin embargo, su más vieja pasión indagadora fue Hipólito Vieytes, a quien dedicó una biografía cuando contaba apenas 17 años (fue modestamente galardonada, pero quedó inédita). Vieytes le pareció el personaje de Mayo que más conoció y entendió al país naciente, que desdeñó una economía basada en los metales preciosos y la imaginó sustentada en lo agrícola-ganadero, lo industrioso, la salud pública y la educación. Juárez lo vio como el más progresista y a la vez terrenal de sus iguales. Lo adoptó como paradigma.

A lo largo de los años, desde el lógico temor reverencial inicial que le encendía el prócer hasta las más tardías y últimas indagaciones, el autor sintió que crecía un vínculo de carne y hueso. "Desterrado y enfermo al caer con el gobierno de Alvear, Vieytes fue silenciado para siempre. Engrillado, enjuiciado y condenado sin defensa. Sus libros y papeles fueron incautados y murió inmediatamente envuelto por fiebres y los desvaríos de una gran depresión. Si lo quisieron acallar entonces me pareció oportuno tratar de recuperar su voz en los duros tiempos que corren, a través de estas páginas", dice el autor.

Valioso hallazgo

Juárez era un chiquilín habitué del Archivo General de la Nación cuando viajó al San Antonio de Areco natal de Vieytes y encontró, deteriorada ya, el acta de nacimiento. También halló valioso material en el archivo parroquial donde ya había hurgado el historiador pueblerino José Burgueño, que lo ayudó en la búsqueda. El Vieytes progresista, escritor y visionario de un país casi de utopía, lo descubrió en el Semanario de la Agricultura, Industria y Comercio, primer periódico de Buenos Aires escrito por un nativo (1802-1807).

Un hallazgo curioso fueron las instrucciones de Mariano Moreno para que Vieytes saliera en misión diplomática enviado por la Primera Junta. Saavedra maniobró para transferir la misión de Vieytes a Moreno, que encontró sospechosa muerte en alta mar. Las intrigas, el veneno, los fusilamientos y la horca entraron en aquella indagación y en esta historia. Del simple jabonero de la revolución, como vulgarmente se lo hizo conocer a Vieytes, quedaba de pie un prócer de ignorados perfiles combativos y de estadista. Hurgando en la revolución de Túpac Amaru, también descubrió un Vieytes juvenil granadero del Alto Perú y además minero.

El casamiento de Vieytes celebrado por su hermano cura (Ramón) y el expediente de soltería del padre aparecieron mientras Juárez estaba a la saga de Manuel de San Ginés, el sacerdote que lo confesó ante la muerte. "Alcancé a copiar ese material, pero todo se quemó con otros testimonios durante el incendio de la Curia Metropolitana el 16 de junio de 1955", se lamenta el autor. Numerosos otros documentos le permitieron delinear al Vieytes polifacético: el jacobino implacable, el desterrado de los años 1811 y 1815; el comisionado en el Ejército Auxiliador al Norte; el secretario de la Junta Grande; el juez en la conjuración de Alzaga; el secretario de la Asamblea del año XIII; pero también el hombre apasionado, hijo segregado, marido protector, padre adoptivo.

La aparición de este libro no escapa al itinerario que construyen los empecinamientos y también las casualidades. Esas fuerzas se nutren mutuamente y urden su propio juego: Juárez fue un adolescente alumno de la Escuela Nacional de Comercio Hipólito Vieytes y vaya a saber qué ley oculta ha determinado que desde esta semana Vieytes, el desterrado alcance la vidriera de las librerías.

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