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La lección de Rita

Diana Fernández Irusta
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13 de febrero de 2018  

Hacía rato que una amiga, docente ella, me la había recomendado. Pero recién hace unos días me interné en el universo de Rita, la serie danesa que en nuestro país puede verse en Netflix. Y comprendí el fervor de sus seguidores.

Hasta podría resultar extraño: entre tanto relato policial, tanta saga trepidante, tanto vértigo de Juego de tronos, escalofríos a lo Black Mirror o descenso a los infiernos con House of Cards, ¿qué atractivo tendría una serie basada en algo tan blandamente cotidiano como la vida de una maestra? Sin embargo, Rita lo hace. Porque si de algún modo nuestra época está siendo contada por ese filón inagotable que son las series televisivas, mucho de lo que somos y de lo que hacemos con nuestras vidas los habitantes de este siglo también está ahí, en las andanzas de Rita Madsen, docente de una escuela pública de Dinamarca.

Ante todo, el personaje. Rita (interpretada por la actriz Mille Dinesen) es aguerrida, ácida, despreocupadamente incorrecta. Ningún tierno ángel del aula: Rita fuma en los baños de la escuela, desoye las indicaciones de la consejera escolar, pasea una sensualidad punzante que el director del establecimiento y el padre de algún alumno conocen muy bien. Su frase más popular -y la que actúa como clave de la historia- es: "¿Sabés por qué me hice maestra? Para proteger a los chicos de sus padres". Porque sople por donde sople el viento, vengan de donde vengan los problemas, el lugar de Rita está al lado de sus alumnos. Siempre.

Y sí: también en el aclamado paraíso de la educación nórdica existen los conflictos. Adicciones, vandalismo, autolesiones, bullying digital, estigmatización: un listado frecuente que el olfato entrenado de Rita sabe identificar. Tanto como detectar un específico y muy contemporáneo estilo de crianza, esa en que los niños, más que niños, son carta de presentación de los padres, campo de pruebas donde los mayores intentan tomar revancha por cada una de sus frustraciones. Fichitas en el Juego de la Vida: un color, tirada de dados y a sumar puntos, títulos, credenciales y medallas.

Pero, ay, la valquiria en jeans, la defensora de cada uno de los seres que la escuchan y siguen su danza frente al pizarrón tiene hijos. Tres adolescentes a los que tuvo cuando era muy joven, cuya crianza encaró sola, y que cada día le devuelven la cruda verdad de su frase más célebre: sus hijos también necesitan alguien que los proteja de ella. Ricco, el mayor, debe hacerse fuerte para evitar que la desbordante personalidad de su madre arrase a la chica con quien se quiere casar. Molly, la del medio, en una entrevista laboral descubre que es disléxica y que Rita, tan sagaz dentro del aula, jamás fue capaz de ver lo que ocurría frente a sus narices, en su propia casa. Y Jeppe, el menor, acaba de asumir su homosexualidad y, en medio de un torbellino de emociones, busca sostén en una docente, colega de su madre.

Desde luego que no hay rastro de abandono, egoísmo o disfuncionalidades extremas. Rita ama a sus hijos, sus hijos la aman a ella, y todos hacen lo que pueden, con la mejor de las intenciones. Pero -y esa es la pequeña sabiduría que trasunta la serie- con el amor puro, visceral y demasiado próximo de lo familiar no basta. Lo que en su estilo más bien brutal Rita les dice a los padres de sus alumnos es lo que su propia familia termina por decirle a ella: no importa lo que hagamos por nuestros hijos, ni lo que digan los manuales, ni cuánto nos empeñemos en hacer exactamente lo que hay que hacer; hay algo desmesurado en los vínculos más íntimos. Algo que a veces resta oxígeno; otras, enceguece. Y el papel más secreto y vital de la escuela suele ser ese: el de mediar entre nosotros y ellos; permitirles estar en un lugar distinto al de nuestros brazos, y allí respirar de otro modo, escuchar otras voces, encontrarse con otras miradas. Y crecer.

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