¿Qué pasa con un muerto a quien nadie recuerda?

Fabiana Fondevila
Fabiana Fondevila PARA LA NACION
La película muestra cómo se desarrolla el Día de los muertos
La película muestra cómo se desarrolla el Día de los muertos
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14 de febrero de 2018  • 00:50

Coco, la última creación de Pixar, conmueve a chicos y grandes con su vívido homenaje al Día de los Muertos, y a la cultura mexicana en general. Pero más allá del tributo, plantea una pregunta que quizás inquiete más a los adultos que a los niños que acompañan a verla: ¿qué pasa con un muerto a quien nadie recuerda?

Fiel a su público, la respuesta que ofrece es tranquilizadora: los muertos sobreviven, en una tierra luminosa salida de un sueño de Dalí, y una vez al año -en la festividad del 2 de noviembre- pueden incluso visitar el país de los vivos. Pero hay una condición: algún ser querido debe haber recordado poner su foto en el altar familiar. El olvido es el pasaje a la desaparición definitiva.

La película está bordada con símbolos de la conexión entre los mundos propios de esa cultura: altares, ofrendas; un puente de pétalos de cempasúchil (usada para engalanar tumbas y para guiar los pasos de los difuntos del cementerio a la casa); el perro de raza xoloitzcuintle, ladero del protagonista, que en la cultura prehispánica ayudaba a las almas a cruzar el río Chiconauhuapan, camino a Mictlán, el inframundo para los mexicas.

Todos los pueblos del mundo han creado ritos y ceremonias para ayudarse a decir -y a aceptar- el último adiós. Hasta existe evidencia de ritos mortuorios sencillos entre algunas especies animales, como los chimpancés, los elefantes, los delfines y las urracas. Pero el ser humano siempre ha ido más allá, y buscado tender puentes simbólicos y afectivos que trasciendan la separación de los cuerpos.

En el siglo XXI, estos puentes simbólicos están cambiando, junto con todo lo demás. La estudiosa de las religiones Candi K. Cann explora estos nuevos modos de rendir tributo, y de elaborar el duelo, en su libro Virtual Afterlives: Grieving the Dead in the Twenty-First Century (El más allá virtual. Duelar a los muertos en el siglo XXI).

Unas de las innovaciones es el reemplazo del tradicional velorio por la creación de sitios memoriales virtuales, o la transformación del muro de Facebook del fallecido en un espacio para homenajes, testimonios, fotos y expresiones de cariño de familiares, amigos y conocidos. Se podría argumentar que es una forma distante de congregarse, a tono con la época, pero lo cierto es que este dispositivo da voz a muchos que de otro modo no se hubieran expresado, y permite que los familiares del fallecido reciban (en ocasión del fallecimiento, y por mucho tiempo después) mensajes conmovedores que de otro modo difícilmente hubiesen llegado.

Otro regalo de la era digital son los audios de whatsapp, que permiten preservar la voz de quien partió, y con ella, la suspensión en el tiempo de las mil y un minucias que conformaron la cotidianeidad de un vínculo.

Pero otras "nuevas" costumbres funerarias que enumera la autora están en las antípodas de lo virtual: en las generaciones más jóvenes, crece la costumbre de tatuarse la cara, el nombre, la fecha de muerte o nacimiento de quien partió (o frases o imágenes alusivas), de modo de convertir los cuerpos en altares vivos. Nunca se hizo carne el símbolo en forma tan literal. Para Cann, lo interesante no son tanto los tatuajes usados para tal fin, sino el rol de los tatuadores como consejeros de duelo improvisados. "Esto me resulta fascinante -dice-. Las personas que se hacen tributos tatuados muchas veces no tienen ningún otro lugar a donde ir, ninguna otra persona con la que hablar sobre su duelo. Se sientan ahí por horas con esta persona, y comparten la historia detrás del tatuaje. Es una experiencia profundamente personal."

Otro rito que registra como nuevo el Primer Mundo, pero que los argentinos conocemos desde hace rato, es escribir el nombre del difunto y una dedicatoria en la parte de atrás del auto (o en su versión más moderna, pegar una calcomanía). Es otra forma, algo menos permanente, de llevar "impresos" nuestros amores mientras nos movemos por la vida.

El libro de Cann explora también la costumbre sudamericana de rendir tributo a quienes murieron en la ruta con cruces, pequeños monumentos (o, como puede verse en la General Paz, un imperecedero ramo de flores) en el lugar del deceso, y también los santuarios y sitios de peregrinaje en torno a figuras veneradas, como son, entre nosotros, el Gauchito Gil y la Difunta Correa.

Altares armados por las alumnas de un taller realizado por la autora de la columna
Altares armados por las alumnas de un taller realizado por la autora de la columna

En países que han sufrido atentados terroristas, se han popularizado los "santuarios sin cuerpo": sitios ceremoniales erigidos espontáneamente, en los que la gente se congrega a dejar velas, flores, cartas y regalos para los fallecidos. Después del atentado a las Torres Gemelas, se produjo en Nueva York un rito auto-gestivo que duró varias semanas: alguien ponía una vela en una vereda, y tres o cuatro personas se reunían en círculo alrededor, se tomaban de las manos y hacían silencio. Poco importa saber si rezaban, en qué idioma o a qué dios; era una forma de compartir el dolor y echar un voto a favor de la vida.

Todas estas nuevas manifestaciones han puesto a la presencia física de la muerte en un lugar secundario a la experiencia psicológica del duelo, que no requiere de la presencia del otro para continuar el diálogo. A la vez, estas expresiones surgidas en sintonía con los nuevos tiempos ayudan a recrear la narrativa de vidas.

En la película del mexicanito Miguel, mencionada al comienzo, los muertos se desviven por contactarse con los vivos. En verdad, la experiencia de la que podemos dar cuenta fehaciente es la contraria. Creamos o no en alguna versión de la eternidad, todos necesitamos encontrar formas de seguir amando a quienes partieron, y de nutrirnos del amor que nos ofrecieron. Con misivas sobre la piel, en la pantalla, en torno a una vela, en cualquier esquina, hacemos silencio e invocamos. Nunca sabremos si el mensaje llega a destino, pero el amor -ese noble emisario- siempre acude a la cita.

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