Elvis Costello: detrás de la máscara pop, la identidad del último cantante erudito

Acaba de llegar a las librerías Música infiel y Tinta invisible: las memorias (vitales y musicales) de un músico que cabalgó en la new wave y logró transformarse en un songwriter único
Acaba de llegar a las librerías Música infiel y Tinta invisible: las memorias (vitales y musicales) de un músico que cabalgó en la new wave y logró transformarse en un songwriter único Crédito: The New York Times
Martín Graziano
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14 de febrero de 2018  

"Yo nací en el mismo hospital donde Alexander Fleming descubrió la penicilina. Me disculpo por anticipado por no haber llevado a cabo la misma aportación a la humanidad". Parece el gambito de apertura de una rutina de stand-up, pero son las memorias de Elvis Costello: Música infiel y Tinta invisible. No menos de ochocientas páginas que, desde el título y su propio comienzo, prometen un raid de pasión, buenos trucos y unos cuantos malentendidos. Desde la raíz de su alter ego (detrás de Costello se agazapa Declan Patrick MacManus) hasta las resacas de su padre, pasando por el día que separó a los Beatles con una tijera y su ingreso en el Caballo de Troya del Punk.

Como el caso Tom Petty al otro lado del Atlántico, su vínculo con el punk era menos una seña de identidad que una treta del sello discográfico. Costello era un polizonte, pero la camiseta no le quedaba tan mal. Después de todo escupía cuando cantaba, tenía temas rápidos y su look de Buddy Holly era una caricatura perfecta de los orígenes del rock & roll (durante su cameo en Los Simpson, Homero le roba el sombrero y los anteojos y Costello chilla: "¡Oh, mi personalidad!").

Sin embargo, su corazón estaba envuelto en terciopelo. En medio del sórdido Verano del Punk ya incubaba un sofisticado sentido del pop y era capaz de hacerse el gallito frente a la turba de los Sex Pistols.

"What's so funny about peace, love and understanding?" ("¿Qué tienen de gracioso la paz, el amor y el entendimiento?"). Costello no era exactamente un hippie, pero tampoco un cínico.

Su sentido de la evolución, en ese sentido, era puro Beatles. En cuatro años, Elvis Costello pasó de la urgencia anfetamínica de "Pump it up" a una torch song como "Almost blue". Una expansión que era posible gracias a la versatilidad de los Attractions y a su propia maduración como compositor: si Costello podía escribir una balada jazzística sobre el desdoblamiento del amor era también porque Steve Nieve (teclados), Bruce Thomas (bajo) y Pete Thomas (batería) podían tocarla. El moño de Imperial bedroom, aquella obra cumbre del pop orquestal, era la producción del benemérito Geoff Emmerick. ¿Hace falta decir que es el tipo que grabó el Sgt. Pepper?

Desde sus tempranos años en el escenario con esa imagen de rockabilly vintage destiló ese tono mordaz que lo hizo destacarse
Desde sus tempranos años en el escenario con esa imagen de rockabilly vintage destiló ese tono mordaz que lo hizo destacarse Crédito: Geordie Wood / The New York Times

"Durante el año transcurrido entre Trust e Imperial Bedroom, me di cuenta de que me era más fácil cantar las letras más directas de las baladas country de los demás que mis propias rimas de listillo -apunta en sus memorias-. Mis coartadas fueron la canción de Gram Parsons 'How much I've lied' y ´I'll make it all up to you' de Charlie Rich. Canciones de los treinta y cuarenta como 'Glad to be unhappy', 'You don't know what love is' y 'Don't explain' me servían de nanas. Cuando volví a trabajar en mis propias canciones para Imperial bedroom, procuré asimilar alguna de las enseñanzas de esas canciones".

Poco después, mientras Galtieri daba el manotazo final de la dictadura en la Argentina, Margaret Thatcher respondía al desempleo británico y el colapso de la industria pesada con su perspectiva sobre la Guerra de las Malvinas. Los astilleros concentraban toda la siniestra ironía. "Pensé en una guerra que se extendía en forma indefinida -dice Costello-. En unos hombres que recuperaban sus empleos y volvían a construir unos barcos en los que enviar a sus hijos a la muerte". El resultado fue "Shipbuilding", una canción donde parecía encontrar la horma de su zapato: una foto en sepia que, punteada aquí y allá con la trompeta de Chet Baker, escondía injusticia y dolor. Una mano de hierro en un guante de seda. "¿Es posible que una simple canción cambie la mentalidad de la gente? -se pregunta Costello-. Dudo que sea el caso, pero una canción puede llegarte al corazón y el corazón puede cambiarte las ideas".

A pesar de todo, Música infiel y tinta invisible no es una autobiografía. Es un caleidoscopio guiado por los recuerdos y el pensamiento arborescente de Costello. Sabemos que después de King of America separó y reunió a sus Attractions, que grabó el subvalorado The Juliet Letters junto al Brodsky Quartet y se probó algunos trajes distintos con Kojak Variety. Sabemos que escribió el soberbio Painted from memory con Burt Bacharach y que, cuando cantó "She" para la banda sonora de Nothing Hill, se ganó de una vez y para siempre la legitimación crítica y popular. Nada de eso, sin embargo, está puesto en orden. Todo fluye.

Entre 2002 y 2003, después de seis años sin publicar un disco propio, salieron a la venta When I was cruel y North. La edición parecía marcar una bifurcación en el camino: por un lado, una reacción a su colaboración con Burt Bacharach; por otro, una continuación. Allí donde el primero sellaba una nueva encarnación de su banda como The Imposters (esta vez, sin el bajista Bruce Thomas), el segundo llevaba a un nuevo nivel su gran ambición: reunir, en un solo cuerpo, al crooner y el songwriter.

Desde entonces, Costello profundizó su instinto gregario. Siguió tocando con The Imposters y aprovechó su flamante lugar como clásico para dialogar abiertamente con diferentes tradiciones. Grabó un disco para la Deutsche Grammophon con la Orquesta Sinfónica de Londres, les puso música a letras perdidas de Bob Dylan, homenajeó la cultura de New Orleans con Allen Touissant, jugueteó con el r&b junto a The Roots y hasta colaboró con Bajofondo Tango Club. Más o menos afortunadas, sus exploraciones siempre suenan sinceras porque Costello nunca se toma el asunto a la ligera (de hecho se casó con una pianista de jazz como Diana Krall) y, por más que elíptica sea su órbita, siempre gira alrededor de la misma ecuación: la canción perfecta.

Promediando el libro, Costello recuerda un encuentro crucial con Bob Dylan. Cuando, en el marco de un festival en Minneapolis, viajaron en una minivan y asistieron juntos a una fiesta. "En aquella época yo podía llegar a ser un capullo arrogante, más o menos creía saberlo todo, pero había un par de preguntas que de verdad quería formularle a ese maestro de la composición de canciones y ninguna de ellas tenía que ver con cómo llegar al Edén -dice-. Sobre todo quería saber cómo era posible permanecer lo bastante invisible para observar las transacciones entre la gente que constituyen la sustancia de muchas de mis canciones y, de hecho, también de las suyas. Fuimos bajando la voz cada vez más para que nadie pudiera escucharnos, las palabras se fueron espaciando y comenzaron a no tener sentido y la conversación se detuvo cuando ya no recibí ninguna respuesta que ahora pueda recordar. Solo tenía que darme la vuelta para obtener la respuesta. Había llegado el momento de largarse".

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