Palabras para todos y todas: qué dicen quienes acusan al lenguaje de machista

La lengua cambia con la cultura, pero no a la misma velocidad; tres posturas para entender el debate
La lengua cambia con la cultura, pero no a la misma velocidad; tres posturas para entender el debate Crédito: Shutterstock
Paula Giménez
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21 de febrero de 2018  • 19:16

El tema de esta nota es complejo. No es ni fácil de abordar ni fácil de debatir ni fácil escribir sobre él, pero entiendo que es necesario charlarlo porque si algo pica tanto es porque algo genera. Así que me puse manos al artículo para intentar desarmar el largo debate: lenguaje inclusivo sí o lenguaje inclusivo no.

Como si fuera una serie, este artículo empieza por el final porque cuando terminé de escribirlo noté que, si bien el tema tiene mil aristas, lo más importante no estaba: ¿Qué es el lenguaje inclusivo? La idea es hacer una nota para quienes no tienen idea de qué hablamos cuando hablamos de diversidad en la lengua, así que intentaré explicarlo. Los seres humanos nos comunicamos a través de las palabras pero además de eso, pensamos, creamos, priorizamos y generamos mundos en nuestras cabezas a través de las palabras. De manera resumidísima, el idioma fue creado por y para los varones, porque eran ellos quienes manejaban y se disputaban el mundo. Hoy, ya muy lejos, las mujeres participamos del universo público, económico y social de manera activa y siendo pares, pero nuestro idioma, que cambia constantemente, viene muy atrás respecto a una cultura que no para de moverse. Tanto el feminismo como el colectivo LGBTQI buscan terminar de manera radical con el lenguaje machista y sexista que tiene al hombre como eje y proponen utilizar palabras neutras para ideas que hoy se presentan en masculino. Ejemplos claros son "todes" o "amigues" o "mediques".

Para empezar voy a plantear las tres posturas más usuales en este tipo de debates. La primera: así como la cultura cambia, cambia nuestra forma de comunicarnos, entonces no hace falta modificar el idioma porque cambiará cuando la cultura lo haga. La segunda: la historia la escriben quienes ganan, así que hay que empezar a visibilizar a una sociedad que tiene cada vez más apertura sexual, de género y de diversidad. La tercera: el idioma no es machista o feminista, lo es solo en la manera de utilizarlo.

Pero claro, no es nada fácil. ¿Por qué la idea de cambiar nuestro lenguaje incomoda, molesta o genera tanto tole tole? Hay mucha resistencia a las modificaciones tan de raíz y es entendible, somos seres sociales y es a través de la palabra que formamos vínculos, lazos, ideas y cultura. Pero quien piensa que el idioma existe desde siempre, es estático y fijo, se equivoca muchísimo.

Sirvienta, sí; presidenta, no

Lo que es importante destacar además es que, si bien nuestro lenguaje tiene al varón como eje de todo, también son los significados sexistas los que hacen que el machismo impere a la hora de comunicarnos. Desde los insultos hasta palabras que en femenino son peyorativas y en masculino no, tales como yegua o perra (aunque perro a nivel futbolístico también es malo, su femenino es muchísimo peor). También las palabras 'bruja' y 'brujo', (la primera merece un artículo aparte porque les comento un secreto no tan secreto: ellas no eran como nos dijeron los cuentos que eran) en femenino tiene un significado negativo mientras la segunda es positiva y genial. La primera es mala y envenena a Blancanieves porque la envidia por linda, la segunda hace milagros.

Una de las palabras que primero se nos viene a la mente cuando se habla de estas cuestiones es "presidenta". ¿Es correcta? ¿No lo es? ¿No existía porque en la historia no había habido una figura femenina en ese cargo? El licenciado en comunicación y coordinador del programa de estudios de género Facundo Boccardi, lo explica: "La inexistencia del sustantivo femenino 'presidenta', hasta hace poco en nuestros diccionarios, y la eterna existencia del sustantivo femenino 'sirvienta' cuando ambos términos tienen la misma entidad morfológica (provienen del antiguo participio activo del latín: praesidentis y sirvientis) es un claro ejemplo de la configuración de la lengua como un espacio de lucha. En la lengua los roles están distribuidos diferencialmente según el género: sólo recientemente fueron aceptados por la RAE los femeninos de profesiones tales como médico y abogado, mientras que la historia de las formas masculinas parece no tener origen. En cambio en otras designaciones de profesiones tales como maestra, enfermera, secretaria y prostituta la historia de la forma femenina es mucha más larga".

Pero para la traductora Carolina Travesaro, y apoyándose en la Real Academia Española, incluir al femenino en lo general es un error porque, además, de ese modo las frases son más largas. "El desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en masculino y femenino va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüisticas. ¿La lengua española nos parece machista? Luchemos por otro lado, resignifiquemos la palabra 'puta' por ejemplo".

La complejidad del debate nos encuentra con una encrucijada fundante que es ¿cómo se hace para que se modifique? ¿Si cambia nuestra manera de vivir, el lenguaje también? ¿Se puede pensar al lenguaje fuera de la cultura? Boccardi sostiene que una cosa no existe sin la otra: "No separaría la lengua de su uso. Entiendo a la lengua como la sedimentación de su uso, a medida que un sociedad habla y escribe construye su lengua. Por eso las grandes diferencias que hay en este nivel entre las diferentes sociedades que hablan el mismo idioma".

Las mujeres en todas

Entonces, si no podemos separarlos, ¿qué cambia primero? ¿La forma en la que decimos las cosas o las cosas? Para la doctora en Ciencias Sociales de FLACSO e investigadora de relaciones de género, familia y políticas públicas, Eleonor Faur, el lenguaje cambia de acuerdo a las relaciones de poder y capacidad de incidir en la autorización de cuales son los términos que se admiten o no se admiten. "La Real Academia Española tiene una historia machismo fuertísima. No hay mujeres y no estamos representadas en el idioma", agrega Faur y refuerza: "Es que nosotras participábamos mucho menos en el mundo público y eso tenía sentido con la invisibilidad del lenguaje, pero ahora ya no es así. Hoy la mujer es parte activa del mundo público y eso es innegable".

¿Es al final todo una cuestión de poder? "Que una lengua se imponga, que ciertas palabras sean consideradas más adecuadas o más correctas para nombrar algo es una cuestión de quién tiene el mando. La lengua forma parte de esos juegos de poder, la lengua es la arena de lucha entre sectores sociales, entre ideologías. La lengua ha sido uno de los territorios más fértiles para la imposición persistente y la reproducción de las normas patriarcales y es también el lugar donde tenemos que dar la disputa", argumenta Boccardi.

Es que las mujeres estamos cambiándolo todo. Y si bien estas modificaciones vienen también de los espacios de diversidad LGBTQI, para la escritora y licenciada en filosofía, Silvina Giaganti, es el movimiento feminista el que modifica las estructuras de manera contundente. "Creo que el feminismo colaboró mucho con esta interpelación, así como los asuntos de género se están reconsiderando en la mayoría de los ámbitos - en la salud, en la educación, en el trabajo, en la legislación, en la calle - el ámbito del lenguaje no es la excepción. Si ahora la mujer participa del mundo "plenamente" - en el sentido de que prácticamente al menos le quedan pocos ámbitos por perforar - es lógico que esa perforación sea acompañada de la consideración del uso del lenguaje inclusivo, de echar por tierra el masculino singular o plural para universalizar una instancia particular o colectiva recortada", sostiene.

El doble significado del masculino

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Hace ya bastante tiempo que en cada conversación en la que digo "uno" al hablar de mi y me doy cuenta de que soy mujer y que entonces debería decir "una", me retracto y repito la frase modificándola. Pero cuando lo pienso un poco entiendo que, al decir "cuando uno" en vez de "cuando una", en realidad me refiero al ser humano en general y no a mi en particular, ¿pero por qué me molesta? ¿Por qué no me cierra la idea? "El hombre como sinónimo de toda la humanidad es una forma muy clara de representar el androcentrismo de la lengua", me explica Faur y ahí lo entiendo mejor.

Por su parte, Traversaro sostiene que, si bien es cierto que el masculino se refiere al general, eso no necesariamente lo hace machista: "Para Julio Borrego, catedrático de Lengua Española de la Universidad de Salamanca y académico correspondiente de la RAE el masculino tiene dos significados, uno el referido a varones o machos, en caso de que se trate de animales, y luego tiene un valor genérico, que es el que las guías del lenguaje tildan de excluyente. El lenguaje inclusivo es un desdoblamiento lingüístico innecesario porque el género masculino designa la clase, o sea, a todos los individuos de la especie sin distinción de sexos".

¿Pero por qué es tan importante cómo se dicen las cosas? Para Giaganti el lenguaje "puede herir, puede lastimar y agredir, y si puede hacer eso es porque somos seres lingüísticos, el lenguaje es tal vez lo que más nos constituye".

Entre los manuales y las redes sociales

Dentro de este debate, uno de los argumentos en contra más repetidos es que, si bien el lenguaje nos describe, hay cosas y cuestiones con mayor importancia que cómo se dice tal o cual cosa. "Son tonteras, muere una mujer cada 30 horas, en eso hay que enfocarse", refutan. Pero Giaganti no está de acuerdo: "No me parece una pavada ni una banalización usar y/o ser interpeladxs por el lenguaje inclusivo (lenguaje que se expresa de muchas maneras: con la x, la e, usando ambos géneros o el asterisco). Como dice Judith Butler, el lenguaje es una agencia, el lenguaje actúa. Entonces lo que menos me parece es que hablar de lenguaje inclusivo sea incurrir en una banalización como si el lenguaje no causara efectos ni tuviera opresores o liberadores. Los tiene".

Si bien el tema gira cada vez más fuerte en el mundo académico o de militancia, este tipo de lenguaje comienza a utilizarse en las redes sociales como una clara muestra de que ya la adolescencia comenzó a poner cartas sobre el asunto y a utilizar el idioma como bandera ideológica. "Veo muchxs jóvenes en redes sociales usándolo ya de forma naturalizada, asimilada, y donde no les parece nada banal el hecho de nombrar, el hecho fundante de designar algo", comenta Giaganti.

Pero en las redes, además de ser un espacio en el que las "x" y las "e" se utilizan con cada vez más frecuencia, también se genera mucho ruido y cientos de comentarios negativos alrededor de este tema, que van desde la subestimación hasta la ira descontrolada.

Traversaro refuta: "Las propuestas de las guías de lenguaje no sexista violan aspectos gramaticales o léxicos que ya están asentados en el sistema lingüístico, o anulan distinciones que deberían explicar en sus clases de Lengua los docentes de enseñanza media, lo cual agrega un conflicto de competencias". Es que la enseñanza dentro de la lengua es un tema crucial. ¿Cómo se resuelve esta cuestión si el diccionario no cambia de manera oficial? "Entre miles de tareas de los docentes de enseñanza media está la de conseguir que los chicos logren soltura en el uso del idioma, distingan matices léxicos y gramaticales, y sean capaces de hablar y escribir correctamente. El profesor de lengua va a tener que decidir qué normas explica en clase. Si recomienda que escriban les chiques, les amigues o si le tiene que decir a los alumnos que eviten estas expresiones, como recomienda la RAE", agrega.

Aún así el cambio parece suceder igual y ya hay muchos espacios en donde la "e" como opción neutral copa lugares pese a la fuerte resistencia ante el cambio. "Esta militancia lingüística muchas veces causa molestia, incomodidad o perturbación, esa es justamente la señal de que estamos introduciendo un desplazamiento. Estas transformaciones atentan contra la naturalización de la lengua, contra su uso cristalizado, automatizado e irreflexivo. Introducen un quiebre, un llamado de atención que saca a la lengua del lugar de la naturaleza eterna e inmodificada y le restituye su lugar histórico y social", explica Boccardi y finaliza: "A la historia la escriben los que ganan y cuando la escriben hacen además otras dos cosas: tratan de que borrar el hecho de que la historia es una escritura y tratan de borrar el hecho de que la escritura es histórica, es decir, que su sentido no viene dado por la naturaleza sino que ha sido impuesto y sostenido en una lucha permanente".

Si bien Traversaro está en contra de la inclusión en el lenguaje, se autopercibe feminista y entiende la importancia del debate: "El propósito de las guías de lenguaje no sexista es loable: que la mujer alcance su igualdad con el hombre en todos los ámbitos del mundo profesional y laboral. Todos pensamos que la verdadera lucha por la igualdad está en tratar de que se extienda en la mentalidad de los ciudadanos. Pero creo que no tiene sentido forzar las estructuras lingüísticas para que sean un espejo de la realidad, descartar el uso actual de expresiones ya fosilizadas o pensar que las convenciones gramaticales nos impiden expresar nuestros pensamientos o interpretar los de los demás".

Oraciones más largas, confusión a la hora de comunicarnos, inclusión, pertenencia, cambios. Todo eso está en juego a la hora de hablar del lenguaje inclusivo y sus formas. La verdad es que, cuando arranqué a hacer esta nota, no estaba segura de la utilización del neutro porque modificar cómo hablamos, nuestra base, cómo se forman nuestras ideas, es extremadamente complejo, pero luego de estas entrevistas me convencí de que los cambios culturales suceden mal (o bien) que nos pesen. Porque si el mundo constantemente se modifica, la lengua acompañará esa metamorfosis aunque haya una fuerte resistencia. Cuando algo de nuestra cultura cambia, cambia también, tal vez y seguramente tarde, nuestra manera de relacionarnos con "le otre".

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