Extrema libertad, pura rebeldía

Verónica Pagés
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16 de febrero de 2018  

Asociar al tango con el fútbol puede ser un lugar común tan recurrente como el escritor alcohólico que escribe con la botella de whisky al lado o el pintor incomprendido que maltrata a sus asistentes. Tango y fútbol representan nostalgia y deseo, formas de la salvación y de la gloria, el amor que se termina y melancoliza la vida para siempre. Conceptos tentadores para el arte, aunque insuficientes para la creación. Lo demás depende, como todo, del trabajo de los artistas: sus motivaciones, el esfuerzo y la búsqueda poética que tenga la potencia de la necesidad. Algo así como sentir que si no estuvieran haciendo eso que hacen se sentirían menos vivos.

El espectáculo Garra y esplendor se encuentra en este lugar: cinco músicos - actores y un director - dramaturgo asumen este universo estético para hacerse cargo de todo su poder. Si la música pide ser pasional, grotescos, asumir roles, exagerar, ellos se entregan. Si el contexto es un viejo club de barrio y jugadores que ya no sirven para la cancha, también incorporan toda la melancolía de ese entorno. Y, para colmo, suena un bandoneón y un violín.

Con dirección y dramaturgia de Fernando Ferrer -el mismo autor de La fiesta del viejo, otra obra que tomaba como disparador Rey Lear pero también lo ubicaba en el ambiente místico de un club de barrio- este espectáculo de teatro musical se presenta en la nueva sala del subsuelo del Camarín de las Musas. En el clima de un bar y con el público sentado entre mesas, los músicos llegan dispuestos a enamorar con su talento, en un presente que ya no es el de ellos.

Hugo De Bernardi (bandoneón, coros), Facundo di Stéfano (violín), Gastón Mazières (guitarra, coros), Nicolás Wio (voz, saxofón) y Juan Ignacio Sicardi (piano, coros, arreglos) se presentan como la orquesta Aguas Argentinas, que ensaya en el vestuario del club, para su gran presentación. Una especie de revancha en la que ellos, galanes maduros y un tanto perdedores, quieren demostrar que todavía tienen algo para decir.

Con una impronta melancólica y humorística, estos músicos que tienen sueños que van en contra del capitalismo y, por ende, fracasan, también se permiten ironizar con el amor. Por ejemplo, en la canción "Hay vida", cantan: "Hay días que me siento ilusionado, hay días que me siento pisoteado. Hay días que me siento afortunado, hay días que no quiero revivir, hay días que no paran de venir. Ya ves mi amor, debo concluir, hay vida sin ti".

Entre tangos, boleros y diálogos sobre sus sueños incumplidos, los que se dejen atravesar por estos personajes anacrónicos disfrutarán de aristas formados y pasionales, que dejan que la música los suspenda en el aire y logre darle vida a un mundo que ya no existe y se extraña.

Favio Posca provoca y corre los límites hasta el extremo, casi hasta donde no parece posible. Y lo hace con una maestría que solo se alcanza con los años de trabajo y de seria dedicación. Más allá de que sus criaturas caminan por bordes dificilísimos que los podrían hacer desbarrancar en cualquier momento, él y su equipo (siempre supo rodearse muy bien) les dan un marco contenedor por el que pueden moverse con comodidad. Así, una altísima factura técnica se suma a un buen libro, en el que el primero que se divierte, sorprende y conmueve es él mismo. Y allí radica parte de la magia que se crea entre lo que pasa arriba y abajo del escenario. Posca juega el juego que mejor le sale y para el que se viene preparando desde siempre, cuando apenas empezaba a garabatear las primeras ideas, los primeros personajes. Y pone todo al fuego. Él entero como actor, como músico, como productor se quema hasta las cenizas. Y entonces surgen sus paseos extremos. Desde lo escatológico casi explícito hasta las grandes dosis de inocente ternura va este hombre/niño y con él toda la platea, que lo sigue fiel. No es fácil hacerlo, hay que estar dispuesto a descubrir ese punto de extrema libertad que propone con originalidad, ironía y rebeldía. Una vez que se logra, garantía de placer y entretenimiento.

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