José Domingo Ray: eminencia jurídica para el derecho marítimo internacional

José Domingo Ray
José Domingo Ray
1922-2018
José Claudio Escribano
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16 de febrero de 2018  

Si había un rasgo mundano que definiera el carácter de este gran maestro del derecho era el de la afabilidad; el simple don, a veces tan esquivo, pero invariablemente tan valioso, de hacer sentir en todo momento confortables a los demás. Llanura en el trato y calidez en la conversación, instinto natural de cautivar: fuera en los estrados judiciales, donde su sola presencia imponía un llamativo respeto, fuera en el ámbito deportivo del golf o en el más arduo de definir de las mesas de bridge, donde se sabía que Pepe Ray era mucho mejor abogado que jugador.

Una leyenda, una de las verdaderamente buenas leyendas de su época de estudiante cuando Derecho todavía se cursaba en la avenida Las Heras, asociaba su nombre a la condición excepcional de haber logrado lo que nadie había obtenido: los premios Universitario (medalla de oro de la promoción), Alberto Tedín Uriburu y Raimundo S. Salvat. Se recibió en 1944.

En tiempos de clases magistrales y exámenes libres, en una facultad ajena todavía a los cursos de promoción que ayudarían con sus reglas de tipo colegio secundario al alumbramiento final en las sucesivas materias de la carrera, Pepe se graduó con el mejor de los promedios: 9,84.

Era tan singular ese promedio que todo el mundo le adjudicó el valor de un 10, hasta que el 10 de promedio llegó en realidad años después con otro alumno notable, como fue Julio Olivera, que por cualquier otra razón menos la de buscar una revancha se volcó enseguida a iniciar con parecidos triunfos estudios de Economía.

La especialización de José Domingo Ray en derecho marítimo, o en derecho de la navegación, como se lo conoció también como una rama del derecho comercial, derivó de su incorporación temprana en el estudio Edye, Roche & De la Vega.

La marina mercante, como actividad impulsada por el Estado, había nacido durante el gobierno de Ramón Castillo unos años antes, apenas, de que Ray comenzara su labor de jurista. No había, por lo demás, una tradición de armadores nacionales, de modo que en bufetes como aquel lo habitual consistía en la representación de intereses marítimos británicos, los de más sólida ligazón hasta entonces con la Argentina.

Fue tal el grado de adiestramiento y dominio que Ray adquirió de la especialización que nada lo refleja mejor que el cúmulo de notas que han llegado en estas horas a su propio estudio de todas partes del mundo, en particular, una: "El derecho marítimo mundial está de luto".

El jurisconsulto fallecido en Mar del Plata se había constituido en una de las figuras más conocidas y apreciadas en las conferencias internacionales en las que se discuten las cuestiones referentes a la navegación desde la perspectiva del derecho privado.

Ray fue vicepresidente del Comité Marítimo Internacional y autoridad consultada con frecuencia en el país cuando se trataba de actualizar la legislación marítima.

Después de haber sido muchos años profesor adjunto y luego profesor titular de la materia de su dominio, la Universidad de Buenos Aires lo designó profesor emérito. Era uno de los miembros más antiguos de la Academia Nacional de Derecho, a la que se había incorporado en 1975, y presidió, entre 1995 y 1998. También era miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.

Tenía la versación universal del derecho en grado que lo hacía acreedor a la inusual caracterización de maestro. Esto se espejaba hasta en el miramiento con el que se atendía su presencia por algún asunto en los circunspectos salones del más alto tribunal del país.

Había sido presidente de la Asociación Argentina de Derecho Marítimo, en cuyo nombre, al despedirlo anteayer en la Recoleta, el doctor Alberto Cappagli sintetizó su trayectoria, como hombre y abogado, con estas palabras: "Nunca una actitud desleal, nunca un abuso procesal".

Cuantos lo trataron en la intimidad tendrán presente la entereza con la que se sobrepuso hace tiempo a la muerte de un hijo treintañero, Alejandro, que lo acompañaba en el ejercicio profesional.

La bonhomía, entendida como la sencillez unida a la bondad en conducta y maneras, fue un rasgo tan determinante en la docencia del viejo maestro como su compromiso indeclinable con la enseñanza de calidad y, por lo tanto, exigente. Habrá sido por esto que muchos estudiantes, al optar por cursar en otra cátedra más condescendiente la materia, se privaron de disfrutar de la cercanía de una figura imborrable del derecho.

El doctor Ray estuvo casado con María Esther Grob, que falleció hace unos años. Deja tres hijos: Marcelo, Silvia y Teresa. Había nacido en Buenos Aires, el 23 de junio de 1922.

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