El tren bala y el martín pescador

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
El divorcio entre ingeniería, matemática e Internet y la naturaleza es un mito, y uno peligroso; en la foto, un tren japonés de alta velocidad cuyo diseño guarda una sorpresa
El divorcio entre ingeniería, matemática e Internet y la naturaleza es un mito, y uno peligroso; en la foto, un tren japonés de alta velocidad cuyo diseño guarda una sorpresa Crédito: BBC
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17 de febrero de 2018  • 00:00

Hace poco, durante un reportaje que gentilmente me hicieron en una radio en ocasión de la salida de mi último libro, y por razones que en este momento no recuerdo, les comenté que vivía prácticamente en el medio del campo, y que eso era para mí una bendición. Observaron que era extraño que alguien tan tecno tuviera una relación así de cercana con la naturaleza. Nos reímos un poco y les respondí que en realidad la combinación alta tecnología/naturaleza era ideal. Porque, si uno mira un poco, tal dicotomía es un mito.

Diré más. Si algo nos va a salvar del desastre ecológico, cuyos síntomas son cada año más evidentes, es la propia naturaleza. Siempre y cuando la observemos, la entendamos, le preguntemos cómo salir de este atolladero. Y también porque ahí, en mi jardín, rodeado de miles de formas de vida, uno, si tiene un poco de sentido común, se vuelve muy humilde. Muy muy humilde. Deja de ser el gran conquistador que se lleva el mundo por delante. Para empezar, no tenemos otro mundo, así que diría que no es una buena idea llevárselo por delante.

Qué plantitas más matemáticas

Empecemos por la matemática, que en general asociamos con pizarrones llenos de ecuaciones, libros incomestibles y toda clase de maquinarias aritméticas. Un espejismo, y uno peligroso.

Miren el Sistema-L, desarrollado por Aristid Lindenmayer. Sirve para un montón de cosas, pero es asombroso cómo permite describir el crecimiento de muchos organismos. Las plantas, por ejemplo. ¿Cómo lo descubrí? Cuando estudiaba fractales, hace muchísimo tiempo, y su secreto está ahí, en cualquier jardín, en cualquier plaza.

Una luz de esperanza

Los LED azules de alto brillo, que han revolucionado la industria de la iluminación, constituyen una esperanza en términos de ahorro de energía. Mi cocina, sin ir más lejos, pasó de consumir 212 Watts a 24; puede sonar a poco, pero pongámoslo en perspectiva. Con lámparas LED necesitaría 10 años (10 años) para gastar lo mismo que con lamparitas de obra en uno, y más de tres para consumir lo mismo que con lámparas estándar de bajo consumo. (Gracias a Claudio Horacio Sánchez, que me señaló en este párrafo un error de concepto, que ya está corregido.)

Pero miren esas luciérnagas en el atardecer. Brillan mediante un mecanismo llamado bioluminiscencia, en el que no me adentraré aquí, pero que comparten con otros seres vivos, desde pulpos hasta bacterias. Luz fría y sin electricidad, ¿qué tal? Por supuesto, varios centros de investigación están buscándole la vuelta a la lamparita bioluminiscente (desde el iGem hasta la Universidad de Wisconsin). Nadie espera, desde luego, conseguir luz a cambio de cero energía -hay algunas leyes bien conocidas de la física que lo impiden-, pero ese no es el punto. El punto es que estamos siendo horrorosamente ineficientes en nuestro consumo energético. Mi cocina consume hoy 24 Watts. Por qué no pensar en que un día gaste 2,4. O incluso la décima parte de eso. La respuesta podría estar en la siempre sabia naturaleza, que no paga la factura de electricidad y sin embargo jamás derrocha nada.

Y por nada me refiero a nada. Que es otra de las lecciones de ciencia e ingeniería que ofrece cualquier lugar más o menos agreste. Esto es, que nada está de más. La naturaleza tal vez se de lujos (lo ignoro), pero no derrocha nada y no necesita tacho de basura. Lo único que desentona en ese armónico -aunque, llegado el caso, impiadoso- escenario es la cosa fabricada por el hombre. Esa botella de plástico que necesitará décadas para degradarse. Esa bolsa de galletitas abandonada en el césped. Por eso es tan fundamental el reciclar, porque el plástico no es lo que está mal. Somos nosotros.

A 6000 kilómetros por hora

Las libélulas (y, en otro sentido, los murciélagos) vienen siendo investigados por los expertos en vuelo y aerodinámica desde que tengo memoria. Solemos pasar por alto estos milagros de ingeniería que nos ofrece el mundo. Dejen de ver por un momento esas libélulas como simples "bichos" y obsérvenlas en sus acrobacias imposibles. No existe aeronave en el mundo capaz de igualar a este frágil animalito que pesa alrededor de 1 gramo. Por ejemplo, acelera a 4 G en línea recta y es capaz de alcanzar 9 G cuando gira, lo mismo que los más potentes cazas de combate. Pero a la vez puede detenerse estático en medio del aire y quedarse ahí flotando, como un helicóptero. Alcanza los 30 kilómetros por hora, lo que para una persona de 1,80 m de estatura equivaldría a más de 300 kilómetros por hora. Y sin parabrisas.

Con todo, el gran campeón de estas micromáquinas volátiles son los tábanos. Una de sus especies, Hybomitra hinei wrighti, es capaz de alcanzar los 145 kilómetros por hora. No me simpatizan y transmiten enfermedades, pero esa velocidad a la escala de un tábano equivale, según este sitio ideado por Alex Reisner, a cualquiera de nosotros moviéndose a unos 6000 kilómetros por hora. Eso es cinco veces la velocidad del sonido; pocos prototipos han alcanzado ese récord en la atmósfera. Ni digamos en un jardín.

(Por supuesto, y como también me señala Claudio, el sitio de Reisner y la broma del parabrisas dejan de lado la ley cuadrático-cúbica; es, naturalmente, adrede.)

La horminet

Me acusarán de tener cierta admiración desmedida por los insectos. No es verdad. Tengo una admiración desmedida por cualquier forma de vida. Pero los insectos, caramba, son ínfimos, y sin embargo hacen proezas. Miren las hormigas. Resulta que hace millones de años que emplean un mecanismo semejante al de los protocolos TCP/IP en los que se basa Internet. Esto lo descubrió en 2012 la bióloga Deborah Gordon, de la Universidad de Stanford. El hecho es que tuvimos delante de las narices durante milenios la fórmula para desarrollar la Red. Vinton Cerf y Bob Kahn la hallaron entre 1973 y 1977 inspirándose más bien en la forma en que funciona el correo postal.

En todo caso, si sabés cómo funcionan los protocolos TCP/IP, podés lidiar con las hormigas sin necesidad de masacrar colonias enteras. Alcanza con que ciertos paquetes (o sea las exploradoras que el hormiguero envía a buscar fuentes de alimento) no regresen a casa. No me divierte matar nada, pero cuando aparece alguna, adiós. El hormiguero seguirá, con una persistencia que ni los ruteadores de la Red pueden emular, enviando paquetes. Hasta que pasado cierto tiempo decidirá que allí no hay nada. Una especie de ping de seis patitas.

Se preguntarán, acaso, por qué no ir y destruir el hormiguero entero, y asunto terminado. No tan rápido. Primero, todos tenemos principios, y uno de los míos, quizá el más imperioso, es el de no matar nada sin necesidad. Ni una mosca, como se dice. Pero, además, y esta es otra lección de ingeniería que nos ofrece la naturaleza -aunque hagamos oídos sordos-, todas las formas de vida cumplen un rol en el ecosistema. Algunas nos traen problemas; ocasionalmente, muy serios. Pero no es el caso de las atareadas hormigas coloradas de mi jardín. Convivimos en paz y sólo les cancelo los pings cuando se aventuran dentro de la vivienda.

Tomate un tren

Ahí se para sobre aquél poste un martín pescador. Un hermoso pájaro, pero guarda un secreto valuado en cientos de millones de dólares. Cuando Japón decidió actualizar sus trenes de alta velocidad, se dio la afortunada casualidad de que uno de los ingenieros involucrados en el diseño, Eiji Nakatsu, se dedicaba además al avistaje de aves. Al observar un rasgo único del martín pescador se le ocurrió cómo resolver uno de los principales problemas de estos trenes: el ruido y las ondas de choque que producen en los túneles y que pueden causarles daño estructural.

El martín pescador debe meterse a muy alta velocidad en el agua, pero, por obvias razones, haciendo el mínimo chapoteo posible. Nakatsu se inspiró en este pájaro y creó la nueva y distintiva nariz de los trenes bala, que, se entiende, hacen ahora menos ruido, evitan las peligrosas ondas de choque y, de paso, reducen el consumo de electricidad. En esta nota de la BBC, publicada en diciembre último en LA NACION, hay otros varios ejemplos de cómo mejoraron los Shinkansen mediante la observación de la naturaleza.

Que no te falte albahaca

Un jardín posiblemente no vaya a hacerlo a uno rico, pero hablemos de números otra vez. Voy al supermercado. Ofrecen allí unos escuálidos platines de albahaca; 49 pesos cada uno. Compro, en cambio, los ramilletes que se venden para consumir; 29 pesos el paquete. Como la albahaca figura muy alto en mi ránking de aromáticas, al llegar a casa separo todas esas frondosas ramas (nunca las dejen todas juntas) y las pongo en agua, cubiertas por una bolsa de plástico con agujeritos en la parte superior. Un par de días después, una o dos se han marchitado. Las saco y pongo el resto en tierra. En un mes son cinco vigorosas albahacas y habrá para todo el verano y el otoño. Queda, sin embargo, una vueltita de tuerca.

Permito que un par de esas plantas florezcan. Normalmente, hay que quitar las flores para que la albahaca no invierta energía en dar frutos, sino en las hojas (aunque las flores son comestibles y muy ricas). El problema es que la albahaca es anual; al llegar el invierno se marchitará. Así que dejo que un par fructifiquen. Cuando maduran, extraigo las semillas. Obviamente, ya tengo plantines como para regalar y semillas como para 10 temporadas. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la tecnología?

Oh, bueno, muy simple. Cuando en aquél reportaje observaron que era raro que alguien tan techie viviera en tan estrecho contacto con la naturaleza, aclaré que, eso sí, la conexión con Internet era buena. De allí saqué la receta para reproducir una de mis aromáticas preferidas. Dicho sea de paso, lo mismo puede hacerse con un montón de plantas de la huerta. Y esa info está en la Red.

Dijo Cicerón que todo lo que una persona necesitaba para ser feliz era su jardín y su biblioteca. Me permitiré añadir: y una buena conexión con Internet.

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