De sangre gitana, El Cigala cambia de piel

Gran referente madrileño del flamenco, vive en la República Dominicana y decidió recorrer el Caribe en busca de las raíces de la salsa. ¿El resultado? Un documental y un disco que presentará en marzo en la Argentina
Gran referente madrileño del flamenco, vive en la República Dominicana y decidió recorrer el Caribe en busca de las raíces de la salsa. ¿El resultado? Un documental y un disco que presentará en marzo en la Argentina Crédito: Jordi Socías (gentileza)
Humphrey Inzillo
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18 de febrero de 2018  

Desde la aparición del indispensable Lágrimas negras (2003), su colaboración con el legendario pianista cubano Bebo Valdés, la carrera del cantaor Diego El Cigala se proyectó al mundo. Ese álbum, producido por el cineasta Fernando Trueba, se transformó en un clásico del siglo XXI con un repertorio que abarcaba boleros clásicos como "Inolvidable" o "Vete de mí", mezclando la pasión caribeña con el quejío flamenco. El Cigala, que se crió en el barrio madrileño del Rastro, hijo de una familia gitana de artistas, se posicionó desde entonces como un cantante iconoclasta, y estableció un vínculo especial con la música argentina. Porque todo lo que canta lo convierte en magia,/ Porque todas las palabras del diccionario no me alcanzan,/ Porque tiene arte, porque el arte es él:/ Diego El Cigala,/ El gorrión de París,/ El Pelé y Maradona de Lavapiés./ El Diego que canta el tango como ninguno", escribió Andrés Calamaro en las liner notes de Cigala & Tango, el disco en vivo que grabó el español en el teatro Gran Rex en 2010, con el guitarrista Juanjo Domínguez y el bandoneonista Néstor Marconi. En aquella ocasión, Calamaro ofició de anfitrión, amigo y sommelier. Tres años más tarde, El Cigala le dedicó a Bebo Valdés ("que me hizo sentir la confianza necesaria para trascender el flamenco y llegar a otras músicas") su Romance de la luna tucumana, donde abordaba piezas del folclore argentino e incluía una colaboración post mortem con Mercedes Sosa.

Desde hace un lustro, El Cigala vive en la República Dominicana. Y en el afán de ampliar su repertorio, grabó Indestructible, un álbum donde recorre la historia de la salsa, versionando piezas de Ray Barreto o Cheo Feliciano, acompañado por glorias como Oscar D'León, Roberto Roena, Jorge Santana y el virtuoso Gonzalo Rubalacaba. Pero su aproximación a la música caribeña no se limitó a la elección de las canciones y el personal para las grabaciones, sino que decidió ir a las raíces, en un derrotero que incluyó visitas y grabaciones por Cali, San Juan (Puerto Rico), La Habana, Punta Cana y también Miami y Nueva York. El proyecto incluye un documental, aún inédito en la Argentina, que registra esas excursiones y el proyecto creativo del disco que presentará en una gira que incluye shows en Córdoba (miércoles 7 de marzo), Rosario (viernes 9), Buenos Aires (sábado 10, en el Teatro Gran Rex) y Tucumán (domingo 12), acompañado por la Cali Big Band, donde una vez más se sale de lo que habitualmente se espera de un cantaor. Es que para El Cigala, el flamenco no es un corset, ni un género puro, sino un lenguaje. "Es una música del pueblo, con un lamento. Siempre he dicho que el flamenco se puede adaptar a muchísimas músicas, porque tiene una raíz muy de verdad, siempre está la impronta, la improvisación. El flamenco es un estado de ánimo, es una música tan de verdad que te tienes que dejar llevar por cómo tu alma se siente en el momento que estás viviendo. Pero sí es verdad que es como un espíritu y un alma libre, lo que te hace caminar y lo que te hace moverte. Me ha pasado con el tango, con el bolero, ahora con la salsa, y son músicas que te conmueven el alma y que te hacen llorar, sobre todo llorar de felicidad y también de tristeza, de alegrías, de depresiones. El flamenco conlleva muchísimas cosas, pero siempre ha sido triste; el flamenco de por sí no se puede llamar alegre, es una música de lamento", explica.

La improvisación es la esencia del jazz. ¿Qué lugar hay para la improvisación en tu arte?

Muchísimo. En este espectáculo, con la Cali Big Band, los temas nunca suenan igual. Aunque llevemos el formato del disco, los temas salen con mucho más aire, con otra impronta. Yo puedo cantar más libre, sobre todo en la salsa, que es todo rítmica, muy de tiempos. Y en el flamenco pasa lo mismo.

¿Por qué decidiste meterte con la salsa?

Este proyecto lo teníamos mi esposa, Amparo, que en paz descanse, y yo. A mí me gustaba muchísimo la salsa, pero le tenía muchísimo, muchísimo respeto. Respeto por los grandes como Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Johnny Pacheco, La Fania, ¡tanto genio ahí metido! Y realmente fue una odisea hacer este trabajo en homenaje a Amparo, porque desde hace años nosotros llevábamos escuchando la plena salsa, la salsa de calle, de barrio, como Roberto Roena, Luis Perico Ortiz, Bobby Valentín y todos estos genios de la Fania (el emblemático sello discográfico), que luego Dios me los ha ido poniendo en el camino. Ha sido como un sueño magnífico, como cuando entras a hacer un disco de flamenco y te toca la guitarra Paco de Lucía, por ejemplo.

Ese recorrido fue, de algún modo, antropológico. ¿Cómo sentiste la relación entre las rondas de tambores en el Caribe y las ventas del flamenco?

Me sentí muy hermanado. En Cuba, por ejemplo, estar con los Muñequitos de Matanza era como estar en una casa de gitanos. Una casa igual, las mismas maneras de vivir, con el niño más chico que te coge una percu y te toca, el otro te coge una clave, el otro te canta un guaguancó. Pero en las maneras de vivir, de sentir, de luchar el día a día, esa Cuba me recuerda muchísimo al pueblo gitano. Son muy familiares, muy de verdad, muy religiosos a la hora de ejercer la musicalidad. Era todo muy emotivo, todo el rato, esa emoción por la que me dejé llevar y sentir libre albedrío, siempre feliz con estas cosas, que muy pocas veces suelen pasar.

Su reciente viaje musical incluyó Cali, San Juan, La Habana y Punta Cana, además de Miami y Nueva York
Su reciente viaje musical incluyó Cali, San Juan, La Habana y Punta Cana, además de Miami y Nueva York

El embrujo jazzístico

A principios del nuevo milenio, cuando Fernando Trueba había lanzado el documental Calle 54 (así bautizó luego su sello discográfico), Madrid experimentó una explosión de jazz latino. "Ese fue el periodo más fértil y creativo de la vida de El Cigala. Y yo pude vivirlo", recuerda desde Madrid el periodista y crítico José Gomez Guif, autor de Tribulaciones de un DJ flamenco y conductor del programa Planeta Jondo, de Radio Gladys Palmera. "En ese momento, El Cigala se convierte en la voz cantante de los Piratas del Flamenco, un grupo en el que militan el productor Javier Limón, el guitarrista Niño Josele, los bajistas Javier Colina y Alain Pérez, Piraña en el cajón, al pianista lo recuerdo de espaldas y Jerry González en trompeta y congas. Se hacen fuertes en dos clubes de jazz, El Berlín y el Clamores. Y hay noches memorables en las que te cruzabas con Andrés Calamaro con los ojos brillantitos (de la emoción y, probablemente, de los porros). Hubo alguna noche mala, pero no nos importaba porque las buenas lo compensaban todo. Un día me ofrecen entrevistar a Bebo en Madrid y me cuenta que la noche anterior le han hecho Pirata del flamenco. De ahí surge la grabación de Lágrimas negras. Mi opinión personal es que El Cigala no fue consciente de la inmensa suerte que tuvo con Bebo, porque a todas las cualidades que tenía Bebo hay que añadir que en los años cincuenta fue un maravilloso productor de cantantes como Celeste Mendoza. Bebo sabía cómo hacer lucir a los cantantes".

De alguna manera, en el Café Berlín y el Clamores te reinventaste como cantante. ¿Qué recuerdos tenés de esa época?

En el Clamores se hicieron jam sessions en las que llegábamos un día Andrés Calamaro, otro día Jerry González, otro día Caramelo de Cuba. Ahí empezó a grabar Alain Pérez. Y ahí empezaron a salir todos los del latin y todos los del jazz. Con ellos, cuando terminaban de tocar, empezaba yo a escuchar la música de Dizzy Gillespie, Charlie Parker. Había charlas por la noche de estos grandes genios del jazz, con Jerry González, que es un erudito. Yo siempre tenía fascinación por cualquier grupo que llegase al Clamores, fuesen conocidos o no. Siempre me quedaba ahí, en un rincón, y era como el lugar de encuentro, de bohemia, donde terminábamos los flamencos, los jazzistas y los del latin. A los que nos gustaba la real música, los que nos metíamos en un cuarto al bajar de la tarima a ver qué sucede. Era muchísima magia y entrando en un mundo que yo desconocía, pero era como si llevase toda la vida en ese mundo musical, que me generaba mucha emoción.

¿Qué era lo que más te atraía de esas situaciones?

A mí lo que me atraía era el alma, el alma de tanta verdad y esa bohemia de la noche en que, cuando se toman uno o dos tragos, y son las dos de la mañana, salen a relucir los más grandes de la música. Y eso ocurría en el Café Berlín y en el Clamores; no ocurría en ningún otro lugar. También ocurría en la sala Galileo, que era más de tocatas, pero el sitio por excelencia donde nos veíamos y nos metíamos como en la cueva de Alí Baba era el Clamores, para empezar a descubrir músicas que yo ni por asomo tenía en mi cabeza. También allí llegaba Fernando Trueba, el hermano David Trueba, Santiago Segura. Empezamos a escuchar cosas de Calle 54, cuando entró en su apogeo Tito Puente, que allí hizo su última actuación, en Calle 54, con la Ford Apache de Jerry González. A mí eso me parecía una bestialidad, escuchar a la Ford Apache, era como decir: "¡Dios mío, mi corazón! ¡Qué música más buena y con tanto poder!". He pasado noches tan inolvidables que todas esas noches me han traído al sitio donde estoy al día de hoy.

Hay una frase de Jean-Paul Sartre que dice que el jazz es como las bananas, que hay que consumirlo en el lugar donde se produce. ¿Preferís la música en vivo?

Me gusta la música en vivo. Por ejemplo, el otro día en La Habana, donde presentamos la película Indestructible en el Festival de Cine, acabamos viendo a Alain Pérez y a los Van Van. Fue una lluvia de emoción de ver tanta musicalidad en directo: la música de ellos te hace sentir, llorar, vibrar, te hace sentir esa emoción todo el rato. Soy muchísimo de la música en directo. Las grabaciones las respeto muchísimo porque quedan para toda la vida, pero donde están las actuaciones en directo me parece que es donde está toda la secuencia de la verdad. Y momentos que te salen en directo que nunca te van a salir en un estudio, no por nada, pero porque ahí está la impronta y ahí está la improvisación.

Y está el duende también, ¿no?

El duende, que es tan difícil de describir. No te lo he comentado porque es tan difícil cuando te dicen: "¿Qué es el duende?". El duende, cuando lo buscas, no aparece; cuando no lo buscas, aparece. Es así. Tú puedes cantar en el mayor teatro del mundo con un público abarrotado y con la prestación más gorda del mundo, que tú buscas eso y no llega. Y, sin embargo, luego tú puedes estar en un cuarto encerrado con cuatro o cinco colegas tuyos y empiezan a salir cosas, empiezas a cantar y dices: "¿A mí por qué no me ha salido esto en el escenario?". Pues, porque el duende es así.

Tu último disco se llama Indestructible, y muchos piensan que debido a excesos que cometiste sobre todo en la década del 90. ¿Te sentís un sobreviviente de los excesos?

Sí, creo que sí. Pero también es un tributo a la vida, a los momentos difíciles que ha pasado uno en la vida, a poder alcanzar ese grado de superación. O te vuelves indestructible o la cascas. Te haces indestructible también por amor a los hijos y a los que ya no están. Eso por tener la cabeza fría y cierta estabilidad emocional que, claro, cuando uno es más joven y está lleno de mucha más energía, todo te lo comes. Luego, con el tiempo, te vas haciendo a esa manera de decir: "Coño, yo estoy puesto aquí por algo, porque indestructible te puedes hacer, ¿vale?". Pero que no va a ser eterno. Pero sí hay una secuencia en la vida que me ha hecho ser indestructible, sobre todo con el dolor y con el sufrimiento en la vida.

Alguna vez contaste que a las ventas, al tablado, se va un poco a quitar las penas, al desahogo. Hace dos años, cuando falleció tu esposa, decidiste salir igual a escena en Los Ángeles. ¿El escenario te sirve para exorcizar el dolor?

Totalmente. Me han pasado cosas fortísimas en la vida. Esa ha sido una. Y al año de morir Amparo, estaba cantando en el DF, en México. Estaba en el escenario y me metí un momento para adentro y me dieron la noticia de que acababa de morir mi señora madre, también. Entonces, tú imagínate, tú estar cantando en el escenario, meterte entre bastidores un momento, y ver las caras de tu manager, de amigos, allegados a ti, con unas caras muy serias, y decir :"¿Qué pasa?". Y acaba de morir tu señora madre.

¿Y cómo te enfrentaste a eso?

Imagínate. Imagínate el alma cómo se te queda, y tienes que salir y poner una sonrisa seguir cantando como si no ocurriera nada. Y luego, claro, ya no hay más dolor, y ya no hay cómo sofocar ese dolor. Y terminar de cantar y tener que coger un avión, con doce horas de vuelo de México a Madrid, y despedir a tu madre media hora. Creo que luego sí te puedes hacer indestructible, ¿no? Poca gente sabe eso que te estoy comentando, saben lo de Amparo, pero no que al año y pico me tuve que enfrentar en un escenario en México a la muerte de mi señora madre. Fue no salir de una tragedia tan gorda cuando te encuentras con otra. Demasiados palos en tan poco tiempo. Te lo estoy contando y me está viniendo todo esto a la memoria y me estoy emocionando.

Me gustaría pedirte otra evocación distinta. Por el patio de la infancia de tu casa, donde te criaste, transitaron los grandes del flamenco, amigos de tu padre. ¿Qué recuerdos tenés de Camarón de la Isla?

Yo era muy joven, tendría unos doce años, cuando llegaba mi padre del tablado de Torre Bermeja y del Arco del Cuchilleros. Y yo veía llegar a Camarón y lo veía rubio como las candelas. Ese es el recuerdo que tengo, de ver a ese gitano rubio como las candelas, parecía un alemán con ese pelo dorado, y hablando tan bajito, y así muy menudillo, muy tímido y mi señora madre, se ponían allí en el patio y ella sacaba una ensalada de tomates, una botella de vino, y se ponían allí a cantar y empalmaban un día con otro, sin dormir, y de ahí al tablado, y yo decía: "Madre mía de mi corazón". Yo llegaba con ese balón de fútbol, de jugar de la calle y ya automáticamente en el momento en que yo veía esas reuniones, me paraba en un sitio, me sentaba y na más que me ponía a escuchar. Y mi padre siempre me decía: "Niño, fíjate tú ahí lo que tienes enfrente, si tú quieres cantar, ve cogiendo y ve observando". Esos son los primeros recuerdos que tengo de ver a ese José y a ese Paco, que ya en esa época estaban superavanzados a su tiempo y a su época de música.

Si tuvieras que mencionar algún detalle técnico o musical que aprendiste del cante de Camarón, ¿cuál sería?

Lo rítmico. La rítmica que tenía, el sentido musical. Es que Camarón era tan completo, tenía mucha armonía en la garganta, pero a mí lo que más me sorprendía de él era la capacidad rítmica que tenía a la hora de cantar por soledad, por alegría, por bulería, y con un aire muy añejo, muy antiguo, y al mismo tiempo muy moderno para su tiempo.

El hijo de Camarón acaba de lanzar su primer single o está sacando algunas canciones hip-hop, ¿Lo escuchaste?

Un horror, eso me parece un horror.

¿Por qué?

Porque me parece que está fuera de lugar, que no tiene ningún sentido de nada, y creo que José, desde el Reino de los Cielos, estaría diciendo: ¿esto qué es? Dios mío. Así como te suena. El hijo de José Monje Cruz, Camarón de la Isla, tiene que estar diciendo: "¿Qué hacéis con mi música?". Eso me parece una falta de respeto totalmente a la memoria de José, viniendo encima de la mano del hijo de Camarón, una falta de respeto absoluta. ¿Ok?

A fines de este año cumplís 50. ¿Te representa algo el número?

Le doy muchas gracias a Dios porque me permita estar con los 50 todavía aquí. De vivir y disfrutar muchísimo de la vida, de las cosas buenas, de la música. Las cosas más sencillas y más nobles son siempre las que más apetecen. Tengo ganas de disfrutar muchísimo de la vida y de darle muchas gracias a Dios.

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