Bailar es el verbo que atraviesa Brasil

Silvina Pini
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17 de febrero de 2018  

MARANHAO, BRASIL.- La misión de los funcionarios de turismo era marcarnos los atractivos turísticos "oficiales" de Ceará, Piaui y Maranhão, los tres estados del nordeste de Brasil que no tienen la estrella de otros estados como Bahia o Río de Janeiro. Una semana tardamos en recorrer los mil kilómetros de la Rota das Emoçoes, de Fortaleza a São Luis, en los que atravesamos médanos, playas y ríos en 4x4, buggies, jangadas y lanchas.

Monitoreados por los funcionarios, flotamos río abajo desde Barra Grande hasta los manglares junto al mar. Anchos de satisfacción sonreían al ver nuestras caras cuando el guía pescaba caballitos de mar que se alimentaban en las raíces del mangle y los exhibían en frascos de vidrio para la foto profesional.

Las improvisaciones los descolocaban, como cuando al unísono pedimos parar los buggies en la Lagoa da Torta, donde unos pescadores cargaban redes con ostras. Limpiaban el cuchillo en el short y las abrían de un solo movimiento. Más tarde llegamos al prodigioso delta del Parnaíba, donde vivimos el primer esbozo de revuelta. Las lanchas atracaron junto a islas-médanos de hasta 40 metros de alto y, como chicos, corrimos hasta lo más alto para bajar corriendo y terminar en el agua.

Los bastoneros se inquietaron y quisieron que volviéramos a las lanchas para cumplir con el programa. Nos esperaba remontar el río Preguiças, ya en Maranhão, hasta Barreirinhas, donde pasaríamos la noche previa al punto más alto del viaje: el Parque Nacional de los Lençois Maranhenses.

Llegamos al pueblo con las últimas horas de sol. El plan nocturno era ir a probar la gastronomía local y ver las danzas típicas. En el restaurante no faltaban las jarras de jugos naturales que se ven en todas las casas de Maranhão: graviola, cupuaçu, acerola, açai, murici y otra decena de frutas ignotas para los del sur. Como esas madres italianas, las funcionarias vigilaban que no dejáramos ni una miga de la torta de cangrejo, el tradicional arroz de cuxá, los ensopados de pescado de mar con leche de coco y la carne seca, mientras las bailarinas iban y venían en una danza monótona.

Cuando el show terminó, las dos representantes del estado insistieron en llevarnos al hotel, pero las caipis ya habían levantado barreras y les dijimos que no. El centro se limitaba a una cuadra donde un guitarrista tocaba en la vereda del único bar. Cuando emprendíamos resignados la vuelta, el fotógrafo argentino vio en el agua una plataforma flotante de donde salían luces verdes y rojas. Adentro, grupos de forró subían a tocar a un precario escenario mientras las parejas, con las piernas entrelazadas, bailan con un frenesí y gracia inimitables. Era martes en un pueblo cuya población entera no llenaría ni medio River y bailaban sin que importara el calor, ni la humedad, ni la hora, ni el cansancio. Mis colegas brasileños se unieron en el acto a esa ceremonia tribal de comunión sin palabras, sin fronteras sociales.

Me sentí irremediablemente argentina y supe que esa escena fuera de programa sería el corazón de mi crónica. Bailar es el verbo que atraviesa Brasil en toda su anchura.

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