La Buena Medida, tradicional bodegón de La Boca, corre riesgo de cerrar

El aumento de tarifas y la falta de clientes ponen en jaque a este bar notable, que abrió en 1905
El aumento de tarifas y la falta de clientes ponen en jaque a este bar notable, que abrió en 1905 Crédito: Leandro Vesco
Leandro Vesco
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19 de febrero de 2018  

Como si fuera un faro de alta bohemia, el bar La Buena Medida abre a duras penas todos los mediodías en el barrio de La Boca. A pocos metros de la esquina donde se asienta este boliche, un grupo de muchachos fundaron, en 1905, el club Boca Juniors. Ese mismo año, y casi en el mismo lugar, abrió sus puertas este notable bodegón, que hoy se debate entre continuar o cerrar. "Si las cosas no mejoran este año, vamos a tener que tirar la toalla", afirma con determinación y algo de tristeza Tony Schiavone, el Tony para todos, dueño del bar. "No me preocupan tanto los aumentos de tarifas como la falta de trabajo; la gente ya no viene a comer", describe.

La sensación es de una batalla perdida en La Buena Medida, situado en Suárez y Caboto, frente a la Plaza Solís, donde está la piedra basal del Club Atlético Boca Juniors. "Me duele decirlo, pero el barrio que yo conocí no es este. Antes, cuando había un incendio, todos corríamos a ayudar; ahora, se acercan para robar. En las sudestadas el vecino que vivía arriba hacía lugar para guardar los muebles del que vivía abajo; esa solidaridad se perdió", sostiene Tony.

La Buena Medida, en sus comienzos, era un almacén de ramos generales. La Boca era entonces como un pueblo apéndice de la ciudad. Los inmigrantes llegaban y se establecían en conventillos, que eran fabricados con los restos de los barcos.

Genoveses, rusos y árabes se mezclaban en las calles, donde el español era un idioma extraño. Esa mezcla fundó al barrio y abonó el crecimiento del país. Luego vendría Quinquela Martín y le pondría color a este universo variopinto que encontró un refugio en las cantinas y en los bodegones. "Eran las tres de la mañana y las familias paseaban por el puerto esperando que pasara el Vapor de la Carrera, que cruzaba el río hasta Montevideo", recuerda Tony, mientras su mirada se posa en las calles abandonadas del barrio.

El movimiento del puerto era incesante, había barcos de pesca japoneses que traían centolla desde el sur, su abuelo tenía un puesto de venta de melones frescos, el Ministerio de Obras Públicas estaba en la isla Demarchi y las balsas regresaban repletas al final del día, con gente que antes y después iba al bodegón. "Acá lo típico era que antes de laburar, a las seis de la mañana, te pedían un chop con un sándwich de crudo y queso. Cuando me encuentro con esta realidad, no la puedo creer", se entristece Tony.

Toda esa historia se resume en esta esquina. "El aumento de tarifas es el principal problema. Este bar está dentro de los notables, pero no tengo ningún beneficio. El bar está caído; la cocina, los baños, el salón, necesito que me den una mano porque trabajar así no me gusta", enfatiza Tony.

Un gran pedazo de la identidad boquense se conserva en estas paredes. "Este bodegón no puede cerrar, tendría que tener una oportunidad", ruega su dueño, envuelto en el silencio del salón. En La Buena Medida se pueden comer cazuela de calamares, albóndigas con puré o un churrasco con fritas, platos que comían los inmigrantes y que aquí aún se sirven. "Por suerte quedan clientes fieles, que todavía vienen a tomar el aperitivo", confiesa Tony.

La ley 5213 establece un Régimen de Promoción de Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables, y la ley 35 creó la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables. "Para nosotros, es fundamental que estos lugares se mantengan abiertos, trabajamos para incluirlos en circuitos de recorridas patrimoniales que visitan lugares periféricos de la ciudad", comenta Silvia Rickert, subgerenta de Gestión Patrimonial y Arqueológica. "Tenemos 86 bares notables a los que ayudamos con subsidios y espectáculos -afirma la funcionaria-. Siempre hemos ayudado a La Buena Medida".

La magia del lugar ha atrapado a cineastas. En La Buena Medida se filmó una emblemática escena de Un oso rojo (Adrián Caetano, 2002), en la que Julio Chávez le pide dinero al Turco, el legendario ilusionista René Lavand, que está sentado a una mesa que parece no haberse movido desde entonces.

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