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Berlín 1936: una fachada al mundo

Jeannette Campbell y Roberto Cavanagh, medallistas argentinos en la gran justa alemana, cuentan y rememoran hoy, con 84 años cada uno, sus experiencias en el régimen de Adolfo Hitler, que asistió a la mayoría de las competencias y se preocupó, de la mano de Joseph Goebbels, de mostrar un país democrático, no racista y capaz de ofrecer la mejor infraestructura
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8 de octubre de 2000  

Después de su derrota en la Primera Guerra Mundial, los alemanes habían quedado excluidos de participar en los juegos olímpicos. Eso cambiaría completamente en 1931, cuando el Comité Olímpico Internacional (COI) aceptó que las olimpíadas de 1936 se realizaran en Berlín.

Estos Juegos Olímpicos de Berlín, convertidos por el régimen nazi en una vidriera propagandística, tuvieron, como previo ensayo, las IV Olimpíadas de Invierno, realizadas ese mismo año en Garmisch-Partenkirchen, en los Alpes bávaros.

Todavía faltó, para que Alemania pudiera organizar los juegos, evitar el boicot de delegaciones como la norteamericana, que estuvo a punto de no asistir al torneo por la política racista del Reich.

Finalmente, los XI Juegos Olímpicos de Berlín se inauguraron el 1º de agosto de 1936 en un espléndido día soleado, y fueron clausurados el 16 de ese mismo mes. La jornada de la inauguración, Hitler presidió con su auto el desfile por la Via Triumphalis hasta el estadio central (edificado en el corazón de la ciudad), un inmenso edificio de cemento gris claro construido por el arquitecto Werner March, que había costado 77 millones de marcos.

El día de la inauguración, cerca de 40.000 miembros de las SA, con sus camisas pardas relucientes, cuidaron la seguridad del evento. La orquesta, dirigida por el afamado compositor Richard Strauss y acompañada por un numeroso coro, atacó con los compases de Deutschland ber Alles , además del infaltable himno nazi Horst Wessel Lied , y el mismo Himno Olímpico compuesto por Strauss para la ocasión. Las 110.000 personas que llenaban el estadio vivaron a Hitler cuando éste se ubicó en el palco oficial, muy cerca de Goering. Más de 10.000 palomas se liberaron sobre el cielo de Berlín, mientras que en su discurso inaugural, el caudillo nazi se encargó de remarcar que los juegos se realizaban "en el comienzo de una nueva era".

En los Juegos Olímpicos de Berlín inaugurados ese 1º de agosto, participaron las delegaciones de 52 países. Los Estados Unidos, que estuvieron a punto de no presentarse en el torneo, asistieron con una de las delegaciones más numerosas (444 representantes), mientras que los dueños de casa presentaron 500 deportistas.

Terminadas las olimpíadas, se comprobó que los alemanes habían cosechado una exitosa retribución deportiva, con las 33 medallas de oro ganadas por sus atletas contra las 24 de los norteamericanos.

La propaganda de las supuestas virtudes atléticas de la raza aria, sin embargo, se vio opacada por los espectaculares triunfos de los atletas negros norteamericanos, como Jesse Owens, que obtuvo 4 medallas de oro, manteniendo en vilo al estadio en la prueba de salto en largo, donde superó al alemán Lutz Long. Ninguna propaganda racista pudo explicar, tampoco, el desastroso rendimiento del team germano ante el equipo indio de hockey sobre césped.

Llamó poderosamente la atención la actitud durante los juegos de Hitler (que cuando todavía no estaba en el poder se había burlado de la realización de los mismos), que asistió a la mayoría de las competiciones, mostrándose nervioso como un escolar, hasta el punto de que en determinadas pruebas, ya sin poder resistir la tensión, debió retirarse del estadio, pidiendo luego a sus allegados que le relataran al detalle el desarrollo de los eventos.

La Argentina tuvo, por supuesto, su participación en el torneo, obteniendo algunos destacados triunfos en él. Nuestra delegación partió a Europa en el barco Cap Arcona, llegando a Berlín 25 días antes de la iniciación de los juegos.

Una vez en la Villa Olímpica, nuestros atletas residieron en la casa Essen. Para el festejo del 9 de Julio, incluso participaron en un almuerzo criollo en el que presidió la mesa una inmensa bandera con la cruz gamada.

Los triunfos más resonantes de los deportistas argentinos fueron la brillante campaña del equipo de polo (integrado por Manuel Andrada, Andrés Gazzotti, Roberto Cavanagh y Luis J. Duggan). Este sensacional team obtuvo la medalla de oro tras derrotar a los mexicanos y apabullar a los ingleses en un partido que terminó con el abultado marcador 11 a 0.

Otro destacadísimo logro argentino fue la medalla de oro obtenida por el boxeador Oscar Casanovas (que luego sería entrenador de Víctor Galíndez), tras vencer al sudafricano Charles Catterall en la categoría peso pluma.

Uno de los grandes éxitos alcanzados en ese torneo por los deportistas argentinos fue la medalla de plata ganada por la nadadora Jeannette Campbell, que tras haber vencido a la favorita (la nadadora holandesa Willy den Ouden) cayó a último momento en la final ante la también holandesa Rita Mastenbrock, tras una reñidísima y electrizante carrera.

Una de las indudables figuras de aquellos juegos, tanto por su sólida preparación deportiva como por su fresca y refinada belleza, Jeannette Campell mantiene hoy, a los 84 años, imborrables recuerdos sobre aquel singular y polémico torneo.

"Yo era la única mujer que iba en una delegación de 50 deportistas. Como iba sin chaperona, durante el viaje en el Cap Arcona siempre me colocaron en la mesa de los delegados.

"Durante la travesía practicaba en la pileta del barco, que era muy pequeña. Claro que mi entrenador, Juan Carlos Borrás, ideó un sistema muy especial para ayudarme. En Río de Janeiro consiguió una especie de soga de goma (o cámara de bicicleta) y la enganchaba en los bordes de la piletita. Así que cada vez que nadaba hacia adelante, el invento de Borrás me empujaba nuevamente hacia atrás."

Jeannette Campbell resalta lo útil que fue llegar a Berlín con tanta anticipación, destacando la sincronizada y perfecta organización del torneo. "A mí no me ubicaron con el resto de la delegación (que eran todos varones) y en cambio estuve en una hermosa casita (muy linda e íntima) donde también acomodaron a las atletas australianas y japonesas." La casa estaba ubicada dentro del campo de deportes, donde estaba el estadio, muy cerca de las piletas (en las que la nadadora argentina podía practicar todo el tiempo).

"Allí conocí a una nadadora australiana -agrega-, Pat Norton, con la que compartimos el dormitorio y nos hicimos muy amigas."

Jennette Campbell rememora además, que no todo era deporte en aquellos ya lejanos días del verano de 1936 en la Villa Olímpica de Berlín. "Todas las noches, podíamos ir a un teatro al aire libre ubicado al lado de nuestra casa. Siempre había música allí. Estaba construido como en una colina, y el escenario se veía abajo de esa especie de anfiteatro. Las tardes eran casi siempre templadas y espléndidas."

¡Verboten! ¡Verboten!

Junto a su nueva amiga australiana, la nadadora argentina vivió una anécdota que señalaba el grado de organización (y también de vigilancia) que imperaba en el torneo.

"Nadie podía entrar al estadio principal antes del día de las pruebas. Sólo los turistas con sus guías. -recuerda-. Un día, con Pat Norton intentamos mezclarnos con ellos y entrar coladas. Enseguida aparecieron de algún lado las tropas de asalto que gritaban: "¡Verboten! ¡Verboten!" ("Prohibido") y nos señalaban. Aun cuando nos dimos a conocer, nos identificaron y nos permitieron retirarnos del lugar, todavía siguieron con el "¡Verboten!" Del Berlín de aquellos años, la deportista argentina recuerda que todo le parecía sensacional. Desde el tráfico ordenado hasta la predominante higiene y el trato educado con que se recibió a los deportistas y turistas extranjeros. Durante su estada, no pudo presenciar ningún acto desagradable o violento, y el racismo pareció tomarse vaciones por el tiempo que duró el torneo.

"En esa época -señala-, Hitler estaba en la cima de su poder. Los alemanes parecían adorarlo. Cuando se acercaba al estadio o a la Villa Olímpica, todo el mundo corría, aplaudía y gritaba, y nosotros los copiábamos. Yo no entendía nada de política, por ese entonces."

Al dictador alemán, Jeannette Campbell recuerda haberlo visto en la ceremonia de apertura, junto a Goering y a Goebbels. Este último le entregó personalmente la medalla de plata al día siguiente de la final de los 100 metros libres.

También recuerda haberse encontrado con la cineasta Leni Riefenstahl, que estaba realizando su documental sobre los Juegos Olímpicos. "La vi trabajando con su equipo e intercambiamos algunas palabras. Ella filmaba, pero no nos molestaba ni nos estorbaba para nada."

Jeannette Campbell guarda junto a su medalla de plata, obtenida tras la reñida final donde fue superada por Rita Mastenbrock, algunos laureles de la corona que le dieron ese mismo día (la medalla de plata se la entregó Goebbels, como dijimos, al día siguiente) y otro premio muy especial: un platito redondo con la inscripción olímpica de los círculos entrelazados y una frase que reza: "Por la calidad de vuestra natación y persona, Miss Olimpic, Berlín, 1936". Este último galardón le fue otorgado por los periodistas extranjeros que cubrieron los juegos, y la coquetería natural de esta dama, también hoy hermosa y delicada con sus transparentes ojos claros, lo atesora tanto como sus destacados trofeos deportivos.

Todavía otra emoción fuerte aguardaba a Jeannette Campbell, sin embargo. Suspendida la Olimpíada de Tokio de 1940 por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, vendría su casamiento, en 1941, con otro importante nadador argentino, Roberto Peper, y su retiro de las competiciones. Le tocaría, de todas formas, presidir como abanderada la delegación argentina en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, donde compitió como nadadora su hija, Susana Peper. "Aquello fue sensacional -concluye-. Entrar con la bandera argentina sabiendo que mi hija estaba detrás, en el grupo, fue algo fuera de serie, uno de los mejores recuerdos de mi vida."

Un "boyero" en el Reich

Otro argentino de destacadísima participación en las Olimpíadas de Berlín fue Roberto Cavanagh, único sobreviviente hoy del extraordinario equipo de polo que obtuvo para nuestro país la medalla de oro en Berlín. Cavanagh, que animó innumerables triunfos junto al equipo de Venado Tuerto, y logró alcanzar 10 de handicap, tiene una visión a la vez divertida y penetrante de aquel torneo, ya tan distante en el tiempo. Desde su natural y campechana simpatía, y su altura sorprendente, este notable deportista cautiva con sus recuerdos de aquella competición.

"Yo era el más joven del equipo, por lejos, por eso me decían el boyero. El team de polo -recuerda- viajó separado del resto de la delegación argentina. Llegó a Europa en un carguero que nos dejó en Francia. En Boulogne-sur-Mer, nos llevaron a la casa de San Martín. Allí pedí permiso para sentarme en una silla muy linda que había, y me dijeron que sí. Lo hice y ¡crack!, se rompió. Pobre San Martín, pensé en ese momento."

Cavanagh señala que el equipo de polo permaneció un mes en Francia, luego se entrenó en Bélgica unos veinte días, y finalmente viajó a Berlín apenas una semana antes de la iniciación de los juegos.

Junto a Luis Duggan, Cavanagh se alojó en un importante hotel del centro berlinés. "Luis y yo recorrimos lo que pudimos de Berlín, a Gazzotti y Andrada no les interesaba mucho. Nos dejaban entrar en todos lados, lo único que había que acordarse era del saludito", señala con un guiño complice mientras extiende el brazo al estilo nazi. Por las mañanas, lo despertaba el ruido acompasado y regular del desfile de las tropas de asalto. "En el Berlín de entonces -rememora- todo era propaganda. Como en el hotel. Cuando nos sentábamos a desayunar, venía el mozo y nos lanzaba un sonoro Heil, Hitler con saludo incluido. Nosotros aprendimos que teníamos que imitarlo si queríamos que nos atendiera bien. Todo era muy limpio, muy ordenado, pero totalmente militarizado. Había espías por todas partes. Recuerdo que había señoritas que te llamaban al hotel y te invitaban a salir. Eran del partido y lo hacían para tirarte la lengua. Yo ya las venía venir de entrada. Te llamaban por teléfono a la habitación del hotel, y hablaban algo de inglés y castellano. Si no, se aparecían directamente y buscaban entrar en confianza. Trataban siempre de sacarnos lo que pensábamos del nazismo. En mi caso les decía: Yo no estoy en política. Unas de las que habló conmigo era buena moza, la otra, bastante percherona, nomás. Las dos eran del partido. Todo el mundo era del partido en la Alemania de entonces. Como yo tenía 21 años en aquella época, pude haberme dedicado a la farra, pero me tenían totalmente controlado en el equipo."

Cavanagh recuerda con precisión, la ocasión en que estuvo más cerca de Hitler. "A Hitler lo vi muy bien -cuenta-, estaba ahí cerquita nomás nuestro. Era un día horrible y parecía que se iba a largar a llover en cualquier momento. Lo miré a Luis Duggan y le dije: Che, rajemos de acá que nos vamos a mojar. Justamente entonces, un tipo que estaba al lado nuestro nos interrumpió y nos dijo: No se vayan señores, no va a llover. ¿Cómo que no va a llover? le preguntamos. Está Hitler ahí, fue su única y contundente respuesta. Así de fanáticos eran." La actuación del equipo argentino de polo del cual era integrante Cavanagh fue extraordinaria y concluyó con una inapelable victoria ante los ingleses por 11 a 0. "Después nos contaron -remarca- que algunos alemanes que veían aquel partido comentaron: Qué malos son los argentinos, que no les dejan hacer ni un gol a los ingleses?

"El día que nos dieron la medalla de oro -recuerda-, Hitler estaba presente. Pero nos la entregó su ayudante, ese que renqueaba un poco (Goebbels). Además, nos dieron un roble que trajo el equipo y que todavía está plantado en el Campo Argentino de Polo, detrás de la tribuna "C". A cada uno de nosotros nos dieron también nuestro roble. El mío falleció en el viaje de vuelta, así que saqué una semilla del que está en el estadio y lo sembré en Venado Tuerto. Ahí tengo hoy como 50."

Tanto Jeanette Campbell como Roberto Cavanagh concuerdan en que durante el torneo no presenciaron ningún gesto racista o discriminatorio, y que la organización del mismo fue impecable y los arbitrajes justos. Algunas dudas le quedan, sin embargo, a Cavanagh con el arbitraje en el match de boxeo por la categoría de los peso pesados entre el argentino Guillermo Lovell y el alemán Herber Runge, en el que los periodistas habían dado como ganador al argentino chocando así con la decisión final del árbitro. Al respecto, el polista señala: "Yo no entendía mucho de boxeo, pero esa pelea la vimos, y me pareció que Lovell le dio una paliza al alemán aquel. Nosotros gritábamos, estábamos todos contentos y nos pareció que Lovell hizo una muy buena pelea".

El árbitro, en todo caso, opinó distinto y Runge, tras conocer su decisión, rubricó su triunfo haciendo el saludo nazi con la mano enfundada en su guante de box, una de las más ridículas muestras de propaganda política desplegadas en el torneo.

Más allá de algunas dudas menores, lo cierto es que las olimpíadas de 1936 fueron la excelente vidriera que Hitler y Goebbels habían soñado para su régimen. Por casi dos meses, el racismo, la intolerancia y el odio parecieron tomarse vacaciones en Alemania. Vacaciones que, por desgracia (Europa y el mundo lo comprenderían muy pronto a su costa), no podían durar.

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