Una mecha encendida que se va consumiendo rumbo a la Supercopa entre Boca y River

Macri y Guillermo, una buena relación que nació en Boca, hace 20 años
Macri y Guillermo, una buena relación que nació en Boca, hace 20 años Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
Claudio Mauri
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20 de febrero de 2018  

En el libro "La Final", que evoca el único partido de la historia entre Boca y River en el que se dirimió un título local (torneo Nacional 1976, en el estadio de Racing), el escritor Diego Estévez consigna que el arbitraje de Arturo Andrés Ithurralde "fue impecable". Y también cita un comentario de la revista El Gráfico tras el triunfo 1-0 de Boca: "Un arbitraje impecable que ahuyenta los fantasmas de la violencia y el escándalo". Ithurralde, un juez de mirada severa y muy estricto en la aplicación de las reglas, debió soportar durante toda su carrera que su apellido rimara con uno de los insultos más gruesos que se pueden proferir desde las tribunas. Pero aquella noche, en la que acertó al convalidar el gol de Rubén Suñé en un tiro libre con todo River distraído, Ithurralde se volvió a su casa con la tranquilidad del deber cumplido en un partido histórico.

¿Cuánto daría el árbitro que será designado para la Supercopa Argentina del 14 de marzo, en Mendoza, para no quedar extinguido en medio del fuego cruzado de las sospechas, la paranoia y los discursos oportunistas? El fútbol es una especie de diablo que no pierde oportunidad de meter la cola. Porque varios de los últimos zafarranchos arbitrales que en la Superliga perjudicaron a River y beneficiaron a Boca ahora tendrán una especie de plebiscito al pie de la Cordillera de los Andes, dentro de 22 días. Es un partido que llega con una mochila muy pesada.

Lo primero para lamentar es que el que debería ser el partido más esperado del fútbol argentino es a la vez el más temido, rodeado de fantasmas y suspicacias. En esa avidez de crear copas para seguir las reglas del negocio, esta Supercopa Argentina adquiere una exposición inusitada. Y no se debe a su prestigio o tradición, que no tiene ninguno de los dos, sino a quiénes enfrenta y en qué circunstancias. Tanto Guillermo Barros Schelotto como Marcelo Gallardo admitieron que si no se tratara de Boca y River, este trofeo pasaría de soslayo en medio de la temporada.

El tema es que ahora la mecha no la enciende un Panadero desquiciado como en aquella aciaga noche de la Copa Libertadores. En estas semanas, la rosca da vueltas al impulso del fútbol, la política, el poder y la justicia, representada en árbitros que dejan de ver algunas situaciones y sancionan mal otras.

En primer lugar, es oportuna la aparición pública de Horacio Elizondo, Director Nacional de Arbitraje, para reconocer la ristra de equivocaciones de los jueces durante la última fecha, que exceden a los Jorge Baliño en River-Godoy Cruz. Elizondo no negó lo inocultable, pero también es de su responsabilidad mejorar la calidad y la fiabilidad de sus subordinados, porque si no su gestión no estará a la altura de lo que se espera.

Los errores no forzados no solo son de los árbitros, sino también de la alta política. Cuando los ánimos están muy susceptibles, lo primero que se debe evitar es la provocación innecesario, atizar el fuego.

¿Tiene todo el derecho Claudio Tapia, presidente de la AFA, a ser hincha de Boca y a reconocerse como amigo de Carlos Tevez? Por supuesto, como también es su obligación no aparecer por las redes sociales festejando el cumpleaños de Tevez en la casa del delantero unas horas después de que el árbitro Penel viera un penal en una simulación de Tevez.

¿Tiene derecho Mauricio Macri a seguir cultivando la muy buena relación que construyó con Guillermo Barros Schelotto de su época de presidente de Boca? Por supuesto, como también se supone que la Cada Rosada tiene una agenda más importante que recibir al entrenador de Boca el día después de que en muchas canchas se alucina con que los verdaderos "brotes verdes" y la bienaventuranza del "segundo semestre" le llegan más a Boca que al resto de los argentinos.

¿Hay derecho a que los cánticos insultantes a Macri empiecen a diseminarse como una epidemia por todas las canchas? Por supuesto que no, y en este punto habría que interpelar a los árbitros si en esos casos no deberían interrumpir el partido, como ocurre cuando se escuchan cantos racistas o xenófobos. ¿Acaso el insulto a coro está legitimado?

Más allá de algunos yerros arbitrales, Boca hace méritos para que no le entre ninguna bala en la cancha. No lleva más de 400 días como puntero por decreto.

Que tal equipo señale a un árbitro como victimario puede ser una verdad de hoy, pero una verdad relativa en el tiempo, cuando se encuentra que ese mismo juez se equivocó a su favor hace tres meses, un año o dos. Estos Trucco, Delfino o Herrera que acompañan la buena campaña de Boca son los mismos que eran enjuiciados durante las series de las copas Sudamericana 2014 y Libertadores 2015 por ser demasiados permisivos con el juego brusco de River. Siempre la memoria y los análisis son selectivas. Hay quienes recuerdan a Baliño ignorando dos goles legítimos de Cachete Morales para Tigre frente a River, hace menos de un año.

Ni siquiera el VAR inspira confianza después de la nefasta experiencia que tuvo River con la tecnología en el desquite con Lanús por la Copa Libertadores. Gallardo debe creer que por haber levantado la guardia ahora le pegan en zonas bajas, fuera de reglamento. Boca se hace el ofendido si lo denuncian por ir con el caballo del comisario. O habría que suspender todo hasta el 2030, para cuando el ingeniero británico Ian Pearson vaticinó que los árbitros asistentes podrían ser reemplazados por robots.

Al fútbol argentino siempre le pasa de todo, se llena de preguntas y le cuesta encontrar las respuestas adecuadas. Ni siquiera tiene a Ithurralde, fallecido en junio de 2017, para ir a pedirle un consejo sobre cómo salir con un calificativo "impecable" de una Superfinal.

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