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Los últimos días de Eva Perón

El doctor Abel Canónico cuenta cómo fue la operación que le practicó el norteamericano George Pack.
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23 de julio de 2000  

  • El cirujano, radioterapista y patólogo de Nueva York llegó a Buenos Aires en un operativo programado como un secreto de Estado.
  • Su nombre fue recomendado por el oncólogo argentino.
  • El 6 de noviembre de 1951, cuando despertó de la anestesia en un policlínico de Avellaneda, Eva Perón creía que el médico que la había operado del cáncer de útero era el doctor Ricardo Finochietto. Y ese convencimiento la acompañó hasta la tumba. Nunca nadie se atrevió a decirle a ella, y mucho menos a sus "descamisados", que había sido un norteamericano, el eminente George Pack, del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York, el que en realidad le había practicado esa intervención.

    Pack -cirujano, radioterapista y patólogo- había venido especialmente a Buenos Aires para esa tarea en un operativo programado como un secreto de Estado. Ni una palabra podía trascender, por lo menos durante veinte años. La muerte, en algunos casos, y la ética profesional y el decoro, en otros, prolongaron el silencio por casi cuatro décadas.

    Aunque algunos historiadores (entre ellos el norteamericano Joseph Page, en Perón: una biografía) citan al pasar a Pack en sus obras, reconociéndolo como el verdadero cirujano de esa operación, ninguno reveló los pormenores del plan. La sociedad argentina se enteró cómo había muerto la entonces primera dama de la Argentina el 22 de marzo de 1991, cuando un testigo directo (y quizá hoy el único sobreviviente), el doctor Abel Canónico, rompió de motu proprio aquella palabra empeñada firmando el artículo "Enfermedad y muerte de Eva Perón", en la página 7 de La Nación .

    Hoy, pasado ya medio siglo, este diario publica en forma exclusiva otra pieza inédita del rompecabezas de esta historia: la carta que el mismo Pack le escribió a Canónico cuando se enteró del fallecimiento de una paciente a la que jamás le había visto los ojos, con quien nunca había cruzado ni media palabra, pero que lo había cautivado al extremo, como lo muestra el siguiente párrafo de ese texto (ver recuadro): "Sabrás que aún lamento la pérdida de mi paciente. Creo no haber hecho nunca una operación más completa; era bastante optimista y tenía grandes esperanzas de que ella sobreviviera para realizar la tarea a la que se había consagrado. No conozco a nadie que en tan poco tiempo haya hecho tanto por su país; esto es lo que me duele realmente, por lo mucho que habría significado para ella haber tenido una oportunidad de continuarla indefinidamente. Creo que, históricamente, estará a la par de Juana de Arco".

    Una mujer difícil

    Con sus lúcidos 90 años y frente a la mirada aún enamorada de su esposa Edith (75 años, casada con él hace 53, tres hijos, nueve nietos), Canónico recuerda todo como si fuera ayer. Este eminente oncólogo argentino, presidente por 44 años de la Sociedad Argentina del Cáncer, hasta hace pocos días, evoca muy cálidamente a Pack, de quien fue amigo personal desde comienzos de 1940 hasta su muerte, en 1969, y también a su esposa Helen, con quien aún se escribe y habla por teléfono.

    "Pack no era un desconocido para la Argentina. Si un mes antes de que me pidieran que sugiriera el nombre de un profesional para que tratara a Eva Perón, él había estado asistiendo al Congreso Mundial del Cáncer que organicé yo... El era el invitado de honor y hasta dio una conferencia.Pero no sabíamos nada, entonces, de la enfermedad que ella tenía, aunque ya la padecía y estaba sometida a un tratamiento de radium", recuerda Canónico.

    Pero el rumor de que algo le pasaba estaba en la calle desde hacía tiempo. Una de las pocas veces que ella prestó atención a un síntoma fue el 9 de enero de 1950, con 38 grados de calor a la sombra y mientras inauguraba una nueva sede del sindicato de taxistas. Según revela Page en su libro, la sorprendió un dolor en la ingle, pero lo disimuló y siguió adelante con el programa.Días después, Oscar Ivanisevich, médico y ministro de Educación entonces, la operaba de apendicitis aguda.

    "Ivanisevich contó luego -recuerda hoy Canónico- que cuando le sacó el apéndice tocó algo raro en el útero. Pero nadie se atrevió a aprovechar ese momento para poner un espéculo vaginal y hacer un análisis. Ivanisevich sólo refirió lo que había notado al grupo de médicos que lo rodeaba."

    Cómo puede ser que alguien no se haya "atrevido" a advertir tamaño peligro, cuando de haberlo hecho quizá le habría salvado la vida, se pregunta uno. Y Canónico responde: "Es que Eva no era fácil, era una mujer muy temperamental. Le tenían mucho respeto. No querían que se hiciera nada que ella no hubiera previsto. Lástima que se perdió la oportunidad de haber frenado todo el proceso. Pero, bueno, Eva no estaba predispuesta a hacer controles médicos con la perseverancia de las señoras de hoy".

    Según un artículo publicado en la edición de junio último de la prestigiosa revista científica The Lancet, "La enfermedad y muerte de Eva Perón: cáncer, política y secreto", por aquellos años no había en el país demasiada experiencia en practicar histerectomías radicales. La nota de Barron Lerner, historiador médico de la Universidad de Columbia, no sólo refresca la historia contada por Canónico en La Nación hace nueve años, sino que también la cita como fuente, al tiempo que pone en duda que Eva Perón haya estado enterada de la existencia del hoy popular Papanicolaou como método preventivo.

    "Disiento, disiento -dice el oncólogo argentino-. Acá había muy buenos cirujanos y muy buenos oncólogos, acá se hacía con frecuencia esa operación. Más bien creo que Perón no quería que si le pasaba algo le reprocharan no haber recurrido a los mejores especialistas. Pero ella no se cuidaba la salud y ocultaba muchos de los dolores y los síntomas que padecía."

    -¿Por qué tanta resistencia?

    -No quería saber nada de quitar tiempo a su Fundación para hacerse un chequeo. Se dejó operar porque le dijeron "apendicitis". Sólo por eso. El Pap existía y se usaba en el país, pero con Eva Perón no se podía manejar eso. Lástima que se perdió la oportunidad cuando la operó Ivanisevich. Ese era el momento de actuar. Pero le faltó convicción y, además, ella no quería saber nada. Era como una autodefensa, no sé. Hubo negligencia por parte del paciente y algo de pasividad por parte del ambiente.

    -¿Cómo reaccionaba Perón?

    -El no fue un hombre que dijera: "Bueno, a ver, vamos a poner todo esto en orden y usted se hace un examen y se acabó". El la respetaba mucho y la dejaba hacer. Imagine, además, aquella época, 1950. "Tumor", "cáncer", eran palabras tabú porque parecían una sentencia, una fatalidad, la muerte. Ella no quería saber nada de que le hablaran de un problema que podía estar relacionado con la muerte de la primera esposa de Perón, que padeció la misma enfermedad, detalle que The Lancet incluye así: "Irónicamente, la primera mujer de Juan Domingo Perón (Aurelia Tizón) había muerto de la misma enfermedad".

    Salud de cristal

    El 14 de junio de 1950, Eva pronunció unas palabras que leídas hoy parecen encerrar un oscuro presagio: "Creo que el mejor homenaje que a diario le rindo a Perón es quemar mi vida en aras de la felicidad de esos humildes... El mejor homenaje que yo puedo rendirle al general es tratar de interpretarlo en sus ideales de patriota y de colaborar modestamente, pero fervorosamente hasta la muerte, si fuera necesario, para salvar su causa".

    Aunque se negara a decirlo abiertamente, algo presentía. Los investigadores locales y extranjeros, al igual que Canónico, coinciden en que ya estaba anémica y que las pérdidas la torturaban, aunque también destacan la debilidad característica de su salud. Desde 1946, según relató Raúl Salinas, un funcionario de la comuna porteña, sufría desmayos y quebrantos, pero se resistía a parar. En 1948, el diario Democracia escribía esto: "Su salud deja mucho que desear. Una aguda bronquitis la hace toser constantemente. Pide aspirinas y té. Las ojeras parecen mucho más pronunciadas por su palidez. Tiene frío y debe llevar un abrigo sobre sus espaldas".

    Según Page, en agosto de 1949 Eva le había confesado a un coronel de apellido Clark, agregado militar norteamericano, que en el último año había perdido diez kilos. Ya hacía tiempo que la sometían a transfusiones de sangre cuando una biopsia, realizada a fines de agosto de 1951, dijo la palabra maldita: carcinoma endofítico. La lesión ulcerada que habían descubierto en el cuello del útero, que le provocaba imparables hemorragias era, definitivamente, cáncer. Ya se sabía. Ya lo sabían. Todos menos ella, claro.

    Ni siquiera Raúl Mendé, su amigo y confidente, médico también y ministro de Asuntos Técnicos, fue capaz de decirle que se había encontrado un tumor entre grado II y III, bastante avanzado y extendido. "Con radium inyectable se paró la hemorragia -relata hoy el doctor Canónico-. Pero la presunción de que el tumor podía haberse extendido hacia arriba los hizo pensar que quizá habría que sacar el útero completo. La pregunta siguiente fue quién lo haría. No sólo era muy reservado el ambiente en el que vivía Eva Perón. Su familia, los Duarte, ejercían una permanente presión para que nadie, y mucho menos ella, se enterara de que tenía cáncer."

    Mientras tanto, fuera del círculo íntimo, se levantaban diversos frentes de batalla. La CGT, que presionaba para que ella aceptara la candidatura a la vicepresidencia en los comicios que llevarían a Perón a su segunda magistratura, y que se habían adelantado de febrero de 1952 a noviembre de 1951. Los adeptos peronistas, que imploraban a su caudillo que aceptara la reelección. Los militares, que tenían sus reservas con respecto a la primera dama.

    En esta coyuntura, la influencia de Eva Perón era y fue decisiva. Su ascendente sobre la clase obrera era incalculable y su fuerza de voluntad, pese a la quebrantada salud, indestructible. El slogan era Perón cumple, Evita dignifica. El cabildo de ese 22 de agosto convocado por la CGT amenazó con levantarse si ella no aparecía. Y apareció, demacrada y flaquísima, con el pelo recogido en un rodete sobre la nuca.

    La masa exigía que ella se pronunciara ahí mismo sobre la posibilidad de ser vicepresidenta, pero sólo el 31 de agosto a las ocho y media de la noche, en un breve discurso pregrabado, Eva Perón anunció su irrevocable y definitiva decisión de renunciar al pedido de los trabajadores. Ese fue el famoso día conocido como "del renunciamiento".

    Los rumores de entonces, de todo tipo y color, parecen hoy converger a un solo punto. Ella sabía que estaba enferma, intuía que algo le pasaba, aunque nadie pronunciara la palabra prohibida en su presencia.

    Operativo Pack

    El 24 de septiembre la encontró postrada en la cama. Curiosamente, ese día comenzaba el Primer Congreso Argentino sobre el Cáncer, organizado por el doctor Abel Canónico y al que asistió el eminente George Pack como invitado de honor. Pero no hubo ningún contacto hasta un mes más tarde, cuando por intermendio de Mendé, Perón le pidió a Canónico que le sugiriera un buen oncólogo para que la viera.

    "Con el diagnóstico en la mano, Mendé habló con los Duarte y con Perón, y les explicó la necesidad de operar a Eva -cuenta Canónico-. La familia aceptó con la condición de que jamás se le dijera que la habían operado de cáncer. Perón dijo: ´Bueno, no tengo inconvenientes en que se haga así´. Decidida la operación, empezó el debate sobre quién lo haría. El tema no sólo inquietaba a Perón. La enfermedad de Eva trascendió y las embajadas extranjeras (España y Alemania, por ejemplo) ofrecieron sus mejores médicos para que la trataran. Eso los inquietó más aún. No, dijeron, que no venga nadie. Miren si Eva se encuentra con un médico extranjero y pregunta por qué. Esto los aterrorizó y lo descartaron. Ahí fue cuando Perón dijo: ´Si hay que hacer una cirugía grande, que sea también un gran cirujano quien la atienda´. Me consultaron y yo recomendé a Pack. La consigna era que su nombre no tendría que figurar en ninguna parte, ni frente a ella ni frente a la prensa."

    -¿Qué respondió Perón?

    -Perfecto, que Canónico se comunique directamente con él para ver si acepta venir a operarla a Buenos Aires.

    -¿Quiénes fueron sus interlocutores en todo este proceso? ¿Perón mismo?

    -No, siempre con Mendé de intermediario. Yo no hablaba ni con Eva ni con Perón, todo era a través de Mendé.Yo lo llamé a Pack por teléfono y le expliqué que era muy importante su presencia, pero que no le podía explicar por teléfono ya que era un caso muy singular. "Yo quisiera que usted aceptara", le dije.

    -¿Y entonces?

    -"Bueno, Canónico, yo entiendo que debe ser muy delicado para que usted no pueda darme más datos por teléfono - me dijo-. Venga a buscarme y yo lo voy a ayudar en todo lo que pueda." Así fue el convenio. Enseguida la residencia presidencial, que estaba donde hoy está la Biblioteca Nacional preparó todo y yo viajé en 24, 48 horas. Una vez allá le expliqué a Pack que se trataba de Eva Perón, de un cáncer de cuello uterino, etc., etc. Ahora bien, le dije, usted no podrá figurar frente a la enferma porque no quiere ver a nadie que no sean sus médicos regulares y la familia no quiere que haya ninguna sospecha de que se trata de un cirujano extranjero, aunque sea de alto nivel.

    -¿Por qué? ¿Porque venía de los Estados Unidos?

    -No, por razones psicológicas. Pensaban que si ella sabía que se dedicaba a cáncer podía sospechar. Ni yo mismo podía verla para que no sospechara, ya que sabía que yo era oncólogo. Pack lo entendió y aceptó. No fue a ningún hotel ni habló con nadie. Perón pidió que Pack se alojara conmigo en la residencia de Olivos que, claro, no era lo que es ahora. No estaba en condiciones.

    -¿Cuándo vio por primera vez a Eva Perón el doctor Pack?

    -Inmediatamente, en la residencia donde estaba Eva. Previamente se decidió dormirla con un anestesista.

    -¿Cuál fue el diagnóstico?

    -Despues de examinarla dormida dijo sí, el tumor ya es un grado II, pero la única solución es hacer una gran cirugía, viendo mientras se va operando hasta donde se podrá llegar, que será seguramente un vaciamiento pelviano. Es decir, extirpar todo el sistema ginecológico. Pack aceptó hacer la operación, pero como todavía ella estaba bajo el efecto del radium, sugirió esperar un mes. Mientras tanto -dijo-, la preparan, le dicen dónde la van a internar. Ahí empezó a actuar un hombre de prestigio en ese ambiente, como era el doctor Ricardo Finochietto, que fue quien tuvo la responsabilidad de buscar un lugar para que ella estuviera internada y preparar todo el equipo quirúrgico para que Pack la operara en noviembre.

    -Exactamente, ¿cuándo volvió Pack?

    -Pack volvió a Estados Unidos inmediatamente sin que nadie se enterara del asunto. Fue cuando Finochietto entró al primer plano frente a ella. Empezó a preparar todo para que Pack operara.El 3 de noviembre a la noche, Perón la internó en un hospital de Avellaneda construido por la Fundación Eva Perón.

    -¿De qué le dijeron que la iban a operar?

    -De útero, sin nombrar la palabra cáncer. Era una hemorragia uterina, un pólipo. Nunca se habló de cáncer. No sabemos si en su intimidad ella pudo haberlo percibido. Nunca se dijo ni tampoco lo dijo ella. La palabra que más se usó fue una úlcera de cuello uterino, una úlcera sangrante que había que eliminar. Le avisé a Pack que la paciente ya estaba preparada y él vino y se instaló, otra vez conmigo, en la residencia.

    -¿Por qué usted tenía que estar siempre con él?

    -Fue como una deferencia para con él. Fíjese: no podía hablar con nadie porque era secreto, no podía comunicarse ni con el periodismo ni con la familia ni con nadie por teléfono. Además, hablábamos de temas médicos, de cosas que nos interesaban.

    Un camino sin retorno

    Mientras tanto, el país se conmovía con la campaña previa a las elecciones del 11 de noviembre, donde las mujeres votarían por primera vez en la Argentina. El lema oficial era Que siga Perón; la fórmula opositora, Ricardo Balbín-Arturo Frondizi.

    Pero nada conmovió tanto al pueblo peronista como la noticia de que Evita sería sometida a una operación.

    Antes de internarse, Evita grabó un mensaje que sería transmitido radialmente el viernes 9 de noviembre, 48 horas antes de la votación. "No votar a Perón es, para un argentino, traicionar al país", decía su apenas audible voz.

    En el quirófano del Policlínico Presidente Perón de Avellaneda, Pack entró cuando ella estuvo totalmente dormida y comenzó la operación. Lo que encontró lo obligó a extirpar útero, trompas, ovarios, hasta alcanzar un total vaciamiento pelviano. Luego, extrajo también algún ganglio sospechoso.

    Canónico recuerda que la operación se hizo bien, que ella toleró la anestesia, que cerró bien su herida y que todos quedaron conformes porque se había cumplido con todos los pasos planeados.Terminado esto, quedó Finochietto a cargo de la enferma.

    -¿Qué diagnóstico dio Pack en ese momento?

    -Dijo que le parecía que había conseguido sacar con suerte toda la parte dudosa, aunque reconoció que el tumor estaba en el límite y que era muy difícil hacer un pronóstico a largo plazo porque estaba más extendido de lo que pensaba.

    "Cuando volvimos a Olivos -sigue Canónico-, Pack me dijo: ´Y ahora, ¿qué hacemos?´ Mire, George, le dije, usted sabe que el compromiso es que esto se siga con el grupo de médicos locales... Y ahí vino un poco el aspecto difícil para mí, la parte ética, que no fue fácil. Pero hay que reconocer el espíritu realmente noble de Pack, que primó en todo momento. La familia le agradeció mucho lo hecho, pero le pidió que no figurara en ningún lugar como el cirujano de esta operación y que, en su lugar, figuraría el doctor Finochietto. Frente al ambiente, la familia y a ella misma sería éste quien la operó. Finochietto pidió, entonces, la autorización de Pack. Quiso preguntarle si creía que podía aceptar esto. Pack, un hombre muy noble, dijo: ´Mire, si estamos cuidando la salud de ella... No faltaba más. Lo mío es secundario. Yo los acompañé a ustedes, pero lo que importa es ella El doctor Finochietto es un gran cirujano, es un hombre de bien, no hay ningún inconveniente en que figure él como tratamiento de todo este caso. Yo me quedo hasta mañana o pasado para ver el posoperatorio y me voy y no hablo más del asunto´."

    Aunque Perón no lo fue a ver a Olivos, le mandó decir por Mendé tres cosas: primero, agradecerle muchísimo que aceptara que su nombre no figurara y quede en cambio el del doctor Finochietto; segundo, que mantenga reserva, sobre todo acá y en el extranjero. Que no se hable del cáncer de Eva Perón en ninguna parte. "Cómo no -dijo Pack-, salgo de acá y voy directamente al avión y no hablaré con nadie de este hecho ni acá ni en Estados Unidos.

    Tercero: los honorarios. Según el doctor Canónico, Pack se negó a cobrarlos. "No tienen ningún compromiso conmigo -dijo-. Lo hice por deferencia a un grupo de médicos argentinos por los que tengo gran respeto, pero lo mío termina acá."

    El domingo posterior a la operación, el 11 de noviembre, Eva Perón, como todas las mujeres argentinas mayores de 18 años, votó por primera vez en su vida. Lo hizo desde su cama de hospital, en una mesa que le habilitaron especialmente para la ocasión.

    Aunque fue sometida a un tratamiento de radioterapia de 1000 voltios con la supervisión del doctor Joaquín Carrascosa en su propia residencia de la calle Agüero, a los tres meses hubo una recidiva. Pálida, demacrada, débil, para abril Eva ya era un caso terminal.

    Llega el doctor Ara

    Consultado nuevamente Pack vía telefónica por Canónico, sugirió que se probara con ella una nueva droga que estaban experimentando en los Estados Unidos, -la mostaza nitrogenada-. "Mandó 20 ampollas que yo entregué a Mendé, con todas las indicaciones -relata Canónico-. Finochietto y sus médicos le aplicaron por vía endovenosa lo que luego se llamó quimioterapia antitumoral. Por eso yo digo que Eva fue la primera enferma que usó la quimioterapia en el país."

    Los historiadores e investigadores están de acuerdo en que Eva mejoró, pero por muy poco tiempo.En mayo ya había metástasis en el pulmón y retornaron los dolores en el bajo vientre y la tos seca. Pesaba cada vez menos. "El general la describía como piel y huesos y verde como la espinaca."

    El 17 de abril, con menos de cuarenta kilos, se levantó de la cama para recibir la Orden de las Oméyades, otorgada por el gobierno de Siria. El 1º de Mayo salió al balcón de la Casa Rosada con Perón y su prosa virulenta contrastaba con la fragilidad extrema de su cuerpo: "... yo saldré con los descamisados de la patria, viva o muerta, para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista".

    El 4 de junio, cuando Perón asumió la segunda presidencia, se la vio por última vez. "Ella lo quería acompañar a toda costa -cuenta Canónico-. Para que pudiera hacerlo, se le dio coramina, estimulantes cardiovasculares y se le permitió salir. Lo que la tenía en pie, sin embargo, era una voluntad de acero y una entereza incomparable para enfrentar su mal."

    Parada en un Packard convertible y con muletas debajo del visón para que la sostuvieran, transitó el camino que los llevaba al Congreso para asistir a la tradicional ceremonia de asunción del mandato. La jornada fue extenuante y, presa de horribles dolores, por la noche se recluyó en su cuarto mientras dignatarios y diplomáticos disfrutaban de la gala del Colón.

    Cuando empezó a advertir que la vida se escurría entre sus dedos cada segundo a mayor velocidad, Eva le pidió a Perón que su cuerpo descansara en la cripta de un faraónico monumento, parecido a la tumba de Napoleón, que se planeaba construir en la Plaza de Mayo. Un hecho tan patético como la decisión que tomó Perón -estando ella con vida- de que embalsamaran su cadáver.

    Conservar el cuerpo

    Canónico lo recuerda así: "No sé si por influencia de alguien o qué, le vino a Perón la idea de conservar el cuerpo para que su imagen permaneciera viva en la imaginación de la masa. Una vez más por intermedio de Mendé me consultan sobre un médico que pudiera hacer esto. Y yo recomendé a Pedro Ara, un español que era profesor de anatomía en Córdoba y al que yo le conocía extraordinarios casos de embalsamamiento. Esto se le ocurrió a Perón a último momento, cuando faltaban diez o quince días para que Evita muriera. Ubiqué a Ara, me encontré con él y le expliqué lo que se necesitaba, aunque parecía una consulta extraña. Ara me contestó: ´Entiendo el problema y no tengo inconvenientes, pero sé que siempre estos compromisos con las autoridades dan muchas dificultades a un anatomista. Yo no puedo hacer mi tarea si no me garantizan que respetarán mis normas de trabajo. Yo necesito seguridad, un lugar tranquilo, que no entre nadie... Haré un poco de ruido, pero me tienen que dejar trabajar así. Si va a venir uno y otro y otro porque son amigos del general, no me comprometería´. Perón aceptó y pidió que, llegado el momento, Ara se presentara en la residencia y procediera".

    Fugaz alivio

    Edith, la esposa de Canónico, aporta un dato más cuando recuerda uno de los días previos, cuando Eva entró en coma y todos creían que ya moría. Lo llamaron a Ara, pero sorpresivamente ella recobró el conocimiento en la mañana siguiente. Se sentó en la cama, lo llamó a Mendé y le preguntó: "Júreme que usted ayer no creyó que yo me moría".

    Una semana más tarde, exactamente el 26 de julio de 1952 a las 20.25, exhalaba su ultimo suspiro. Ara trabajó toda la noche para prevenir la descomposición natural del cuerpo. Por la mañana, su peluquero le rearmó el rodete clásico de sus últimos tiempos, le cambiaron el pijama azul por una mortaja blanca y enlazaron entre sus dedos el rosario que le había regalado Pío XII, reemplazaron el esmalte de uñas colorado por otro natural y una bandera argentina se posó en la parte inferior de su cuerpo.

    El cadáver, en un ataúd de cedro con tapa de vidrio hermética, fue venerado hasta el 10 de agosto en una capilla ardiente del Ministerio de Trabajo.

    Había dejado este mundo alguien a quien se le tenía tanto, pero tanto miedo, que nadie se animó a decirle que no era inmortal.

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