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De la lengua y el paladar también

Constanza Bertolini
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22 de febrero de 2018  

La biografía de los argentinos está marcada culturalmente por la forma en que hablamos. Y la historia propia también: si la lengua materna es la del país en que se ha nacido, las palabras y las frases que aprendemos y usamos en el entorno familiar dicen mucho de quiénes somos. Aunque cada casa tendrá su refranero particular, pensaba ayer en esta distinción doméstica mientras leía que la Unesco alzó la voz para defender el plurilingüismo, ya que un tercio de las lenguas que se hablan en el mundo están en peligro.

Me consta que un recién llegado puede sentirse algo desorientado en una reunión en la que se habla de alguien osado como de un "loco del cuarto piso" o te mandan "a vender lupines" no sin antes recomendarte que no pongas "todos los huevos en la misma canasta" y pedir explicaciones porque "cualquier cosa tiene pelos". Amigos, cuñados y parientes políticos que hoy manejan el "dialecto" con naturalidad han pasado primero por momentos de extrañeza.

En este sentido, y con tantos años de experiencia como hablante del propio idioma, a veces me cuesta reconocer qué expresiones son propiedad privada y cuáles de dominio público. Me tranquilizó encontrar una respuesta a esa confusión en el Diccionario fraseológico del habla argentina, de Pedro Luis Barcia y Gabriela Pauer, un volumen de casi 500 páginas que compendia frases y dichos en unos once mil artículos. Releo entonces: "No somos pasivos recipiendarios de una lengua flexible, sólida, rica, matizada y dinámicamente expansiva: somos actores partícipes de la animación y revigorización de esa materia viva. Tomar conciencia de lo diferencial de uno respecto de otros es el primer paso para definir la propia identidad y creatividad", escribían en 2010, tiempos de celebración del Bicentenario y, por lo tanto, de fundamental toma de conciencia lingüística. Explica allí Barcia, expresidente de la Academia de Letras y también autor del Refranero de uso argentino, qué significa "chocolate por la noticia" o "zafar raspando", cuenta la larga historia tras aquello de "irse al humo", anota a Maradona como una de las acepciones de "la mano de Dios" y, por supuesto, incluye "¡yo, argentino!". Es importante que ese diccionario no se haga el oso sobre otras locuciones menos decorosas, de las que hay que hacerse cargo porque son parte de nuestra realidad lingüística (de "cara de bragueta" en adelante...).

La recomendación de estos libros llegó a mí hace unos años a través de una querida colega y coautora con Barcia de El camino en la literatura. Viaje a través de lenguas y culturas. A ella, Laura Ventura, un día el profesor le confesó que con su hija Maricruz construyó, además, un manual de Las muletillas argentinas, esas que usamos excesivamente, cuando iniciamos un diálogo con un "bueno" o encabezamos una respuesta con una negación: "no". "Los políticos utilizan demasiado «a ver» y hay que evitar los finales del tipo «totalmente», porque anula toda posibilidad de continuar con el diálogo". Sería bueno tomar esta sugerencia para abrirse a nuevas conversaciones.

Volviendo al imaginario diccionario doméstico, no hay que ser vanidoso: del español al argentino y del argentino a nuestra pequeña baldosa, es muy posible que muchas de las construcciones que barajamos para expresarnos no tengan nuestro copyright. En mi casa, desde siempre, los argentinismos coquetearon con el tango y el cocoliche se mezcló con una cuota de quién sabe qué (¿será creatividad?) para salpimentar el refranero. Al fin y al cabo, todo empieza en la lengua, pero se siente en el paladar.

"Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", reflexionó Ludwig Wittgenstein, austríaco, filósofo y lingüista. Comprendo perfectamente por qué desde hace unos años con mis hermanos mantenemos viva una larguísima lista de palabras, frases y otras locuciones que tal vez tome forma de algo más. Es nuestra biografía lingüística. Así, haremos que nuestro mundo siga girando.

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