La diplomacia rusa se afirma tras el éxito del desempeño militar ruso en Siria

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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22 de febrero de 2018  • 01:47

Rusia ha vuelto a instalarse en el centro del escenario diplomático internacional. Por sus propios méritos. Y con la vocación necesaria para seguir estando allí, donde se discute el destino del mundo.

Así lo demuestra la reunión sobre la guerra en Siria que acaba de realizarse con el patrocinio ruso en la bonita estación balnearia rusa en Sotchi. Los invitados discutieron las alternativas y caminos para tratar de poner fin al rompecabezas político sirio. Irán y Turquía, también actores principales, estuvieron presentes. Los resultados, no obstante, fueron pobres.

Siria ha sido el escenario donde Rusia intervino militarmente en septiembre de 2015, con éxito, para evitar lo que, de otro modo, hubiera sido el colapso inevitable del régimen autoritario de Bashar al-Assad y el ascenso del islamismo radical. Allí es donde, por primer vez desde 1991, Rusia desplegara -hace ya más de dos años- sus fuerzas armadas para -de ser necesario- combatir en el terreno, relativamente lejos de sus propias fronteras.

Putin, que sueña permanentemente con recuperar la grandeza imperial que Rusia extraviara, sabe bien que ha logrado protagonismo en un mundo en el que, al propio tiempo, los EEUU se están alejando voluntariamente del centro del escenario y dónde China especula con estar ella alguna vez, lo más pronto posible, sola en él. A sus anchas y por derecho propio.

Vladimir Putin siente seguramente que, de pronto, Rusia es el árbitro principal, tanto en la crisis de Siria como en la de Ucrania. Y tiene alguna razón. No es el único país que puede decidir el futuro de ambos problemas. Pero sin el endoso de Rusia, las propuestas que puedan ponerse sobre la mesa no son demasiado viables, ni las alternativas lucen posibles.

Esa es la realidad. A pesar de la nube de densa frialdad que flota nuevamente en la compleja relación entre Rusia y Occidente.

Sólo Emmanuel Macron, el archi-realista actual presidente de Francia, parecería compartir esta visión. Por ello, mientras coquetea activamente con todos, lo hace también con Vladimir Putin, a quien invitara recientemente a Versailles, en medio de una imponente pompa organizada para alagar al gélido líder ruso.

Vladimir Putin está demostrando no sólo ser frío y paciente al tiempo de negociar, sino audaz y veloz cuando, en cambio, debe actuar con decisión.

Mientras Occidente la da de alguna manera la espalda, Putin avanza en Asia. Decididamente. Ha mejorado significativamente sus relaciones con China. Se ha acercado abiertamente a Japón, con quien su país tiene aún discusiones de soberanía no resueltas. También lo ha hecho con Corea del Sur y con Myanmar. Sin dejar, por todo ello, de lado ni a la India, ni a Vietnam.

La diplomacia rusa sigue funcionando eficientemente, de la mano de un canciller eficaz e hiperactivo, como es Sergei Lavrov, un hombre tan talentoso como esforzado, que sabe claramente cómo sobrevivir en ambientes difíciles y en medio de circunstancias delicadas, como es la de la constante intervención cibernética rusa en los procesos electorales de las demás potencias.

Con el precio internacional del petróleo crudo ahora relativamente entonado, Rusia ha recuperado oxígeno financiero. Y, dejando atrás un ambiente recesivo, ha vuelto a crecer aunque sólo a un ritmo del 1,5% anual de su PBI. Nada para celebrar exageradamente, quizás. Pero suficiente para tranquilizar a un país que camina, no sin nervios, hacia sus propias elecciones presidenciales. Que ha gastado algo así como mil doscientos millones de dólares en Siria. Lo que ciertamente no es poco.

Por esto Rusia dedica el 5% de su PBI al gasto militar. Es una hipoteca, pero aparentemente se trata de un esfuerzo sostenible, particularmente si el precio internacional del petróleo crudo y el del gas natural se mantienen cerca de los actuales niveles. Para Rusia, país profundo del que es fácil enamorarse, ése y no otro es el verdadero "maná", que no cae del cielo, sino que surge -abundante- del fondo profundo de sus tierras.

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