Un simple almuerzo en una intimidad espartana

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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25 de febrero de 2018  

Crédito: Kalil Llamazares

Aun simple almuerzo en una intimidad espartanal final todas las cosas en su vida comenzaban de la misma manera, un hilo tan fino que apenas se veía, unas pocas palabras que insinuaban el deseo de hacer; como la suma de centenares de imágenes en sus ojos al caminar por el mercado entre frutos y hortalizas, los trazos iniciales de la lapicera y su página en blanco, los primeros y tenues rayos del sol al despertar sobre la cama o la mano en la espalda desnuda de ella, casi sin tocarla que luego -por el aguardo de tanta pequeñez- otorgaba los más sublimes actos de pasión y amor.

Era un estratega de la paciencia; entero, estoico y tenaz. Recordaba a su abuela, que durante horas y días cosía pequeñísimas puntadas que terminaban siendo un bello paisaje de su oficio sobre los linos blancos; se apilaban sobre su mesa de corte y confección como delicadas promesas o voces calmas y agraciadas de bosques, pastizales y lagunas. Aquel coser infinitamente paciente traía como distinción además de la aprobación de uso de sus favorecidos, una alcancía de paz, un ahorro dado por el silencio de cada hilván. Cada puntada daba lugar a una serenidad que recompensaba con creces su labor. Al hacerlo parecía siempre soñar con un aliento inagotable .

Comenzar es lo más bello de la vida. Es la voz que da contenido a nuestros pasos.

Y podemos comenzar con la exacta medida y conocimiento del cómo y cuándo, o hacerlo con la duda de la primera vez, sabiendo que los pasos traerán heridas.

El poeta Langston Hughes escribió: "La vida para mí no ha sido una escalera de cristal, ha tenido tachuelas y astillas, y tableros rotos y lugares sin alfombra en el piso -desnudo-".

Creía que abordar los hechos con un grito o con el apuro del apuro traía resultas vacuas. Eran mejores y más acaudalados los gestos pequeños, los monosílabos y la espera -que espera a la espera-, como si nunca se esperara.

Ese día había decidido festejar solo en una intimidad espartana, con un simple almuerzo a la sombra de un viejo árbol los gestos y rasgos de todas las personas y hechos que forjaron su permanente ánimo y convicción -la enseñanza del tiempo al tiempo-. Una foto de su abuela que semanas atrás había encontrado dentro de un libro y que había pinchado con una chinche en la biblioteca lo habían hecho darse cuenta que, desde niño, la imagen de ella, en su hacer de costura y esperanza, había sido un hilo conductor de muchos de los pasos que habían regido su propio destino; la obstinación y aseveración de aquellos hilos y agujas le habían dejado una profunda impronta.

Paciencia. Es con ella que nace la más imponente dignidad de un vino, ya que el sueño de una mujer o un hombre comienza a reflejarse en cientos de pequeñas decisiones; la elección de la parcela, el implante de la vid, su cuidado por años hasta que los frutos comienzan a tener tenor para la vinificación. Año a año, una promesa es contenida dentro de una botella y solo en la extensión de la espera, a veces por décadas hasta que alguien sea premiado al beberlo. Al bajar a la bodega con una luz muy tenue camino entre las botellas con duda. Cada estante y botella le hablaban de algo y de alguien.

Finalmente recaló en una que había producido Bernardo en el año 1977; quedaban pocas, pero el día merecía su descorche. Lo dejó a la fresca mientras disponía la mesa. Un mantel de lino blanco, la ensaladera con el repollo colorado y la carne fría muy roja cortada en tajadas finas, asada al domo el día anterior. La mostaza fuerte, pimienta negra recién tostada molida en mortero y sal de mar.

Una finísima copa de Zalto albergaría el glorioso malbec. Bernardo, con su inagotable sonrisa, parecía acompañarlo.

La silla se convirtió en reposera y la brisa trajo una siesta de gratas paciencias y recuerdos.

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