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Los 91 años de Mirtha Legrand, entre el éxito y la soledad

La diva tiene muchos motivos para celebrar: en este 2018, su programa cumple medio siglo al aire
La diva tiene muchos motivos para celebrar: en este 2018, su programa cumple medio siglo al aire Fuente: Archivo
Pablo Mascareño
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23 de febrero de 2018  • 00:30

"Deseo continuar con tan buena salud, lúcida y rodeada de mis seres queridos. Mi familia me ama y yo los adoro. Y, desde ya, deseo seguir contando con el apoyo del público, algo que no deja de sorprenderme después de tantos años", decía Mirtha Legrand a LA NACIÓN hace exactamente un año atrás, al celebrar su cumpleaños número 90.

Pasaron doce meses. Estados Unidos y Corea del Norte continúan con las amenazas que ponen en vilo al planeta; el Papa Francisco sigue recorriendo el mundo con sus giras internacionales sin pisar la Argentina para acercar su voz pastoral; David Letterman hace lo que mejor sabe hacer, que es timonear su show de entrevistas a ilustres, ahora desde la plataforma de Netflix; la Selección de fútbol clasificó para el próximo Mundial en medio de palpitaciones colectivas ante la posibilidad de la eliminación; y Mauricio Macri inició la segunda etapa de su gobierno. Con todo, nada mutó demasiado de un verano para el otro.

Ella, la "señora" , tampoco alteró su rutina. Sigue al frente de sus programas de fin de semana, casi siempre liderando el rating. Una cuestión no atípica salvo por algunas cifras que estremecen: la Legrand hoy cumple 91 años y sus almuerzos televisivos celebrarán, el próximo 3 de junio, cinco décadas en el aire. Ella luce espléndida. Milagro de la naturaleza. Designio de Dios. Y su ciclo, consecuencia de la lucidez de su anfitriona, marca agenda. No es común. Ni lo uno ni lo otro. El pasado domingo concluyó su temporada de verano en Mar del Plata, y ya se apresta para el regreso que podría suceder el sábado 17 de marzo por la pantalla de ElTrece.

"Yo me he ido aggiornando con el tiempo. Estoy actualizada, no me he quedado. ¡Quiero saber todo! Soy moderna, no soy antigua. Ser antiguo es lo peor que te puede suceder cuando pasan los años, cuando no vas evolucionando. Yo he evolucionado en muchos aspectos y el público lo agradece. Esto tiene que ver con los cambios en mi modo de pensar. He tenido una apertura en mi mente, en mi cerebro. A mi edad te ponés más sensible, más observadora y más complaciente también".

La dama de la televisión, Mirtha Legrand, cumple 91 años

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Soñar no cuesta nada

Mirtha Legrand este año cumplirá 50 años en pantalla, todo un hito para la televisión local
Mirtha Legrand este año cumplirá 50 años en pantalla, todo un hito para la televisión local Fuente: Archivo

Desde el atardecer de ayer, el personal de seguridad del edificio de Avenida del Libertador recibe arreglos florales y presentes de todo tipo. En el cuarto piso que balconea hacia la plaza Alemania y es sacudido por el rugido de las turbinas que emergen del cercano Aeroparque, Mirtha Legrand le deja el cetro a Rosa María Juana Martínez Suárez de Tinayre. Anoche, la gran diva se permitió cederle su lugar a la mujer más real, acaso a modo de balance de una vida única. Sentada en su escritorio Luis XV, rodeada por las imágenes de sus seres más queridos, Rosa María repasó sus más de 33.000 días de existencia. Sonrió y lloró. Acarició el retrato de sus padres y la foto sepia que la muestra con sus hermanos en la coqueta Belle Epoque de la rambla marplatense; besó la de su marido Daniel Tinayre acodado en una cámara y la de su hija Marcela rodeada de sus nietos y bisnietos. Finalmente, apretó sobre su pecho el retrato de su hijo Daniel, esa ausencia que no se puede definir en palabras por lo innatural. Rezó ante esas ausencias presentes fiel a su condición de "católica practicante", como se define siempre. Cuando abandonó el escritorio enmarcado por una biblioteca blanca con libros antiguos que son verdaderos objetos de diseño, ella misma se encargó de oscurecer el fastuoso piso, rutina antes encargada a su esposo de toda la vida. Se recostó en su suite que mira hacia la calle lateral. Antes, se cepilló el cabello y se perfumó "para mí misma". Se preparaba para cumplir 91 años y transitar a sus 92. Anoche, se repitió a sí misma ese latiguillo que le duele hondo desde la desaparición del padre de sus hijos: "Chiquita, esto es la soledad".

"Soy una mujer muy positiva. Pero, a veces, añoro... Ya no tengo referentes. No tengo a quien preguntarle: ¿te acordás cuando fuimos al Festival de Venecia o al de Berlín? ¿O cuándo conocimos a fulano o a mengano? No lo tengo a Daniel, con quien hablábamos de nuestra profesión. Lo extraño... Con él conversábamos sobre la vida artística. Pero, por otra parte, estoy muy bien rodeada porque tengo a mi familia y a mis amigos. Aunque, a veces, me siento un poco sola. Pero me sobrepongo".

En las madrugadas de poco sueño y mucho insomnio, Rosa María Juana Martínez Suárez siempre deja la radio encendida y con ese susurro sueña despierta. Imaginando volver el tiempo atrás para caminar las calles de su pueblo natal junto a sus hermanos y luciendo siempre el moño más largo, pedido expreso que le hacía a su niñera. Anticipo de una vida de seducción.

Mirtha es una estrella indiscutible del espectáculo argentino que protagonizó 36 películas, "soy un producto cinematográfico" se ufanará una y otra vez; encabezó 11 obras de teatro; algunos pocos ciclos de ficción televisiva; y lleva cinco décadas al frente de su programa de entrevistas. Cosechó premios y distinciones de todo tipo y color. Y se mantiene en la cima de una industria que descarta rápido, pero que con ella no pudo. Hoy se cumplen 91 años de su nacimiento. La Legrand, marca registrada. A esta altura, un fenómeno pródigo de la naturaleza humana.

La de los ojos color del tiempo

José Martínez Suárez bromeó sobre la edad de su hermana, Mirtha Legrand

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1927. La Argentina estaba gobernada por Marcelo T. de Alvear; la avenida Corrientes aún era angosta; el Conde de Amalfi, en nombre del Rey Alfonso Xlll, donaba el Monumento a La Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas, conocido popularmente como Monumento de los Españoles; y Regina Pacini de Alvear iniciaba las gestiones que impulsarían la creación de la Casa del Teatro en un solar de una avenida Santa Fe parisina y elegante.

En aquellos tiempos, Villa Cañás era un pequeño pueblo fundado tan solo 24 años atrás. El matrimonio conformado por José Martínez y Juana Suárez alquilaba dos habitaciones, pared de por medio con el cine Dante. Allí vivían con su pequeño hijo Josecito, hasta que el 23 de febrero de 1927 nacieron las gemelas Rosa María Juana y María Aurelia. Al poco tiempo, la familia se mudó a la vereda de enfrente. General López 576. Una pequeña puerta conducía a la vivienda que se encontraba en los fondos del terreno. Adelante, el local de ramos generales de José. Aún hoy, se pueden descifrar en el umbral de mármol que prologa al piso damero del negocio los puntos que conformaban la inscripción: "Casa J. Martínez".

Solo en un puñado de ocasiones Mirtha volvió a Villa Cañás. El pueblo que al mencionarlo, la lleva a ponerse de pie. Villa Cañás ya es ciudad. Y los 350 kilómetros que la separan de Buenos Aires ya no son tan lejanos como en aquellos tiempos de caminos de tierra que los Martínez Suárez desandaban para llegar a la Capital para visitar familiares y ver espectáculos de zarzuela en el Teatro Avenida, quizás el germen, de la futura vida estelar de las hermanas. Ese teatro porteño y el cine Dante del pueblo, acaso fueron los responsables de estimular, sobre todo en Rosa María, una vida dedicada al espectáculo.

Josecito se convirtió en director de cine y en uno de los teóricos más destacados del séptimo arte, actualmente es el presidente del Festival Internacional de Mar del Plata. María Aurelia, Goldie o Goldy para su familia, porque de pequeña era más robusta que su hermana, fue actriz bajo el nombre de Silvia, pero de joven se retiró para transitar una vida sobria, familiar y de extremo bajo perfil. Rosa María debutó en las lides del espectáculo junto a su hermana bajo el nombre de Rosita Luque que rápidamente trocó en Mirtha. Para sus padres, en contraposición al físico de su gemela, se transformó en Chiquita. A diferencia de sus consanguíneos, lo suyo no fue el pasar inadvertida. Los tres cortados por la misma tijera: la del amor por el arte. Los tres con ojos celestes que se irradian en sus interlocutores. Los famosos ojos color del cielo, o del tiempo, que define la mirada de los Martínez Suárez.

"No hay diferencia entre Rosa María y Mirtha. Son la misma persona. Solo que yo me siento Mirtha Legrand. Actúo como Mirtha Legrand, pero a mí, la que más me gusta es la Chiquita Martínez, aún más que Rosa María".

Mirtha Legrand recuerda su paso por el cine

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Buscando una mejor educación para sus hijos, el padre comerciante y la madre maestra decidieron mudarse a Rosario. Allí los hijos estudiarían en colegios religiosos hasta que, finalmente, el barrio de La Paternal los cobijaría en el arribo a la gran ciudad de Buenos Aires. Fueron años duros. De mucho sacrificio. Doña Juana había enviudado prematuramente y era la responsable de criar a sus hijos con no poco esfuerzo. Aún así, no dejó jamás de estimularlos en su afición por el cine y la literatura. Ya no recorrerían con asiduidad la Ruta 8. Ni atravesarían Arrecifes, Pergamino, o Hughes reconociendo mojones y árboles que les indicaban la cercanía con Cañás.

"Con mis hermanos nos reunimos periódicamente. Hablamos de nuestra familia, de nuestros padres, de nuestro lugar, y una vez por mes, con mi hermana, nos juntamos para almorzar con las chicas de Villa Cañás, todas mujeres grandes, naturalmente. Nuestros padres eran amigos y nosotras continuamos el vínculo. Es una forma de no perder las raíces".

Su madre alentó la vocación por la actuación de las gemelas Legrand. Las hizo estudiar desde piano hasta declamación y las acompañó a algunas audiciones de cine. Así fue como debutaron como extras junto a Niní Marshall en Hay que educar a Niní. Pero el gran espaldarazo para Mirtha sucedió al año siguiente, en 1941, cuando protagonizó, con tan solo 14 años, el recordado suceso de Los martes orquídeas junto a Juan Carlos Thorry y Enrique Serrano. Gracias a los engaños de la ficción cinematográfica, componía a una chica algo más grande. Ya había adoptado el nombre que se convertiría en un sello auténtico.

Para participar de la premier de Los martes orquídeas, llegó en tranvía al cine Broadway junto a su madre y hermanos desde la remota barriada porteña. La gente la empujaba y los fotógrafos le pedían que se corriera para dar lugar a los famosos. El "salí nena" se convirtió en "señorita, por favor una foto". Se retiró de la sala de más de mil localidades en un Cadillac que nunca supo de quién era. Entró al cine de la calle Corrientes siendo una anónima. Una hora y media después, abandonó el Broadway convertida en una estrella de la Lumiton.

La vendedora de fantasías

El año pasado, Mirtha se convirtió en la primera ganadora de un Martín Fierro de Brillantes
El año pasado, Mirtha se convirtió en la primera ganadora de un Martín Fierro de Brillantes Fuente: Archivo

"La lucha es muy grande. Luchas contra el paso del tiempo, luchas por el favor del público, luchas con gente que no te quiere y te ataca". Mirtha dedicó su vida al público. A esta altura ya resuena risueño su famoso "les he dado mi vida". Pero algo de eso hay. Hay mucho de eso. Alguna vez sus hijos le han reprochado su ausencia cuando regresaban del colegio y tenían que merendar con las empleadas. Esa es una factura pesada y costosa para ella: "Más de una vez les expliqué que gracias al intenso trabajo que desarrollamos con Daniel, ellos podían llevar una vida confortable". Sin embargo, es este aspecto uno de los pocos que se reprocha, sobre todo luego de la muerte de su hijo.

Aunque se involucró en más de un papel dramático como en el film La patota, donde debió protagonizar escenas de alto voltaje, en general su cine fue naif, de teléfonos blancos. Un fiel exponente de toda una generación. Y de una industria pujante que estrenaba cientos de títulos por año y opacaba, incluso, a más de una producción foránea. Mirtha es de esa estirpe. Trabajó con todos los grandes de su época y fue estrella prácticamente desde su debut.

Hizo mucho menos teatro, aunque piezas como 40 quilates, El proceso de Mary Duggan, Tovarich o Potiche, le permitieron transitar la escena con muy buena repercusión. De todos modos, luego de su etapa gloriosa en el cine, la televisión la conquistó, entablando con ella un amor de décadas. Y generando una fidelidad única en su público. Cuando comenzó en Canal 9 con su ciclo de almuerzos, ideado bajo el mote de Almorzando con las estrellas por Alejandro Romay, Mirtha se despidió de la actriz de fantasías. De esa vendedora de ficciones rosas para comenzar una carrera de entrevistadora que la iría convirtiendo en una de las interlocutoras más audaces de la pantalla. Experiencia y años de vida la transformaron en una comunicadora que está más allá de todo y que por eso no teme en preguntar lo que se le da la gana para regocijo de su audiencia que busca eso en las noches sabatinas y en los almuerzos dominicales. Ella, y los televidentes, disfrutan cuando algún invitado se atraganta ante una consulta fatal.

Bajo un mismo rostro

A lo largo de su carrera televisiva, Legrand popularizó e hizo propias frases, gestos y tics
A lo largo de su carrera televisiva, Legrand popularizó e hizo propias frases, gestos y tics Fuente: Archivo

"Me cuido mucho. Me gusta estar bien arreglada, lo más bonita posible. Soy coqueta. Siempre lo fui. Estar bien es un trabajo arduo: hay que probarse ropa, comer menos de lo que a una le gustaría, pero no me quejo".

Mirtha es una. Y es varias. Es Rosa María. Es Chiquita. Es la de Villa Cañás. Y es la mujer que se hizo un lugar en la burguesía argentina de salones de la avenida Alvear. Se construyó a sí misma. Como quien monta una empresa. Ella es su propia factoría. Su producto más acabado. Sabe cómo venderse. Conoce como nadie qué busca su clientela. Le sobra inteligencia para trascender en el tiempo.

Curiosamente, nueve décadas y un año después de su nacimiento, aún hay rastros de la niña de Villa Cañás. Quedan en pie los mismos sueños. Los anhelos. La necesidad de la fama como una pócima vital. A diferencia de muchos que esconden esas aspiraciones, ella jamás renegó de eso. Más de una vez confesó: "Me gusta ser popular, siempre quise serlo. Cuando viajo al exterior extraño que me saluden. Si voy a una tienda me dan ganas de explicarle a la vendedora lo famosa que soy en mi país". Será por eso que lucía el moño más grande que su hermana y que relegó buena parte de su vida íntima para misionar en el star system. No podría ser otra cosa. Nació para eso.

Cumbre de divas: Mirtha y Susana, en una de las tantas mesas compartidas
Cumbre de divas: Mirtha y Susana, en una de las tantas mesas compartidas Fuente: Archivo

"El gran secreto es ocuparse y aggiornarse, estar siempre al día. Yo no tengo necesidad de trabajar, pero me gusta estar en contacto con el público. Me hace bien mental y físicamente, tengo pasión por lo que hago". Sobre eso, no hay ninguna duda.

Hoy cumple 91. Lo festejará, obviamente, con su gemela, con su hermano José, con su hija Marcela, algunos familiares y con un grupo íntimo de amigos. Ahí estará Mirtha. Pero, cuando ya sea sábado 24, Rosa María Juana mirará, una vez más, las fotos de sus seres entrañables, apagará las luces, rezará, y comprobará que, a pesar de ser una de las figuras más famosas del país, y haberse coronado como la reina madre de la televisión, los 91 la volverán a encontrar sola en su inmenso piso de Palermo. Poco antes de que amanezca y el sueño la invada se repetirá a sí misma como una letanía que la acuna: "Chiquita, esto es la soledad".

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