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MGMT se reconcilia con las canciones pop

A fines de 2006 Andrew Vanwyngarden y Ben Goldwasser andaban de gira por los Estados Unidos con Of Montreal, una banda de Athens, Georgia, que en aquel momento tenía diez años de trayectoria y hoy sigue en actividad. Recién empezaban y sus shows consistían en un puñado de temas cantados sobre sencillas bases pregrabadas. Con eso alcanzó para que Columbia les ofreciera, sorpresivamente, un contrato discográfico, señal inequívoca de que la industria andaba con una imperiosa necesidad de cazar talentos.
Alejandro Lingenti
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23 de febrero de 2018  

Un año después aparecía Oracular Spectacular (2007), un debut que la prensa especializada se encargó de empujar lo suficiente como para que no pasara inadvertido: MGMT fue parte del line up de festivales importantes (Glastonbury, Roskilde, Coachella, Lollapalooza), tocó en el programa de David Letterman y sonó a más no poder en las radios de todo el mundo, sobre todo en las de los Estados Unidos e Inglaterra.

El paso del tiempo pone todo en su lugar: con más perspectiva, está claro que ese disco, producido por el reputado Dave Fridmann (Weezer, The Flaming Lips) era, básicamente, sus tres cortes -Time To Pretend, Kids, Electric Feel- y no mucho más. Pero eso alcanzó para que giraran por todo el mundo y recién grabaran su sucesor, Congratulations, en 2010. Con producción de Peterg Kember, parte de Spacemen 3 y más conocido como Sonic Boom, se animaron entonces a armar un repertorio más arriesgado y de combustión lenta que revisitaba los universos psicodélicos de Syd Barret y Brian Wilson y, al mismo tiempo, le guiñaba un ojo a Brian Eno.

Cuando todos esperaban que esa evolución continuara, llegó MGMT, un álbum errático y recibido con frialdad que recuperó a Fridmann como productor y alejó a una buena cantidad de fans. Hoy ellos mismos lo desacreditan: "Es un disco caótico, ansioso y claustrofóbico, lejano a la seducción pop inmediata de los dos primeros", declaró hace poco VanWyngarden.

Little Dark Age mantiene a Fridmann cerca de la consola y retoma el temperamento general del primer disco, con la ventaja de que MGMT tiene ahora más recorrido y recursos para explotar mejor sus ideas. En lugar de mirarse el ombligo como lo hizo en su producción inmediatamente anterior, el dúo vuelve a apostar a una música lúdica y expansiva que busca más complicidad que el desconcierto. Es probable que la movida redunde en una reconciliación con los charts y les devuelva la atención de sus seguidores menos obsecuentes. MGMT ha tenido siempre una singular sagacidad para filtrar visiones oscuras detrás de un telón de colores flúo. Y en Little Dark Age esa capacidad luce regenerada: tiene menos dosis de ácido y más acidez (por causticidad), con dardos apuntados a los fatigados mandatos de la vida contemporánea más cargados de humor que de veneno. El catálogo de referencias luce amplificado: el tema que le da nombre al disco es un hit que Gary Numan hubiera deseado firmar con sangre, en "When You Die", suenan como el mejor Metronomy, aunque ligeramante deformes por el aporte distintivo del talento freakie de Ariel Pink y de Connan Mockasin. "One Thing Left To Try" tiene el espíritu épico de los himnos bailables de New Order y "Me and Michael" invita a los Pet Shop Boys a la fiesta.

Suena conservador celebrar que MGMT haya abandondado por un rato la idea de la experimentación, pero lo cierto es que no todas las bandas necesitan la misma receta. Cuando se volvieron más extravagantes, fracasaron. Little Dark Age es de algún modo un regreso a un camino menos pedregoso y más conocido. No tiene bombazos que provoquen el impacto de aquella tríada de hitazos de su debut, pero sí el equilibrio, la sobriedad y la capacidad de generar empatía que son capitales para un buen artefacto pop.

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