La conversación pública se empobrece en redes sociales sin filtro

La revolución digital amplía las fronteras del conocimiento, pero también pone en riesgo la calidad de nuestra comunicación
23 de febrero de 2018  

Las redes sociales nos han convertido en sujetos hipercomunicados. ¿Eso ha mejorado o empeorado nuestra comunicación? Quizá debamos asumir que a través de Twitter, de Facebook y del WhatsApp protagonizamos una conversación empobrecida y chabacana. El debate público se ha vuelto más tosco y simplón a través de las redes. Nuestra interacción cotidiana acaso sea más grosera y pueril, contaminada de obviedades y saturada de prejuicios. Se ha acentuado una especie de comunicación "sin filtro" y sin inhibiciones (que aunque tengan mala prensa suelen ser barreras eficaces para no derrapar en el primer impulso). Las redes han matado el silencio y quizás hayan herido de muerte a la reflexión serena. Como toda generalización, esta puede ser objetada con sólidos argumentos. Sería injusto, además, no reconocer las virtudes y ventajas de una tecnología que ha achicado distancias y ha demostrado una extraordinaria capacidad para potenciar reacciones sociales muy sanas y positivas. Pero vale la pena revisar hasta qué punto las redes -y la tecnología en general- han devaluado nuestra conversación pública y privada.

Si empezamos por la palabra escrita, es bastante obvio que los 500 caracteres y la brevedad del WhatsApp han consagrado un estilo en el que lo conciso se confunde con la deformación del lenguaje. Hemos involucionado hacia la comunicación con emoticones, una suerte de lenguaje primitivo en el que los signos reemplazan a la construcción sintáctica. Hemos llegado aún más lejos: ahora el WhatsApp escribe por nosotros; se adelanta a lo que supuestamente queremos decir. Interpreta nuestras intenciones (la mayoría de las veces, mal) y nos ahorra el esfuerzo de escribir; hasta casi nos alivia la carga de pensar qué queremos decir. En nombre de una tecnología cada vez más "intuitiva", los teléfonos supuestamente inteligentes empobrecen nuestra comunicación, desnaturalizan nuestro estilo para decir las cosas y nos arrastran a una uniformidad comunicacional en la que mucho queda reducido a un lenguaje ramplón y esquemático.

Es asombroso, pero cuanto más avanza la tecnología, más parecen achicarse la creatividad y el margen de razonamiento humano. Los algoritmos son la más acabada demostración de este peligro. Se meten en nosotros para interpretar qué queremos, qué nos interesa, qué necesitamos. Y así, en lugar de que Internet se afiance como un universo que ensancha nuestros límites y posibilidades, se transforma en un mundo que se "achica" a la medida de lo que, supuestamente, a nosotros nos interesa. Si nuestra computadora detecta que buscamos noticias sobre deportes, empezará a bombardearnos con novedades, sugerencias y propuestas de deportes. Dejará de sugerirnos u orientarnos hacia temas de arte, de política o de historia. Los algoritmos nos encasillan y estrechan nuestro horizonte en lugar de ampliarlo con las inmensas posibilidades de Internet.

Sería necio poner en duda las ventajas y posibilidades que aporta la tecnología 2.0. Como sería absurdo, también, afirmar que las redes sociales son, en sí mismas, nocivas. Pero tampoco es bueno ignorar los peligros y deformaciones que ha traído su genial incorporación a nuestra vida cotidiana. Es tan fácil y tan tentador comunicar nuestras opiniones y pareceres que hemos dejado muchas veces de hacerlo con mesura y con cuidado.

La de las redes se ha convertido en una comunicación sin árbitros ni mediadores. Y, lejos de enriquecerla, esa ausencia muchas veces la convierte en una comunicación anárquica, irresponsable y degradada. Basta reparar en algunos ejemplos de los últimos tiempos: la circulación masiva de una imagen del cuerpo de Santiago Maldonado ¿no mostró una comunicación sin filtro ni límites éticos? El "escrache" a la "cheta de Nordelta", con la viralización de un audio privado cargado de prejuicios, ¿no fue -más allá de lo chocante que nos resultara el personaje- una invasión de la intimidad y una especie de linchamiento a través de las redes? Los grupos de WhatsApp de los padres del colegio ¿mejoran o enturbian la relación con maestros? ¿Aclaran o confunden? ¿Articulan el diálogo o alimentan el malentendido?

En las cuestiones sensibles de la agenda pública, los hashtags o etiquetas de las redes ¿simplifican o distorsionan el debate? ¿Facilitan el entendimiento y la comprensión o distorsionan las discusiones con eslóganes, medias verdades y versiones sesgadas?

Las redes sociales han roto los reglamentos del debate institucional. Se ve en las legislaturas o concejos deliberantes, donde ahora se desarrollan por Twitter "sesiones paralelas". Allí no hay que pedir la palabra ni esperar a que la autoridad parlamentaria la conceda; no hay que atenerse a un reglamento ni a un protocolo de buenas prácticas legislativas. Vale cualquier cosa. Y el más audaz y el más "rimbombante" puede sacar ventaja ante el más preparado y relegar definitivamente al más reflexivo. Se está cerca, entonces, de pasar del "debate reglado" al debate anárquico.

Mientras tanto, las noticias falsas han encontrado en las redes sociales aliados estratégicos y eficaces. Porque, además de mediadores, a esa hipercomunicación le faltan también verificadores. El rigor, la exactitud y la verdad parecen, en el mejor de los casos, valores secundarios en el flujo de la comunicación 2.0.

No se trata, sin duda, de construir diques para contener el torrente expresivo que circula a través de la Web. Pero sí de poner en discusión la calidad de la conversación pública y el uso responsable de las redes. Quizá debamos empezar por reivindicar el rol que ha cumplido y cumple esencialmente el periodismo como ordenador, moderador y "filtro" del debate social. Y por valorar la función del editor, que tiene el arte de separar la paja del trigo, jerarquizar las cosas, pasarlas por el tamiz de la verificación y exponerlas con técnicas profesionales y con parámetros éticos. Por supuesto, es el periodismo el primer desafiado por las redes. Ya ha debido, incluso, abrir compuertas que le cuesta administrar. El espacio destinado a "comentarios de los lectores" en las páginas web de casi todos los diarios del mundo se ha convertido en un muro que, muchas veces, se parece a los de los baños públicos.

Con posibilidades y herramientas limitadas para seleccionar, filtrar y editar un inmenso flujo de comentarios, se ha abierto -más por necesidad que por convicción, probablemente- una autopista por la que circulan el insulto cobarde, la descalificación gratuita y la afirmación temeraria tanto como la opinión valiosa, el aporte enriquecedor y la corrección o la crítica constructivas. El anonimato en Internet es, al fin y al cabo, una coartada para trolls y minorías intensas que devalúan y distorsionan el debate público. Y una pantalla para individuos que despliegan su crueldad, su agresividad y sus prejuicios como no lo harían seguramente en discusiones "cara a cara".

La tecnología nos ha abierto perspectivas fantásticas. El teléfono celular ha puesto, literalmente, el mundo entero en nuestras manos. Pero este fenómeno genera nuevos desafíos. Uno de ellos es el de asegurarnos que la palabra fácil a través de la Web o de las redes no degrade y empobrezca aún más la comunicación entre nosotros.

Periodista y abogado. Director de la carrera de Periodismo de la Universidad Católica de La Plata

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