Diego Schwartzman superó a Nicolás Jarry y se medirá con Fernando Verdasco en la final del ATP 500 de Río de Janeiro

Diego Schwartzman festeja al finalizar el match.
Diego Schwartzman festeja al finalizar el match. Fuente: Reuters - Crédito: Sergio Moraes
Ariel Ruya
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24 de febrero de 2018  • 13:24

Diversión infantil en Náutico Hacoaj, travesuras con sus hermanos, sueños de ser como Riquelme, la aventura de llevar una raqueta por el mundo. Las crisis imposibles de la Argentina, que llevaron a sus padres a vender baratijas por los clubes para costear los viajes, el complejo de la altura, el esfuerzo como recompensa, el sueño de ser uno de los mejores 20 jugadores del planeta. Diego Schwartzman, un pibe de barrio, un joven de 25 años que no parece tenista, al fin llegó: está en la cúspide de su carrera. Confianza, liderazgo, golpes de todos los colores: hasta el servicio, una antigua materia pendiente, viaja límpido, profundo y agresivo, a pesar del 1,70 metro que ya no lo mortifica. Sutilezas, les sobra: tiene una muñeca de salón.

Peque, ahora mismo, debe estar recordando aquellos viejos tiempos, entretenidos y sacrificados. Representan el prólogo de hoy, cuando acaba de alcanzar su primera final de un torneo ATP 500, uno de los certámenes más prestigiosos del circuito. La victoria por 7-5 y 6-2, en una hora y 16 minutos, contra el chileno Nicolás Jarry -un gigante de 1,98m y 22 años, agresivo y perseverante- tiene una triple recompensa: es el rival más peligroso de la próxima serie de la Copa Davis de la Zona Americana, puede lograr este domingo su segundo título ATP y hasta podría ser número 18 del mundo. Su rival, desde las 17 de nuestro país (ESPN Play) será el español Fernando Verdasco, un guerrero de la experiencia, que en la semifinal posterior derrotó al irreverente italiano Fabio Fognini por 6-1 y 7-5.

Ya no es un pibe y sus padres ya no recorren los clubes para costear su aventura. Es una realidad, lanzada al espacio: también le hace partido a los grandes del circuito. No tiene miedos: su faena -apenas hubo equivalencias durante el primer tramo del encuentro- acaba con una sonrisa noble, los brazos levantados y hasta la devolución más importante: los brasileños lo recompensaron con aplausos. Se sintió local, todo un símbolo en épocas de grietas. Peque no dejó apariencias: mano a mano contra el crédito chileno más audaz, se burló de las diferencias físicas y se impuso en todos los aspectos del juego, también en el psicológico. Desprovisto de las desventuras de verlo 28 centímetros desde abajo. El tenis, por fortuna, no se juega exclusivamente en las alturas.

El 6 y el 7 de abril próximos, en San Juan, seguramente volverán a encontrarse. Schwartzman tomó nota del desafío, más allá de que sufrió como nadie el tropiezo a la Zona Americana. Su crecimiento es tan vertiginoso que no tiene espacio para la negatividad de algunas historias del pasado. Peque, ahora, luego de un brillo recortado en su paso por Buenos Aires, aguarda el gran golpe final. Tiene un título, Estambul 2016. Suma dos finales, en Amberes 2016 y 2017. Ahora, pretende el lauro más grande. Hace tiempo que dejó de ser una promesa: juega y gana con la clase de un top 20, ya instalado entre los más audaces.

Por: Ariel Ruya
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