TODO A PULMON

Nació en Salta y vive en Alemania, donde hizo carrera con su bandoneón y un estilo personal. Su arte se nutre del jazz, el folklore y el tango ciudadano. Está de vuelta en Buenos Aires y por las noches desgrana notas y nostalgia en el Club del Vino
(0)
22 de febrero de 1998  

E l arte es riesgo, un salto sin red. Si uno no corre riesgos en el arte, está usándolo para vivir de él, y eso no es correcto"... -dice, mientras hunde la cabeza entre los hombros. A Dino Saluzzi, hasta el 27 del actual en el Club del Vino, se le enredan las manos cuando habla. Extrañan el bandoneón-. "La música es algo que una vez que lo descubriste, chau... adentro. Se sale cuando se tiene mala suerte o la desgracia de llenarse de frustraciones. La vida de un músico independiente en la Argentina es dra-má-ti-ca. No lo es para el que tiene expectativas en cuanto a los premios, el que la usa en pos del éxito." Cuando dice esto, un dejo ácido le quiebra la voz. Basta con echar un vistazo a su vida para comprender que esa tristeza es la de quien ha sido desterrado. Tuvo que irse con la música a otra parte. En Buenos Aires esperó con paciencia norteña, hasta que las esperanzas se derrumbaron como una torre de naipes. Estaba cansado de soportar el desplante de funcionarios mediocres que le boicoteaban las oportunidades en favor de artistas más rentables. El arte estaba a punto de confinarlo a cuarteles de invierno cuando lo escuchó un productor suizo. Se exilió en Europa y de ser ignorado en su tierra pasó al éxito sin condiciones.

Quienes intentan clasificarlo no encuentran un rótulo definitivo. Su estilo resumió en el bandoneón matices populares, extraídos del folklore, el jazz, el tango hasta incorporar la música clásica y lograr melodías contemporáneas.

Nació en Salta. No fue un chico afortunado de esos que nacen con la estrella bajo el brazo. La suya fue una solitaria peregrinación cuesta arriba. El viaje empezó en Campo Santo, un pueblito de contadas manzanas que en tiempos de bonanza giraba en torno del ingenio azucarero San Isidro, donde don Cayetano Saluzzi era jornalero. La familia vivía al frente, en una casita de cuatro por cuatro con paredes de barro, techo de zinc y sin otra luz que la de la luna, donde lamentablemente no se podía enchufar la radio. Pero igual se las arreglaban para que no faltara música. Su padre tocaba el bandoneón en las fiestas para inflar los magros ingresos. Tenía un talento natural pulido a los ponchazos, cultivado luego de horas, adivinando sonidos, reconociendo las notas en las partituras del tango y el folklore. Así era inevitable que Dino creciera arropado por zambas y chacareras. Le gustaba ir a la escuela, pero no había programa como desenfundar el bandoneón y probar acordes. Un buen día empezó a acompañar en los bailes, tocando sobre el estuche, como si fuera un bombo. A los 7 años ya estaba en edad de merecer un primer bandoneón.

"No teníamos plata. Entonces, mi papá organizó una rifa y el premio era su bandoneón. Con el dinero compraría uno nuevo para que yo estudiara. El no sabía que mamá me había comprado un número, el 811. Era demasiado chico para saber que él estaba haciendo esto por mí. Salió ganador el 811, y en casa se quedaron los dos instrumentos. Cuando llegó el nuevo, era una locura."

A los 13 años, Saluzzi empezó a trepar la cuesta. "Me fui de casa sin un centavo. Pero es el mismo límite que tiene hoy un muchacho que quiere estudiar música. No cualquiera puede. Es lamentable que todo esté centrado en Buenos Aires." En Salta tuvo por maestros a Martín Lorca y Jacobo Fisher, y para pagar los estudios tocaba con el Trío Carnaval en peñas, radios y también en el cabaret.

A los 17 años le contaron que el bajista César Vallejo había decidido probar suerte en Buenos Aires. Quiso seguirlo. Tenía ex periencia y los pesos justos como para comprar un pasaje en el cómodo camarote del viejo tren Cinta del Plata. "No me alcanzaba para comer en el restaurante, que era muy bonito, así que mi vieja me preparó unos pollos hervidos y papas envueltas en servilletas. Era gracioso, pero en el fondo me dolía el corazón... otra vez me iba."

C uando bajó en Retiro quedó aturdido por el ruido. Apretó contra el pecho su inseparable bandoneón, juntó aire y con sus ilusiones al hombro pasó directo a Lanús, donde compartió una casa con un grupo de jóvenes del interior. Entonces en la ciudad florecía la cultura. "Eran los años de Borges, Piazzolla, Waldo de los Ríos", y empezó a escuchar más radio, a estudiar más música, a relacionarse con hombres como Julio Ahumada, el Negro De la Cruz, que le tendieron una mano a la hora de conseguir trabajo. Pasó por distintas orquestas, como la de Alfredo Gobbi, Lorenzo Barbero, la Orquesta Argentinidad; hizo giras por el interior y finalmente integró la Orquesta Estable de Radio El Mundo hasta 1956, año en que renunció y regresó a Salta decidido a buscar sonidos nuevos.

"El aprendizaje es una imi- tación ineludible. Yo no sé si renové algo, pero una cosa es fundamental: si uno ve la música como forma de pensamiento, la historia es muy larga y cuando yo aparecí estaba todo hecho. Pero la música se mueve, cambia, no es la foto de un lugar, es la expresión del espíritu. Si Picasso hubiera pintado siempre sólo el Guernica sería aburridísimo", explica Saluzzi.

El regreso fue sin glorias. Nadie lo llamaba, pero no estaba dispuesto a echar todo por la borda.

Empezó a estudiar percusión y, al poco tiempo, ingresó en la Banda Sinfónica de la Policía Federal.

Dino tiene sonrisa de trueno, dientes blancos como el azúcar y una natural aversión por las fechas o cronologías. A todo contesta que no se acuerda y que puede ser una defensa psicológica contra el paso del tiempo, que es el principal enemigo a la hora de encontrarse frente al espejo. Y si tiene que hablar de lo bien que le va en el extranjero, enseguida se evade con esa frase que odia, aunque, en el fondo, él es incapaz de odiar nada. "Qué horror cuando te dicen que nadie es profeta en su tierra. Eso es una crueldad infinita, te condenan al exilio." A fines de la década del setenta, en plena dictadura militar, formó un cuarteto con el que ensayaba escondido en la trastienda de un boliche de Palermo Viejo. Una tarde, el director suizo George Gruntz lo escuchó y la vida volvió a fojas cero. De allí se fue a Alemania con un contrato para participar en el Festival de Jazz de Berlín. No lo dudó. Total, estaba curtido en eso de vivir partiendo. Levantó la casa, vendió su auto y de semejante desolación pasó a tocar en un concierto europeo colmado de un público que no le permitó bajar del escenario hasta el cuarto bis.

Al término de la gira decidió radicarse en Alemania. "Estaba dolido cuando me fui. No tenía conciencia de lo adverso y lo hostil que era este medio para mí. Cuando llegué me di cuenta de que tenía posibilidades y mi cabeza empezó a funcionar a mil. Claro: no te esperan con los brazos abiertos. Pero si uno va y contribuye, la cosa cambia... Se me culpó por dejar de tocar tango, folklore, y eso aparentemente estaba penado, fui castigado. Mi intención era defender mi libertad como artista y como persona. Otra vez a empezar de cero, a vivir en una piecita. Cada vez que hablo de este tema me vuelve una nostalgia que no he podido superar. El precio de la felicidad es muy duro..."

En la gira firmó un contrato con el sello alemán ECM. Desde entonces su carrera corrió más allá de nuestras fronteras. Su presencia es una constante en los festivales de jazz europeos y norteamericanos, y prácticamente ignorada en la Argentina.

De un lado, giras interminables por todo el planeta, grabaciones con músicos de primer nivel, y, por el otro, escasos conocimientos de marketing personal y convicciones profundas que no coinciden con los criterios comerciales de las empresas discográficas.

Dino Saluzzi es todavía como aquel chico que vio la gloria fácil y no se dejó llevar por los fuegos fatuos del millón de discos vendidos. Prefiere ser el elegido de unos pocos, y optar con quién o quiénes trabajar.

Tal vez por ese motivo no se hizo millonario. Le alcanzó para comprarle una casa a su madre, que tiene 88 años, y un departamento minúsculo en Once, donde apenas entran el piano y un ventilador que hace lo posible por aliviar el mal humor del verano. Entre cables y papeles, valijas y partituras, descansa el bandoneón, su querido bandoneón.

"Una vez fui en gira a Japón con una orquesta de tango, y al subir al avión en el aeropuerto de Tokio con dirección a Vancouver, un tipo que tomaba los boletos me para y me dice: ¿Qué es eso tan grande? Tiene que ir abajo. Toda la vida cuando viajo lo llevo conmigo. Se lo di en un momento de idiotez, y viajé justo sentado en la ventanilla que da a la bodega. En Vancouver se para el avión, abren las bodegas y veo volar por el aire mi bandoneón... ¡pum!, para el carro del equipaje. Cuando lo abrí estaba hecho pedazos... Nunca me sentí más solo. Llegué a Buenos Aires y un experto que tocó con Pichuco, astillita por astillita me lo armó de nuevo. Ahora si me dicen que tiene que ir abajo, no viajo."

Rara vez viene a la Argentina a quedarse. Siempre es por unos pocos conciertos o cuestiones familiares, porque los compromisos de trabajo están en el extranjero. "Acá tengo que armar un trío, pero no tengo contrabajista y, por más que busco, no encuentro. Hay pero, ¿busco por el diario? Todos dicen: toco es-tilo Fulano, o estilo Mengano. Pero no le vendés nada a nadie siendo la segunda parte de alguien. ¡Hace dos semanas salí a escuchar música y me encontré con lo mismo que hace 30 anos!" Obligadamente, cuando viaja a Salta se da una vuelta por Campo Santo para visitar a los amigos de siempre.

D ice que cuando llega le dan ganas de quedarse a vivir, de no irse nunca más. Claro, el pueblo ya en nada se parece al de su infancia. Ahora hay una ruta de asfalto brillante con peaje incluido que sube la cuesta del Gallinazo, por donde bajó a la capital cuando tenía 13 años. El ingenio cerró sus puertas y los desocupados vagan por las contadas manzanas buscando changas para no morir de hambre. Pensar que fue ayer la época hermosa, cuando los grillos silbaban de noche y la muchachada llenaba el silencio de guitarras.

Texto: Marina Gambier

Fotos: Daniel Pessah

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios