El divorcio con Alfonsín, el matrimonio igualitario con Cristina, ¿el aborto con Macri?

Nicolás Cassese
Nicolás Cassese LA NACION
De aprobarse, la ley marcará el legado del Gobierno
De aprobarse, la ley marcará el legado del Gobierno Crédito: Rodrigo Néspolo
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23 de febrero de 2018  • 13:12

El anuncio de que por primera vez un oficialismo aceptará debatir la legalización del aborto en el Congreso abre la posibilidad a que el Gobierno de Cambiemos obtenga la legislación que, para bien o para mal, marcará su historia en materia de derechos sociales.

¿Representará el aborto para Mauricio Macri lo que fue el divorcio en el mandato de Raúl Alfonsín, o el matrimonio igualitario en el de Cristina Kirchner?

De aprobarse, sería una ley definitiva en el legado del Presidente, una de esas iniciativas que parten al medio la discusión política y obligan a repensar el mapa de afinidades y alianzas. Pero además de la política, las discusiones alrededor de estas leyes modifican las sociedades en las que se generan.

Con Alfonsín, el divorcio tuvo efectos prácticos en aquellas parejas disueltas de hecho y en las que años después decidieron terminar el vínculo, pero también modificó de manera definitiva la idea de lo que era la sociedad argentina, lo que estaba permitido y aceptado en términos morales, y lo que no. Cambió cuál era el rol de la Iglesia a la hora de definir relaciones privadas y hasta si el hijo de padres separados debía ocultar su condición en la escuela, o aquello era apenas otro dato más de su crianza.

El efecto derrame, por llamarlo de algún modo, de la ley de matrimonio igualitario fue aún más importante. Aquellos que eligen tener una pareja del mismo sexo siguen siendo un minoría, y es probable que, ignorados por el estado durante décadas, muchos de ellos no elijan pasar por el registro civil, y mucho menos un institución religiosa, para regular su vínculo. Sin embargo, la discusión que se dio alrededor de la ley permitió ampliar los límites de la tolerancia de la sociedad argentina hacia las diferentes opciones sexuales.

Un ejemplo práctico: un club muy conservador del corredor norte del conurbano bonaerense ya incorporó a dos parejas de socios homosexuales entre sus socios. Por más que hubiesen querido, no lo podrían haber evitado, en su estatuto se establece que el matrimonio habilita a incorporar al cónyuge como socio. No aclara, y no podría hacerlo, que tienen que ser de distinto sexo.

Claro que el aborto tiene una diferencia fundamental con el divorcio y el matrimonio igualitario. Divorciarse, o casarse con una persona del mismo sexo, carece de efectos prácticos fuera de la pareja o su círculo íntimo y familiar. En su momento se esgrimieron consecuencias nocivas sobre la supervivencia de la idea de familia en la sociedad, pero es un argumento incomprobable, sostenido con más fé que razón.

Con el aborto es distinto porque para un amplio sector de la población que se opone, la vida comienza en el momento mismo de la concepción y así quedó establecido en el nuevo Código Civil y Comercial. Las diferencias de posiciones, que pueden ser lógicas en otros temas, se vuelven irreconciliables cuando del otro lado se entiende que hay asesinos de niños indefensos.

Dirimir este debate es la enorme tarea que Macri le encargó al Congreso. Mientras tanto, se abre la incógnita sobre la posición del Presidente. En público, se opuso cada vez que fue consultado sobre el tema, lo mismo que hizo cada político argentino con aspiraciones serias de poder. Pero la decisión de ayer, y hasta su historia de relaciones conyugales, lo pone más cerca de una concepción liberal en cuestiones de sexualidad. Igual, como con todos los políticos, lo importante no es lo que piensa Macri, sino lo que hace.

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