Terminan los Juegos, ¿comenzará la paz?

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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25 de febrero de 2018  

El 29 de noviembre de 1987 un Boeing 707 de Korean Air que volaba entre Irak y Corea del Sur estalló sobre el Mar de Andamán con 115 personas a bordo. No hubo sobrevivientes. Faltaban diez meses para los Juegos Olímpicos de Seúl y rápidamente los investigadores apuntaron a Corea del Norte, a cuyo régimen, que había declarado su boicot a los Juegos, ya se le había atribuido un atentado en el segundo aeropuerto surcoreano dos años antes, en vísperas de los Juegos Asiáticos. Cuando una joven agente norcoreana, que había participado del atentado contra el avión de Korean Air, confesó, el papel de la dictadura de Kim Il-sung quedó fuera de duda.

Tres décadas después, Corea del Sur ha vuelto a recibir unos Juegos Olímpicos en su territorio, en este caso los de invierno, que finalizan hoy en Pyeongchang. Esta vez, aunque no hubo boicot de su vecino del norte ni atentados, los Juegos estuvieron precedidos por semanas de máxima tensión en la zona ante las arengas belicistas del dictador Kim Jong-un -nieto de Kim Il-sung- y sus pruebas con misiles balísticos que volvieron a avivar la amenaza nuclear en el mundo.

Sin embargo, pocos días antes de que el pebetero se encendiera en Pyeongchang una llamativa distensión cambió el clima en la península coreana. Corea del Norte no solo envió una delegación de deportistas a participar de los Juegos, sino que también acordó con el Seúl que el equipo femenino de hockey sobre hielo compitiera bajo una misma bandera. Paralelamente, Kim Jong-un invitó al presidente surcoreano a visitar Corea del Norte para sostener conversaciones de paz, dado que ambos países continúan técnicamente en guerra desde el armisticio que en 1953 detuvo las hostilidades.

El deporte, que a lo largo del siglo XX a menudo contribuyó más a ensalzar nacionalismos y sembrar discordias entre naciones que a la concordia entre los pueblos -en América Latina se llegó hace 49 años a un conflicto bélico, la llamada Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador, tras un partido por las eliminatorias del Mundial de México 70-, fue esta vez el artífice de un aparente "milagro" que devolvió las esperanzas de paz en una región al borde del abismo.

Será, sin dudas, el mayor logro de los Juegos que hoy concluyen, pero restará aguardar la evolución del diálogo para evaluar si esta distensión es sincera o se trata tan solo de una operación más de la propaganda del régimen de Kim Jong-un y, fundamentalmente, de un intento de ganar tiempo eludiendo las sanciones internacionales mientras sus científicos mejoran el desarrollo de sus ominosos misiles.

Por tres semanas, el deporte venció al miedo y Pyeongchang fue la capital de la esperanza. Desde mañana, el mundo sabrá si el optimismo puede ser duradero.

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