River sigue confundido: perdió 1-0 ante Vélez como visitante y profundiza su crisis en la Superliga

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Vélez Sarsfield

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River Plate

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Rodolfo Chisleanschi
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24 de febrero de 2018  • 16:30

River perdió 1-0 frente a Vélez, que festejó con un tanto de Lucas Robertone a los 25 minutos del segundo tiempo, en un partido correspondiente a la 17° fecha de la Superliga. Además, sufrió la expulsión de Enzo Pérez.

¿Y ahora River ? Después de tantas semanas de victimización y sospechas, de poner el acento en lo periférico sin mirar lo importante, de tapar el sol con las manos y enhebrar coartadas que aún respondiendo a hechos reales nunca debieron desenfocar lo que en definitiva acaba determinando éxitos y tropiezos, ¿cómo explicar un rendimiento tan paupérrimo? ¿Cómo responder a la ausencia de cualquier atisbo de armonía de juego?

Bienvenido Vélez . La Superliga estaba esperando a un proyecto que nació lleno de expectativas y venía escribiendo unos primeros capítulos con más borrones que sonrisas. Que necesitaba un triunfo convincente para reafirmar las convicciones, pero también de noventa minutos con más altos que bajos para creer que los buenos tiempos están por llegar.

La historia del fútbol está plagada de actuaciones-bisagra, a favor y en contra. De encuentros que marcaron el devenir de un equipo, ya sea porque lo hundieron, lo lanzaron, lo confirmaron o le motivaron una reacción que torció sus rumbos. Habrá que recordar entonces el jugado en el Amalfitani, porque puede ser uno de ellos, para uno y para el otro. Y esto va más allá del 1-0 final a favor de los de Villa Luro, que pudo ser empate si el taco de Pinola del final no roza el palo, y hasta caída si el tiro libre de Mora que dio en el travesaño y picó en la línea hubiera puesto en ventaja al visitante.

El resultado final por supuesto que trasciende y necesariamente incide en los humores pero para quienes tienen el deber de prolongar los análisis, este Vélez-River seguro que deja muchas otras enseñanzas.

Marcelo Gallardo dio una nueva vuelta a su equipo, a medias entre la búsqueda de un juego más fluido y la reserva de elementos pensando en la Copa. Y se encontró con la bofetada de una falta de respuestas que desnuda problemas profundos de funcionamiento.

Agobiado por la presión del adversario, sobre todo en la primera parte y con más énfasis cuando los de Heinze perdían la pelota en ataque y permanecían con muchos de sus jugadores en campo rival, River asistió inerme al corte todas sus vías de salida, salvo la del pelotazo largo, y no tuvo argumentos para escapar del encierro.

Una y otra vez Martínez Quarta, Pinola o Zuculini se vieron obligados a lanzar flechazos de 40 metros para tratar de acertar con el pecho de Pratto, cuya capacidad para pivotear de espaldas al arco rival fue durante demasiado tiempo la única herramienta para tener un ratito el balón en los alrededores de Rigamonti. No parece el método más lógico ni el más eficiente para un equipo pensado para atacar de un modo muy diferente.

Pero de todas maneras, la peor de las noticias para esta pálida expresión del conjunto de Núñez fue su contraste con el rival que tuvo enfrente. Durante esos 45 iniciales, y luego a partir de la imprudencia de Enzo Pérez, que motivó su expulsión justo en el único momento que el partido tendía a nivelarse, Vélez mostró de pies a cabeza una estructura futbolística superior, un andar más coordinado.

En ningún sector de la cancha esa impresión se hizo más evidente que en el medio. La agilidad de movimientos, velocidad de traslado y justeza de los pibes Domínguez, Santiago Cáseres y Robertone (el mayor de ellos tiene 21 años) fue demasiado para la lentitud y desconexión de Enzo Pérez y compañía en el punto neurálgico para determinar el gobierno de un partido.

Vélez se dio la primera gran alegría del año demostrando que los jugadores empiezan a hacerse carne de las ideas del Gringo Heinze. No solo por el éxito de su presión ordenada sin la pelota, sino también por la seguridad para moverla con toques precisos y seguros de una banda a otra de una cancha abierta de par en par, por encontrar los tiempos adecuados para la subida alternada de los laterales y ganar los anticipos defensivos para sostener el dominio.

Si no fue una actuación sobresaliente se debió a la falta de potencia ofensiva, de puntada final para trasladar todo lo bueno que fabricaba desde atrás al remate frente al arco. Pero quedó claro que encontró un camino y, quizás, la confianza para empezar a transitarlo.

River continúa perdido. Su fútbol no aparece, lo extravió mientras perseguía fantasmas, imaginarios o reales, y el tiempo de los grandes desafíos está cada vez más cerca. En sus manos está aprovechar el partido del Amalfitani para reaccionar. Salvo que elija seguir empeñado en construir coartadas.

El gol de Robertone

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