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Bogotá se apodera de todos los sentidos

Nathalie Kantt
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24 de febrero de 2018  

BOGOTÁ, COLOMBIA.- Desde que vivo en Montevideo cualquier escapada es un subidón de adrenalina, así que aterrizo en Bogotá fascinada: me esperan días de ritmo, rumba, cocina diferente y multitud. Al salir del aeropuerto esquivo voces de desconocidos que me ofrecen lo mismo y salto dentro de un taxi autorizado hacia la ciudad. El conductor es muy amable y conduce horrible, el viento me despeina y yo contemplo un paisaje de megalópolis repleto de autos, gente y contaminación. Estoy feliz.

Al llegar, el taxista me hace un cálculo rarísimo, me explica que lo que marca el taxímetro se multiplica por 200 unidades y de repente termino pagando tres veces más por un viaje que debería haber costado 10 dólares. París me preparó para estar siempre alerta y a la defensiva. Montevideo, cargada de decencia y menos viveza, desdibujó mi armadura y me dejó desprotegida. En Uruguay peco de desconfiada y aquí soy amateur.

Me toma unas horas reequilibrarme hasta que el boom bogotano conquista la visita. Esta es una ciudad intensa y de paradojas que mezcla desorden y zonas poco atractivas con diseño bastante refinado y mujeres despampanantes, adornadas con maquillaje, joyas y peinados perfectos. Aquí el dinero se huele, de Pablo Escobar no se habla y en los carteles callejeros de candidatos a senadores se leen los mismos apellidos que hace 30 años. El #MeToo no forma parte del debate, se habla con diminutivos y la sonrisa es una herramienta. Se privilegia la dulzura y la seducción, con objetivo y resultado concretos. La amistad es una compañía y la familia es la espina dorsal de la vida.

En la calle de los anticuarios, a pocas cuadras de la zona T, descubro aros de esmeraldas y anillos de piedras trabajadas con elegancia. En St. Dom, una boutique multimarca que reúne a 140 diseñadores colombianos, predominan colores y volados. Los orígenes y la identidad de este pueblo despertaron de la mano de la tendencia global por lo artesanal, acompañados ahora por un cuidado minucioso en cada detalle.

En lo de una amiga me preparan ajiaco, mi nuevo plato favorito: un caldo con tres tipos de papas diferentes, arroz, palta, alcaparras, mazorca y pollo. En Central pruebo ceviche caribeño con maduritos, mojarra frita, langostinos con salsa de guayaba, patacones con hogao y suero costeño (un queso líquido y denso). Las entradas suelen ser fritas y los postres son muy dulces. Para el mediodía recomiendo Fulanitos, en el barrio colonial La Candelaria, con un excelente sancocho de pescados de la cocina típica valluna, y Wok, en la zona T, con ramen, curries y un muy recomendable stir fry con lomo y bok choy. No se aventuren con las aguas de frutas y prueben el sushi (sin queso untable). A la noche, en Local by Rausch descubro buñuelos rellenos con ceviche de chicharrón, rabo de toro, trucha ahumada y crema de guascas.

Me gusta la zona G, con opciones para comer como Emilia Grace y Café Universal. De ahí se puede ir caminando hasta Llorente, un bar que abrió hace un mes, y seguir la noche con unos pasos de baile en Floyd antes de que la rumba se apodere de todos los sentidos.

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