Brian Kinsman: "Pruebo unas 20.000 muestras de whisky al año"

Crédito: Santiago Cichero/AFV
Nacido y criado en Escocia, el maestro mezclador vino al país para contar cuál es el futuro de la tradicional bebida
Rodolfo Reich
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24 de febrero de 2018  

Brian Kinsman nació en un pequeño pueblo de Escocia, a 30 kilómetros de la medieval Edimburgo y a 50 de Glasgow. Estudió química en St. Andrews, no solo una de las universidades más prestigiosas de Europa, sino también, con 600 años de vida, de las más antiguas. Con excelentes notas y un PhD bajo el brazo, comenzó a trabajar en la industria dental, y pronto descubrió que no era la suyo. "Viviendo en Escocia, solo había dos grandes industrias en las cuales entrar: el petróleo y el whisky. Creo que elegí bien", cuenta. Hoy, con 46 años, es parte de la nueva generación de maestros mezcladores que está delineando el presente y futuro del whisky. Aprendiz directo de David Stewart (una leyenda en el mundo del scotch), tiene a su cargo el porfolio completo de la empresa familiar William Grant & Sons, donde supervisa la elaboración de los blended whiskies, también de rones y brandies, además de Glenfiddich -el single malt más vendido del mundo- y el flamante Monkey Shoulder, que se acaba de presentar en la Argentina.

-¿Como buen escocés, siempre te gustó el whisky?

-Creo que sí, al menos desde los 18 años (se ríe). Mi padre bebía whisky, también mi abuelo y mis tíos. Yo de joven tocaba en una banda de gaitas, y las gaitas y el whisky son parte de una misma tradición. Pero no conocía nada del tema. Recién comencé a entender de whiskies, a profundizar en el aspecto químico de esta bebida, cuando entré al laboratorio de William Grants & Son, en 1997. Y tuve suerte: estuve en el lugar correcto, en el momento correcto, para poder crecer en la industria.

-¿Cómo es un día de tu trabajo?

-Mi oficina está en Glasgow, la destilería de malta está tres horas al norte y la destilería de alcohol de grano está dos horas al sur. Más allá de mis visitas a ambos lugares, lo usual es quedarme en la oficina, probando muestras que me mandan de cada espirituosa. Cada barrica que se llena o se vacía, cada aguardiente que se elabora, cada cambio me lo envían para que lo probemos. Mi responsabilidad es que vos, como consumidor, confíes en que cada botella que te llega va a respetar la esencia y el perfil de la marca. Para lograr eso, pruebo unas 20.000 muestras al año. Un trabajo arduo, pero alguien lo tiene que hacer, ¿no?

- Sos parte de una generación de master blender que llega de la universidad, algo que antes no sucedía. ¿A qué se debe esto?

-No creo que haya sido buscado, pero tiene que ver con cómo está cambiando la industria, con innovaciones todos los días. La nariz, la capacidad de distinguir aromas y realizar degustaciones siguen siendo profundamente importantes. Pero también es importante entender cómo son los procesos detrás de cada bebida. Los pares de David Stewart, mi maestro, en su mayoría no eran científicos. Hoy, es al revés. Toda mi generación suele venir del lado de la ciencia.

-Sos el sexto master blender del grupo en 130 años de historia. ¿Cómo enfrentás la responsabilidad de elaborar millones de litros de sus whiskies, con marcas tan históricas?

-Uy, ya me estás poniendo nervioso... (se ríe). Pero es verdad, puede ser abrumador. Creo que si hacés cada etapa bien, si tu equipo es de confianza, si tenés los procesos demarcados, donde cada paso es chequeado, luego las decisiones son más simples y fáciles de tomar. Trabajar con David me enseñó esto, fue realmente un placer, él siempre fue muy abierto. De hecho, seguimos juntos. Él está a cargo de la malta Balvenie, pero hablamos todas las semanas.

-Pregunta fácil: ¿es el whisky escocés el mejor del mundo?

-Ehhh.... (se ríe). Y... sí. El scotch es único y maravilloso, por clima, por tradición, por calidad. Sin duda somos los líderes de la categoría, pero tenemos que ser cuidadosos. Hoy, todos quieren ser mejores, los whiskies japoneses sin duda avanzaron muchísimo. Tasmania está haciendo cosas muy interesantes y diferentes. Por eso, nos toca a gente como a mí mantener este liderazgo, respetando la tradición, pero sin dejar de innovar.

-¿Cómo se logra ese balance entre hacer cosas nuevas y mantener la tradición intacta?

-Es tal vez lo más difícil de lo que hacemos. Para resumirlo en una frase: se debe ser auténtico. Podés hacer innovaciones divertidas, raras, pero si no son auténticas a la marca, no está bien que las lleves a cabo. Esta destilería viene desde hace 130 años, no tiene sentido hacer una nueva etiqueta para venderla que no resulte fiel a la historia de la familia. Pero tampoco hay que quedarse quieto. Para mí Glenfiddich tiene un corazón frutado, con pera fresca y un claro perfil del roble. No podría hacer algo que vaya en contra de eso.

-Hoy nacen etiquetas nuevas cada día. ¿Cómo es el proceso de crear un whisky original?

-La industria está cambiando, hay más competencia, se exigen novedades. Cuando entré al grupo, había menos de diez expresiones de Glenfiddich distintas. Hoy debe haber unas treinta. Pero cada lanzamiento lleva muchísimo trabajo, prueba y error. Nosotros debemos estar manejando en este momento unos 100 experimentos sobre Glenfiddich. Algunos fallarán, otros ya fallaron, pero igual los mantenemos para ver cómo siguen. Algunos son experimentos a largo plazo, para verlos en unas décadas, otros son rápidos. Y muy pocos saldrán al mercado. Es complejo, pero divertido. Y si no funciona, no pasa nada: todo es aprendizaje.

-Si tuvieses que elegir un whisky creado por vos, ¿cuál sería?

-Siempre estuve orgulloso del Glenfiddich 14 Years Rich Oak, el primero realmente mío. Pero hoy diría el Project XX, porque representa todo lo que me gusta de mi trabajo. Está hecho junto a 20 embajadores de la marca. Y de eso se trata el mundo del whisky, de una comunidad. Poder hacer esto en conjunto, escuchando sus opiniones y sus búsquedas, fue muy placentero.

-¿Cuál será la gran tendencia que delineará la industria del whisky en los próximos años?

-Por un lado, todavía hay mucho para recorrer con el uso del roble, con tipos de tostados, con humedad, con el momento en que se usa cada barrica. También viene un trabajo muy fuerte en la misma producción de las espirituosas, no solo en la guarda sino también en los cereales, la levadura, el modo de destilar. Eso cambiará mucho en los próximos 5 a 10 años. Y luego está la manera de presentar el whisky, algo en lo que Monkey Shoulder es un ejemplo transgresor.

Un clásico que no defrauda

Cuando se trata de elegir uno de todos sus whiskies, Brian va por el Glenfiddich 18 años, bebido en vaso clásico, agregándole un 30% de agua a temperatura ambiente. Pero si tiene que elegir otra bebida, es el vino. "En casa, suelo ir por el lado de los pinotage de Sudáfrica y los sauvignon blanc de Nueva Zelanda. No soy un experto, pero me encantan. Acá, en Argentina, probé unos malbec fantásticos", dice.

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