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Crudo relato desde las entrañas del 21-F

Carlos M. Reymundo Roberts
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24 de febrero de 2018  

Qué dura es la vida del cronista. Pasé del retiro en Chapadmalal al multitudinario acto de Moyano. ¿El día y la noche? Bueno, algunos puntos en común tuvieron. En los dos fui muy bien tratado, en los dos me dieron de comer, con un agregado a favor del 21-F: al subirme a un bondi en La Matanza, puesto por la intendencia, creyeron que era un militante y recibí un sobrecito con mi paga. Súper atentos.

A mi izquierda, iba Ramón, paraguayo, 37 años. "Quería conocer el Obelisco", contó. A mi derecha, Antonio, 46 años, que trabaja para un puntero. "Con el plan social y estas changas de los actos, voy tirando". En el viaje nos instruyeron sobre el comportamiento en la 9 de Julio: 1) "Hoy no rompemos nada, ¿me siguen? Nada". 2) "Compañeros, la última vez los vi un poco dormidos: cuando se mencione a Macri quiero que estallen de odio". 3) En la escala de aplausos, la orden fue pasar de una intensidad de 10 cuando hablara Yasky a una de 5 con Moyano. "Esta vez no puteamos a Moyano, ¿me siguen?".

La llegada a Constitución fue trabada. Lógico: eran 600 bondis y no sé cuántos camiones. Me impresionó ver los acoplados llenos de gente que iba parada y apretada como ganado, al rayo del sol. "Es que si van sentados cabe la mitad", explicaron.

Antes de bajar nos repitieron las consignas, y el paraguayo las anotó: tenía miedo de aplaudir 5 a Yasky y 10 a Moyano. Nos cruzamos con muchas agrupaciones de izquierda, encendidas. El "zurdaje" que Moyano siempre odió, primero como sindicalista facho y después como patrón, pero que hoy necesita. "Trabajo para todos", decía una pancarta, acaso la única que Máximo Kirchner no suscribiría. Maxi andaba por ahí luciendo una figura sorprendentemente estilizada: obvio, si les embargaron hasta la heladera. Un par de kilos menos y en vez de radiografías le van a sacar fotos.

Hablando de radiografías, me olvidé de preguntar por el Sanatorio Antártida, de Camioneros, en Caballito: Moyano lo inauguró el 9 de enero con una flor de ceremonia, muy merecida porque llevaba unos 10 años en construcción. Pero al día siguiente me fui a hacer una selfie en la puerta ("El mejor centro médico del país", lo había presentado Hugo) y estaba totalmente tapiado. Seguro que se había roto un caño. Igual, me saqué la foto debajo del cartel de Aconra, la empresa que hizo el edificio. Es la constructora de los Moyano, que está siendo investigada por administración fraudulenta. Tranqui, compañeros, que no tienen nada que ocultar.

Ya en las proximidades del escenario estuve con gente que hacía tiempo que no veía. Grabois, líder de los trabajadores de la economía popular, marxista y amigo del Papa, estaba exultante porque le habían dado un lugar en primera fila. "Soy la voz de los cartoneros y los ojos de Francisco", dijo conmovido. Todavía sueña con una revolución proletaria de inspiración ateo-cristiana. A Aníbal Fernández, kirchnerista crítico, lo vi de excelente humor: "Estando cerca de los Moyano me siento seguro. Si cae la cana va a empezar por ellos". Zaffaroni no se cansó de aclarar que él no es golpista, sino destituyente. Alberto Fernández, bombero voluntario en el incendio del PJ, no ocultaba su emoción al ver esa multitud; viene de los actos de Randazzo, que se hacen en un palier. Cosa rara, Hebe me saludó y tomó de los hombros, y después me dijo al oído: "Basura, lacra, excremento, bazofia, alejate porque me das asco". Solo atiné a preguntarle en qué sentido me lo decía.

A Facundito Moyano, interesante maridaje de sangre gremial y farándula, lo sorprendí firmando autógrafos: "Me debo a mis fans". Su hermano Pablo, acaso el más comprometido judicialmente, hablaba con el exjuez Llermanos: "Me debo a mis abogados".

Los diálogos a veces no eran fáciles porque la locutora revoleaba gritos y cifras. "¡Somos más de 300.000!"; "¡Pasamos los 400.000!", iba sumando, no con calculadora, sino con un entusiasmo sin límites. "Nosotros ponemos las pelotas y los ovarios", arengó, arrabalera. Los discursos fueron muy sustanciosos. Schmid se refirió a la pérdida del poder adquisitivo del salario, flagelo que afecta en primer lugar a los jefes sindicales. Micheli habló tres veces del alma, en un mensaje que devino en homilía. En esa línea, Castro, que reporta a Grabois, vivó al Papa. Más terrenal, Yasky equiparó la actual Casa Rosada con una cueva de "ladrones y delincuentes". Me pareció divertido que justo fuera Palazzo, con ese apellido, el que condenara la violencia.

Llegó el momento estelar: las palabras de Moyano. La verdad, ha tenido discursos mejores. "No me cagué nunca" y "tengo las suficientes pelotas" fueron sus frases más logradas. No entiendo por qué puso el foco en sus problemas judiciales si dijo que no está imputado en ninguna causa. Lo más interesante de Hugo fue la charla que tuvimos al terminar el acto. ¿Contento? "Muy contento. Fue una gran demostración de fuerza, que es lo que necesito para no ir en cana". ¿Se sintió abandonado por la CGT y el PJ? "Un poco, pero lo compensé con todos estos zurditos". ¿Lo más destacado? "La locutora: ¡qué labia tiene!" ¿Por qué no llamó a un paro? "Llamé, pero no me atendió, ja ja ja". ¿Díaz Gilligan? "Un corrupto. Imperdonable". La última: ¿qué les responde a los que hablan de "marcha de la impunidad"? "Ojalá que tengan razón".

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