Julio Chávez

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31 de agosto de 1997  

He aquí una de esas personas capaces de brillar sin recurrir a otra cosa que no sea su talento. En su arte no hay efectos especiales, nada de marcas auspiciantes y tampoco encabeza el elenco de la película más vista de la historia del cine nacional. Quien pronuncie su nombre puede decir: ¿Julio Chávez?, en que programa está que no lo vi?

Claro, no es la figura exclusiva de un canal de televisión. Mucho menos un azucarado galán de telenovela; es, más bien, un bicho raro en el remanido mundillo de la farándula vernácula que se reparte a manotazos las vidrieras de las revistas y los papeles livianos. Lo de Chávez es bien simple: trabaja sólo donde es necesario. Si no le gusta, no lo hace. Y no cede ni una pizca de sus principios. Aparece y desaparece del escenario con la fugacidad de un cometa, y sólo algunos llegan a verlo.

Es que no le hace falta mostrarse para saber que existe, porque él puede estar en otra parte del planeta y resplandecer con la misma intensidad. Por ejemplo, puede hacerlo desde el atelier de su departamento, sumido entre bastidores y cálidos acrílicos que domina deliciosamente. También desde su escuela de teatro, donde lo escruta la mirada hambrienta de cientos de alumnos pendientes de un gesto, o en las clases de Filosofía que comparte con amigos una vez por semana, y cada tanto, en la piel de algún personaje interesante, de esos que lo dejan un poco más realizado.

Lejos de ese circuito, más alto que su octavo piso de la avenida Callao, él concibe el arte como una necesidad de expresión que nace como algo privado que habrá de ser público siempre y cuando no se someta al juego esquizofrénico de la fama. Menudo trabajo el de destacarse sin apelar a amiguismos mediáticos que inflen las críticas y llenen las butacas de la sala en cada función. Sin embargo, este hombre de cuarenta años y mirada inquietante ha rechazado contratos que harían perder el juicio a cualquier debutante joven deseoso de pegar el gran salto.

Como Mateo Durán, ese escultor multifacético que interpretó en la miniserie Archivo negro , a Julio Chávez -nacido como Julio Hirsch en una linda casa del barrio de Núñez- hay que conocerlo en etapas, porque es diverso y todo lo que toca adquiere un color profundo, sin matices oscuros, sin máscaras: es pintor, es escultor, es actor, es alumno, es docente, es astrólogo. Es múltiple. Muy distinto de Norman, el gris servidor sin vida propia que compone lleno de sutilezas en la pieza El vestidor , junto a Federico Luppi.

Los críticos, que a él poco le importan, sostienen que con esta caracterización ha alcanzado el mejor momento de su carrera. Que llegó al punto justo, como el mejor vino tinto. Los desmemoriados se olvidan de que guarda en su cuenta corriente trece personajes en teatro, cinco en cine, que le valieron premios internacionales, y escasas intervenciones en televisión.

-Este personaje tiene otras características, viene en un momento en que las cosas me salen sin mucho esfuerzo, encuentro los semáforos en verde. No es mi trabajo más importante, lo que diga la crítica es otra cosa. Creo que hacer La gaviota , de Chéjov, me ha dado más aprendizaje, o hacer Madera de reyes , de Ibsen, o ensayar el Fausto con Augusto Fernandes durante nueve meses fueron experiencias inolvidables... Yo he vivido circunstancias muy duras en el teatro, tengo mucho que aprender, nadie me regaló nada, porque he estudiado toda la vida, y sé que debo seguir haciéndolo.

Llegó al mundo el mismo día del aniversario de la Toma de la Bastilla, un 14 de julio pero de 1956, y a una familia de clase media compuesta por un mal carpintero alemán, pero notable lustrador de muebles que hacía sillas y repisas torcidas, y una auténtica egipcia de El Cairo, hija de un magnate petrolero, de las más eficientes secretarias ejecutivas de la firma Bunge y Born. Le tocó en suerte una infancia protegida por el afecto de su padre y el permanente acoso de sus compañeros de escuela que lo discriminaban por ser judío, que lo hostigaban porque no jugaba al fútbol, ni cambiaba figuritas, porque no tenía amigos ni más aliados que él mismo.

-Era un chico anormal, siempre tuve dificultades por ser extremadamente suceptible. No recuerdo que la gente fuera linda y buena. Al revés: comprobé que puede ser maligna. Tenía arranques de justiciero cuando veía que la maestra hacía diferencias, lloraba a los gritos preso de mi temperamento y mi poca cabeza. Tenía graves problemas de conducta, hasta que una vez la llamaron a mi madre para que me mandara a un psicólogo. Fui, pero no cambié. Mi infancia fue muy dura, pero me quedé en el colegio porque entendía que era lo que me había tocado, tenía que aceptar y resolver solo mi problema. Sin embargo, puedo decir que he tenido una infancia interesante, sin escape social: no salía, no participaba en comunidades judías, no iba a fiestas, no festejábamos Navidades. Recuerdo que mi casa era hermosa, era mi hogar. He comprobado que entonces la veía enorme, pero en realidad hoy cuando paso por la vereda de enfrente la veo pequeña. Tengo la fantasía de volver a comprarla y, muy de vez en cuando, llamo por teléfono para ver si alguien atiende. Hasta la última vez el número no había cambiado. Por supuesto, no contesto, cuelgo... No sé por qué llamo, no es nostalgia. Son como ráfagas del tiempo, recuerdo olores, colores...

Su primera aparición en teatro fue en ocasión de un acto escolar el Día de la Raza, cuando tenía diez anos y le tocó hacer de marinero segundón de Cristóbal Colón, y aunque su guión era más que breve, (tres palabras): Es cierto, cielo, agua, y el fondo del mar , le sirvió para que el vicedirector de la escuela al fin le encontrara alguna virtud a ese alumno fastidioso. Háganlo estudiar teatro a ese chico . Tenía una profunda necesidad de hablar de sí mismo, de expresarse, pero no encontraba dónde.

Ahora vive en un luminoso departamento donde todos los objetos que lo rodean hablan de él: los cuadros que pinta sobre individuos que miran hacia algún lugar desde el banco de una plaza, libros de Peter Brook, filosofía, la música, el balcón donde maduran quinotos y florecen alargados capullos blancos.

Aunque asegura que no le gusta hablar, el chico difícil que de niño dormía con la luz encendida y jamás iba a ver una película de terror se transforma en un hombre amable y generoso, que se preocupa por la salud de la mamá de Mercedes, su empleada correntina, que tiene noventa años; por Pinkas, su malhumorada gata de ojos azules, que lo vigila desde el rincón donde se esfuma el último rayo de sol de la tarde.

-Cuando cumplí 13 años, decidí ser bioquímico. Entonces mi padre me hizo rendir un examen de ingreso en el Otto Krause. Lo aprobé. Como hace 28 años era difícil entrar, mi viejo estaba orgulloso, siempre aprobaba lo que yo hacía. Pero fue el año y medio más espantoso de mi vida. Yo quería ser bioquímico porque me gustaban los tubitos y el guardapolvo blanco, ni se me había cruzado por la cabeza ser actor o pintor. Pero un día la temible profesora de dibujo técnico, que se la pasaba reprobando, me llamó aparte: Mire, Hirsch, le voy a decir algo por su bien: váyase. Pero no a fin de año, hágalo ahora . No me olvido nunca: al día siguiente era 17 de agosto, feriado, y mi padre leía el diario alemán sentado en el jardín. Me acerqué y le dije: Mañana andá a buscar los papeles porque a ese colegio no vuelvo . Hoy le agradezco a la profesora porque evitamos una catástrofe. Yo ya tenía medio claros mis límites. Me retiré y repetí segundo año libre en el Nacional San Isidro y cuando llegué a cuarto no aguantaba más. No encontraba espacio para desarrollarme, había tratado de tener amigos, de ir a fiestas, nada me venía bien. Todo me chingaba , ya no me interesaba nada: decidí ser actor. Pero quiero aclarar que de muy chico tenía cierta vocación, porque miraba una telenovela que pasaban en Canal 13 con Silvia Montanari y Jorge Salcedo, La cruz de Marisa Cruces . Era terrible, pero miraba a esa familia y no sé, quería estar ahí, dentro de la pantalla.

Después de otras incursiones en los escenarios escolares y unas cortas clases con Alejandra Boero, donde pasó sin pena ni gloria, a los 14 ingresó por primera vez en una institución judía y allí encontró que las barreras se levantaban, que nadie lo maltraba y que nada era tan catastrófico, que podía tener amigos y cosas en común con el resto de la gente de su edad.

-A los 16 fui al Conservatorio Nacional de Arte Dramático y gracias a las reformas de Augusto Fernandes, Agustín Alezzo y Carlos Gandolfo se podía ingresar sin necesidad de tener el secundario aprobado, así que me inscribí. Le avisé a mi padre que sería actor y que rendiría quinto libre. Pero seguía siendo un tipo agresivo, que generaba tensiones, y el primer año en el Conservatorio se hizo cuesta arriba. Mi primer profesor y entrenador de teatro fue Luis Agustoni, que luego me dirigió en la primera obra fuera de la escuela, Vida y milagros , sobre el Lazarillo de Tormes, que hicimos con el Grupo de Repertorio formado por Alezzo. Tenía problemas de relación, era muy competitivo, sabía que no me había subido a un colectivo equivocado, que el trabajo tenía que ver conmigo, pero no podía controlarme. En la evaluación de fin de año, Agustoni fue terminante: O cambiás o no volvés a la escuela.

En esas vacaciones de verano se evaporaron los sueños. Ahora sí tenía todo claro: sería medico y, además, pediatra. En realidad, estaba en la noche más nublada de su vida. No obstante buscó trabajo en la sección administrativa de una clínica privada para procurar calmar la indignación que le había provocado la sentencia de Agustoni. Una noche, mientras repasaba las últimas materias del secundario, la pregunta salvadora lo rescató cuando estaba a un pie de volver a equivocarse: ¿Qué hago yo acá? Regresó al conservatorio con el temperamento aplacado y la decisión tomada de una vez para siempre. Se empleó como cadete en una empresa y continuó cursando de noche.

En 1976 le faltaban unos meses para cumplir 18 cuando su amigo el crítico Néstor Tirri le avisó que el director de cine Juan José Jusid buscaba un actor joven para una película que hasta ese momento iba a protagonizar Luppi y después protagonizaría Luis Politti. No disponía de tiempo para ir al casting , tenía otras obligaciones en la oficina. Pero la suerte quiso que el contador lo enviara a hacer un trámite justo a dos cuadras de donde tomaban la prueba. Dudó. Era casi la hora, vio la cola llena de postulantes... Bueno, ya que estaba no había nada que perder. A los quince días lo llamaron para otra entrevista, le tomaron algunas pruebas y finalmente obtuvo el papel de Willy en No toquen a la nena , su debut en el cine.

-Pero no era tan sencillo. Me pidieron que bajara siete kilos porque el personaje era flaquito. Enseguida me puse a dieta y pasé una semana comiendo manzanas y tomando café. Valió la pena porque ese año gané el premio al mejor actor en el Festival de la Coruña, en España. Ahí empecé a trabajar, y después de ese personaje, me llamaron para hacer cinco capítulos en El amor tiene cara de mujer . Pero fue desastroso, me echaron por mal actor. No sabía resolver cosas técnicas. Era chico, no tenía experiencia ni suficientes conocimientos. Agradezco que me despidieran. Además me di cuenta de que nunca había terminado de entender dónde estaba parado, algo que tampoco sucedió cuando encontré que mi camino era la actuación o el arte. Constantemente vuelve esa sensación de que las cosas no están del todo acomodadas. Me dio trabajo juntar temperamento, emoción, pensamiento. No me ha sido sencillo llegar y adaptarme rápidamente a las circunstancias. Me encanta el trabajo de actor, pero no sé si me gusta actuar. Yo disfruto las dificultades de la actuación, sus problemas, pero siento que no tengo un cartel que diga actor . Puedo pasar años sin hacer nada sin necesidad de estar ahí para decir que vivo. No tengo proyectos, en todo caso el futuro será hacer lo mejor posible el personaje que venga, ver qué puedo hacer conmigo, con mi libertad de crear, con mis conocimientos. Luego no lo sé, hoy mi proyecto es el de persona dedicada al arte. Pasé períodos de incertidumbre en los que me preguntaba qué era lo mío... si pintor o actor.

La pintura lo encontró desprevenido, a los 22, mientras estudiaba teatro, y fue por bocón, asegura, aunque a juzgar por su obra podría decirse que estaba en su destino y que tarde o temprano empuñaría con vehemencia un pincel.

En una reunión, una amiga lo escucho decir en voz alta que le hubiera gustado pintar... y esa misma amiga le prometió presentarle a una profesora. A los pocos días, en un restaurante, se encontró de casualidad con la amiga y la profesora, Nora Dobarro, y después de un intercambio de teléfonos, para evitar descortesías aceptó observar una clase: total, no iría, inventaría cualquier excusa. Pero la profesora necesitaba dinero y lo llamó insistentemente hasta que logró que visitara su atelier, de donde no se fue por ocho años.

-Hoy me parece que ésa fue una de las relaciones más valorables de mi vida. Ella me animó, me dio libertad para crear, y como soy de esos que si no les dan una patada o los echan no se va, pasé horas trabajando en el taller. Fue una época experimental donde probé, probé como un loco, establecí mi primer diálogo con la pintura y los materiales. Usé óleos, arena, investigué otras técnicas. Hasta que un día dije basta, voy a buscar algo estricto y académico que me ayude a ordenar mis ojos, mi cabeza, el color, quiero saber más. Entonces fui a estudiar con otra gran maestra, Elena Visnas, que arrancó desde la manzanita, el jarrón y la sombra, hasta que entendí que el límite es la verdadera antesala de la libertad. La disciplina, el orden, son cosas que aprendí de ella y de Augusto Fernandes, y una vez que esto se comprende, uno advierte que existe un vasto campo para explorar. La necesidad de expresión se fue alimentando de una voracidad por el trabajo: trabajaba, trabajaba, trabajaba incansablemente.

Esa imagen tiene de él su maestra: desbocado sobre las telas. Un gran alumno desesperado por ampliar su visión, muy humilde para aprender del otro, muy ansioso por saberlo todo. Los esfuerzos dieron sus frutos porque adquirió la disciplina suficiente que trasladó a sus oficios, en los que nada queda librado al azar. Recorre las plazas de la ciudad con su cámara de fotos en busca de situaciones en blanco y negro, que luego recorta prolijamente y pega en otro contexto, en otra historia. Dibuja el boceto con la precisión extrema de lo que sus ojos quieren ver, y finalmente, con todas sus herramientas, enfrenta seguro la inmensidad de la tela que lo aguarda despojada, dispuesta a convertirse en la imagen que Julio contempló detenidamente en una plaza de Buenos Aires.

Con la misma delicadeza confecciona los marcos, que parecen como salidos del cuadro, como afectados por el tiempo que transcurre ahí dentro. Por eso es difícil ponerle un rótulo a su trabajo. Los que saben sostienen que su pintura es actual, que ocasionalmente presenta elementos impresionistas aunque las técnicas que emplea no se parecen a dicha corriente. Figuras humanas con vibraciones y que miran a algún lugar indefinido, de colores cálidos y contornos difusos.

En los comienzos retrató a su familia, pero los devaneos del alma lo llevaron a comprar fotos viejas en San Telmo o a pedirle fotos a los amigos y componer anónimos, biografías ajenas. Expuso en galerías porteñas en numerosas muestras colectivas e individuales, llevó su trabajo a Alemania, Caracas y Estados Unidos, donde las críticas lo mimaron e intentaron definirlo, contra su voluntad, que huye de ismos y conceptos estáticos. Allí dijeron que lo suyo tiene la belleza de la pintura europea del siglo XIX, con claras reminiscencias impresionistas y marcados resabios de la escuela de Renoir. Pero sigue siendo un pintor ignoto en Buenos Aires, y lo comprueba cada vez que organiza sus muestras, cuando manda las invitaciones y tiene que aclarar al dorso que es Chávez, sí, el actor. En los vernissages se abraza con amigos sorprendidos que le preguntan: ¿qué hacés acá?

-No voy seguido a exposiciones, pero si tengo que mencionar a un artista puedo hablar de la etapa de los escenarios de Kuitca y la técnica de Guillermo Roux.

Ni con una semana de frenético zapping se lo puede pescar en alguna serie de televisión. Salvo cada tanto, con cuentagotas y en dosis balsámicas.

En Archivo negro no le fue simple construir a Mateo Durán, que en cada capítulo mutaba en un viejo, en una mujer de cincuenta años, en un joven, en un médico. Hubo que sintonizar timbres de voz, matices diferentes, pero las ideas brotaron a borbotones como agua de vertiente. Sin duda su mejor composición. Es quizá por ello que conserva la calma a la hora de elegir qué tiene ganas de hacer en los próximos meses, porque tiene habilidad para rescatar entre los guiones al personaje que le calza justo. Ya sea en teatro, en cine o en televisión, aunque si de algo está seguro, es que no necesita la pantalla chica.

-Económicamente me sostengo con el taller, mi lugar querido que me permite subsistir dignamente y que es muy pleno. Tampoco necesito reconocimientos, es más, me dan pudor. Claro que a todos nos complace alimentar el ego para seguir, pero son apenas unos segundos en los que digo: "Qué lindo lo que hice". Salgo de ese instante y vuelvo a mis estructuras, y estoy repleto. Sigo creyendo que un trabajo es interesante sólo cuando se sabe quién lo dirigirá, quiénes actuarán, adónde va, cuánto tiempo habrá que ensayar. Es una cuestión de táctica y estrategia, puedo equivocarme, pero ante la duda sugiero algún nombre que podrá hacerlo mejor que yo. Puede suceder que la obra esté plagada de dificultades, pero que allí haya algo que me interesa aprender. Algo así me pasó en La gaviota y Madera de reyes , dos espectáculos que hice con Augusto Fernández. En el caso de El vestidor , pensaba que no lo podía hacer. La había leído superficialmente. Además, tengo el no fácil. Pero bueno, la dirige Miguel Cavia, con quien me formé y es una persona que quiero mucho, cosa que influyó mientras leía, no podía sacarme eso de la cabeza. Norman es un tipo muy complejo, y sinceramente creí que no iba a poder componerlo. Ahora me agrada un poco más.

En los reductos culturales, su nombre está de moda. Reniega de eso, no le gusta que lo asocien con algo tan efímero, pero su taller de teatro es desde hace casi cuatro años el sitio donde recalan unos doscientos aspirantes a actor por año. Unos cuantos, encandilados con lo fácil que parece plantarse ante una cámara y lo lindo de pertenecer al ambiente. Se preparan para no tener trabajo. Talentosos sin un talento.

Pero la realidad remite a los hechos y desde que abrió las puertas en el callejón antiguo de la calle Vicente López -hace 18 años- nunca le faltaron alumnos, pese a que no hizo promoción y que mantuvo el perfil lo más bajo posible, cosa de que nada interrumpiera el puro fluir de la docencia, oficio en el que quizá se encuentra más a gusto. Ejerce una fuerte fascinación entre sus discípulos, que lo ven como un tipo insobornable, un peso pesado que jamás aprobará u opinará sobre lo que no tiene calidad, ni alentará a nadie en vano.

-La docencia es muy importante, sobre todo si se transmite algo que se ama mucho. Es grato poder ayudar a una persona a comunicarse y a realizarse en ese campo. Yo he contado con la ayuda de mis maestros, especialmente de Augusto Fernandes, con quien tomé clases 16 años seguidos, hasta el año pasado, cuando decidí cortar. Lo hice simultáneo a mi trabajo de docente porque las necesidades de la gente que entreno eran diferentes de las mías. Yo recorrí un largo camino y ellos apenas comienzan.

Los famosos que están en el candelero se entrenan en su escuela: María Carámbula, Paola Krum, Gastón Pauls, Florencia Raggi, Mariana Arias, la cantante Patricia Sosa. La pregunta obligada no le hace gracia. Más bien parece que le cae ácido el tema. Y es justamente lo que más le irrita, ese preconcepto que ha instalado la sociedad y que, según sus apreciaciones, termina por poner a las modelos y a los galanes como los únicos responsables del arte de la actuación en la Argentina. Es cierto, no puede pasar.

-Son sólo dos modelos, Mariana y Florencia, pero como son muy conocidas dicen que tengo muchas. Ellas ocupan el mismo lugar que el resto y requieren las mismas atenciones. Hay muchos que están y no se los ve, entonces se parcializa todo lo que ocurre. No es noticia del diario, no es nada. Mi taller es de bajo perfil, igual que yo. Lo que pasa es que las veces que escriben notas son siempre referidas a este fenómeno, y mi opinión acerca de lo que pasa con las modelos y demás es que ya les dieron a la prensa mucho de comer y hay que tratar de analizarlas desde otro lugar. De lo contrario, es muy facilista. Son críticas superficiales e ignorantes que no hacen bien a nadie. Cuando Audrey Hepburn empezó a trabajar en el cine era modelo, y alcanzó papeles formidables. Con esto no quiero decir que las cosas estén bien, pero si vamos a hablar sobre los actores que están funcionando bien...

Cuando regresa a su casa, recupera la sensación de seguridad que pierde cuando camina por la calle, donde se vuelve temeroso de la violencia, de la velocidad, de todo lo que está fuera de su hábitat. Ha viajado pero nunca con espíritu aventurero, y se ríe cuando cuenta que puede ir durante años a la misma confitería sin añorar conocer otra.

-No soy un dechado de virtudes ni nada, pero soy temeroso del otro. Si no conozco a la gente, mantengo distancia. Me cuido. Hasta puedo ser agresivo si advierto que intentan algo dañino hacia mí. He mejorado bastante, pero se puede decir que soy un tipo jodido. Será por eso que tengo pocos amigos a los que amo profundamente y por suerte no demandan mucho: Luly, Tommy, Ricky, Roxana y Facundo; no quiero olvidarme de nadie.

Una vez por semana se reúne con amigos y un profesor de filosofía para leer a los grandes pensadores. También se recibió de astrólogo, y aunque no vive del oficio es capaz de hacer una carta natal con máximas posibilidades de certeza. Nadie duda de sus predicciones. Estudió en Casa Once, la prestigiosa escuela que forma a los astrólogos. Quién sabe cuánto habrán influido en esto sus antepasados egipcios. Lo cierto es que no le hace falta recurrir a los oráculos para saber que anda por la senda correcta, que todas las constelaciones están en su favor. Propuestas no faltan.

Julio Chávez se prepara para su próximo papel, una película que rodará en enero de 1998 Inés Oliveira, una cineasta joven que lo convocó para realizar su opera prima. Está estudiando el guión, pero lo compromete el hecho de que alguien está por desplegar alas y remontar su destino, alguien nuevo, sangre creadora. Eso hay que apoyarlo. Además le gusta el cine, y ve todo tipo de cosas, hasta Terminator o La Roca , donde encuentra secuencias perfectas, historias bien contadas, actuaciones logradas. Con la misma buena voluntad trata de encontrarle una respuesta al programa de Mauro Viale. No hay noche que no lo encienda un ratito.

-Me parece que estoy viendo condensada una manera de pensar, que es la de este país. Las expresiones profundas que exhiben, es realmente un fenómeno... no sé. Veo escenas excepcionales. Si dentro de doscientos años los hombres, que creo todavía van a existir, sacan el tape, van a decir: mirá que loquitos que estaban. No creo que eso sea una involución del género humano. Al contrario, es una evolución. El problema es que no se sabe hacia dónde...

Hace poco salió otra vez a explorar las plazas del barrio con la cámara de fotos, dispuesto a enfocar imágenes nuevas, y le contó a su profesora que quiere pintar naturalezas muertas, y que para eso colocó un ramo de flores en el centro de la mesa ratona del living, justo detrás de El jardinero , un acrílico gigante que pintó el año último. Le gusta estar solo. Ni como excepción asiste a una fiesta o aparece en una foto sorpresa, copa en la mano y RR.PP. al lado, repitiendo whisky para reírse sin motivo.

Prefiere levantarse temprano para trabajar y tener todo bajo control, perfectamente sincronizado en su reloj profesional, al que le exige como el primer día. Nada ha cambiado con los años. Llega al teatro dos horas antes de cada función para ensayar solo antes de subir al escenario. Se para en el medio, modula la voz con un corcho en la boca, recorre el espacio imaginario en el que Norman se desplazará, se concentra en la sala vacía. Sube el telón y allí está el chico temeroso y complicado, que no sabía cómo apaciguar su volcánico temperamento y dejarse llevar por las porfías del arte. Y todo sale a la perfección.

Teatro, cine y televisión: sólo con los mejores

El curriculum vitae del Chávez actor registra saltos en el tiempo, pero se mueve siempre en picos altos. Veamos las cosas que hizo en teatro, y con quién las hizo: en 1977, El cuidador , de Pinter, dirigido por Agustoni; en 1978, El sí de las niñas , con José María Vilches; en el 79, Picnic , dirigido por Hugo Urquijo; en el 80, Homenaje , de Slade, con dirección de Carlos Gandolfo; en el 85, En boca cerrada , con Agustín Alezzo; en 1988, Fausto (Goethe), con Fernandes. Otra vez el director fue Fernandes en el 94, en Madera de reyes , de Henrik Ibsen, y en el 96, en La gaviota , de Chéjov. Ahora, Miguel Cavia lo conduce, junto a Luppi, en El vestidor , de Harwood.

La lista de películas es más breve, apenas cinco, pero siempre de un nivel diferente.

Son ellas: No toquen a la nena (Juan José Jusid, 1976), La parte del león (Adolfo Aristarain, 1977), Señora de nadie (María Luisa Bemberg, 1982), La película del rey (Carlos Sorín, 1986) y Un muro de silencio (Lita Stantic, 1992).

En televisión sus apariciones son todavía más esporádicas. A veces se lo ve en Archivo negro , junto a Rodolfo Ranni, por Canal 13.

Chávez, con tan pocas intervenciones cinematográficas, recibió una cantidad proporcionalmente muy grande de premios y nominaciones a premios por esos films, siguiendo con esa regla según la cual actúa poco pero bien.

Una confidencia: Chávez es un hombre extraordinariamente tímido a la hora de sacarse fotos, y también se niega a adoptar poses que no le gustan, así como se niega a interpretar papeles en los que no cree.

Tal rigor hizo naufragar dos buenas ideas de producción para esta nota. Para una, lo queríamos fotografiar sosteniendo un marco, en el que iría dibujada su propia cara, para mostrar su dualidad actor-pintor. Para otra, sólo le pedimos tres cambios de ropa. La respuesta fue niet .

Marina Gambier

Fotos: Daniel Caldirola

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