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Crónicas del miedo

Diana Fernández Irusta
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27 de febrero de 2018  

"Eso que llaman timidez es, en realidad, miedo". Así, apelando a lo que algún conocido había escrito recientemente en las redes, un amigo me definía. Probablemente también se definía a sí mismo y a una vasta multitud más o menos silenciosa, más o menos taquicárdica: nosotros, los tímidos. Temerosos del éxito, pero también del fracaso; recelosos del tono de la propia voz (un espanto, si se alza demasiado; un horror, si se apaga hasta la nada); gestores de múltiples máscaras que solo buscan atenuar la mueca última, definitiva, a veces odiosa. El miedo.

Si hasta mi abuelo, aquella estampa familiar de la guerra española, fusiles, mano dura y orgullo bélico, se confesó alguna vez apocado e inseguro. "¡Esa timidez te va a arruinar la vida!", me decía al recrear la frase que durante cierta jornada le habría dicho a él, jovencísimo exminero devenido militar, un superior del ejército de la República. Era extraño cómo en el relato de la épica guerrera se introducía esa otra épica, mandato y gloria del inmigrante: el ascenso social. Y otra vez el miedo, hiriente como un dardo envenenado. Por supuesto, faltaba más: pánico a defraudar.

Tuvo que ser una voz de tono castizo, impregnada de tantos giros conocidos, la que, hace unos días nomás, me despertara el volcán engañosamente apaciguado de los miedos continuos. Albert Pla, catalán, músico y actor. Una hechizante puesta en escena multimedia. Una obra teatral con un nombre que lo resume todo y no necesita aditamentos: Miedo.

El sábado pasado, el Teatro Regio rebosaba. Éramos muchos -lo han venido siendo, al menos desde enero, cuando se presentó la obra- los que aceptamos el desafío: 80 minutos de inmersión en las tinieblas. Cerca de hora y media de mirar de frente eso que buscamos disimular, con una y mil piruetas, día tras día. "El mayor de los miedos es, en realidad, el miedo a la vida", dice el artista en un pasaje especialmente álgido. Que te recontra, Pla, dan ganas de retrucarle.

Me habían hablado del trabajo del dúo de artistas argentinos Mondongo en esta puesta. Efectivamente: el ensamble con las oscuridades visitadas por el catalán es demoledor. Todo resulta un poco barroco, y está muy bien. Porque las pesadillas son eso: una maraña recargada, densa y personal. Pla se sumerge -y nos sumergimos con él- en las obras digitalizadas de los Mondongo; por momentos, el escenario multiplica dimensiones, ascensos y descensos, retratos y alucinaciones. Cada tanto, el humor permite un respiro. Respiro relativo. Humor negro, negrísimo.

Más que enciclopédicos, los horrores en los que bucea Pla se hunden en la intimidad. Se diría que el relato que va armando es el de un hombre-niño eterno, anclado en los pánicos iniciales. Hay una muñeca que se revela siniestra y se desdobla en fantasmas y paredes con vocación caníbal (otra vez, los recuerdos: ¿quién, de chico y por la noche, no cerró con fuerza los ojos, aterrado de abrirlos y descubrir que tal peluche, tal muñeco de trapo, eran la suma del horror?). Hay unos padres que apenas son ecos y ausencias. Hay una madre terrible, a la que se añora y se teme y se busca y se revela -también ella, también ella- monstruosa. Hay, en fin, un niño asustado que deviene hombre aterrado. Y cree vencer sus espantos el día en que lo mandan a una guerra, en un país tan distante que poco importa, donde puede solazarse en matar? niños. Porque lo de Pla es brutal y oscurísimo y feroz. Especialmente cuando lo que cuenta se escucha con fondo de melodía infantil.

El monstruo soy yo, nos dice, con su modo desenfadado. Y nos cede, gentil, la posibilidad de asumir el "nosotros". La catarsis dudosa: que cada quien haga lo que pueda con sus propios fantasmas. La sospecha: quizás, en el fondo, los seres humanos no seamos más que un enrevesado compendio de miedos, cada cual en busca del gesto que los haga más soportables.

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