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Viajes

Dejó su trabajo en un hotel de Palermo para instalar casas del árbol en Uruguay

Valentina Ruderman
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5 de marzo de 2018  • 00:57

En Uruguay el tiempo pasa muchísimo más lento. Quizás eso es lo que más nos gusta a los argentinos que después de un par de horas ahí ya soñamos con comprarnos un terreno para instalarnos del otro lado. Total, estamos "acá nomás" de Buenos Aires. Eso hizo el porteño Martín Rosberg que está completamente instalado en Colonia y hace lo imposible para no tener que cruzar el río por más de dos días seguidos.

Martín tiene 40 años y se define como gastronómico. Básicamente: dejó de estudiar a los 18 años y se metió en restaurantes. El primero fue Harry Cipriani en la calle Posadas, donde trabajó con camareros italianos en turnos de 15 horas, 6 días por semana. Como la mayoría de los suyos, viajó a formarse a Europa. Primero a Londres (en el prestigioso Nobu), después a Ibiza.

Cuando volvió a Buenos Aires trabajó en dos bares. Primero en Memorabilia y después en Mundo Bizarro, donde fue jefe de barra y parte del movimiento de primeros bartenders que cambiaron las reglas cuando Palermo Soho se llamaba Palermo Viejo. "Reemplazamos el jugo artificial por el natural y alcoholes argentinos por importados. Armamos carta de clásicos. Era muy común servir Manhattans, Old Fashioneds y Dry Martinis cualquier noche de servicio", detalla.

Su vida actual se parece bastante poco a estos días y noches atrás de la barra, pero su experiencia se refleja en algunos detalles. Hoy tiene un campo a 20 minutos del centro histórico con vista a un viñedo. Tres perros, uno por cada casa que alquila por Airbnb, una granja y un taller. Pero faltan un par de años para llegar a 2018.

La vuelta definitiva

Volvió a emigrar a fines de los 90 y ahí conoció a Carolina, que estaba de gira con sus tangos. Él pasó por otro par de restaurantes en Barcelona y al año decidieron volver, "queríamos armar una familia cerca de los afectos".

Al principio armó negocios inmobiliarios y una feria de vinos hasta que se embarcó en su primer gran proyecto. "Busqué un lote en Palermo, armé un plan de negocio, busqué inversores asociado con mi padre y diseñé Fierro Hotel. En esos años también estudié el programa de Real Estate de la Universidad de San Andrés y el de Desarrollo Directivo de IAE, como para formarme un poco en desarrollo de negocios", explica.

Un año después de la apertura del hotel, se mudó a la chacra en Colonia (en mayo la vieron y en enero se instalaron) y siguió viajando a Buenos Aires por 3 o 4 días a la semana. Ahí fue cuando, alquilando un dormitorio para turistas, se dio cuenta del interés que tenía la gente de todo el mundo por el destino.

Superhost

"Empezamos a pensar en qué tipo de alojamiento nos gustaría a nosotros para pasar unos días en Colonia y ahí surgió la idea de las casas del árbol. Pensamos que podrían llegar al niño que todos tenemos dentro, ese que quería tener una casa del árbol pero no tenía lugar, o árbol disponible", cuenta Martín, quien con Carolina maneja dos casas del árbol y una casita de 44 metros cuadrados (su ex casa) a través de Airbnb. Entre las tres propiedades ya tienen más de 500 estadías y reseñas positivas en dos años.

Las dos "casas del árbol" están alejadas del suelo como las del Delta y fueron construidas por un arquitecto uruguayo que hizo casas en Hawai. Las dos tienen dos pares de hamacas (paraguayas y columpios), cocina completa y vista bien verde.

Eligieron la plataforma, en la que aparecen primeros cuando se buscan alojamientos en la zona, porque les permite relajarse y ser buenos anfitriones. No hay que lidiar con pagos, garantías o cancelaciones, de todo se ocupa la página.

Con ese afán hospitalario Martín empezó a hornear panes a leña, "quería darle algo a nuestros huéspedes que fuera único". Y los recibe a todos, sin excepción, con un pan enorme y perfecto que le llevó varios años de investigación. También está desarrollando una huerta (con unos tomates espectaculares que se hicieron virales) y pronto tendrá un gallinero para poder compartir huevos con quienes alquilan las casas. Agrega: "El próximo paso es el de los quesos, en principio para nosotros pero no descarto compartir con huéspedes. Estoy estudiando la técnica tradicional de David Asher, autor de The Art of Natural Cheesemaking".

La casa de la familia, donde vive la pareja con sus dos hijos de 10 y 12, está a una distancia ideal de las casas, separada por un tanque australiano que funciona de amenity. Esto permite una relación cercana pero no invasiva con los invitados. Muchas veces terminan tomando un vino o hasta cenando con los invitados. Mientras, sus chicos crecen lejos de la neurosis porteña, van a la escuela pública, hacen inglés y básquet, ayudan con la huerta y "veremos ahora cómo se llevan con las gallinas...si quieren ayudar".

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