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Antártida, el misterio de hielo

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11 de mayo de 1997  

Es la medianoche. Los potentes reflectores del rompehielos se encienden. El haz de luz denuncia que afuera está nevando y el segundo oficial mira el termómetro del puente que marca 23 grados bajo cero. El capitán gira instrucciones y comparte un café con el resto de los oficiales. La voz del radioperador de la Base Esperanza suena alegre en el VHF por el arribo del buque cargado de caras nuevas, cartas y noticias. "Hace algunas horas que los estamos esperando -dice emocionada la voz-; nadie pudo pegar un ojo".

Los aparatos de la aviación del Ejército y la Armada llevan combustible, alimentos y vehículos, para dotar a la base de las cosas necesarias para los próximos doce meses. El esfuerzo puesto en cada campaña antártica ha hecho posible una presencia ininterrumpida desde 1904, cuando la Argentina inauguró la primera base en las islas Orcadas.

La Antártida es un mito para la mayoría de los argentinos. Para los científicos, es una caja de Pandora que atesora secretos. Un verdadero desafío a la hora de preparar las valijas y pensar en pasar todo un año trabajando, en medio de la nada, a 5000 kilómetros de Buenos Aires.

Desde la puesta en vigor del Tratado Antártico, la actividad científica tomó un auge sin precedentes cuando los Estados firmantes del tratado reconocieron la importancia de esta actividad universal por encima de las pretensiones territoriales. Eran tiempos distintos; corrían los años de la guerra fría y los Estados Unidos propiciaron la firma del tratado para frenar una supuesta estrategia soviética de instalación de misiles nucleares en la región. Así se congelaron las aspiraciones de muchos países -entre ellos la Argentina, Chile e Inglaterra.

La Antártida es cada vez más codiciada por su posición estratégica, el krill, los minerales y la posibilidad de que existan grandes yacimientos de petróleo y de piedras preciosas. Es el reservorio de agua dulce más grande del mundo. Si se derritiera todo el hielo de la Antártida, ciudades como Nueva York y Buenos Aires quedarían bajo 70 metros de agua. Si hoy se empezara a tomar el agua de la Antártida en todo el mundo, ésta se agotaría sólo dentro de un millón de años.

El rompehielos Almirante Irízar es el encargado de llevar a todo el personal científico y militar a la Antártida. Durante el invierno, el buque permanece en el puerto de Buenos Aires. Cuando llega diciembre, sus bodegas y camarotes salen repletos hacia el Sur para realizar la campaña antártica que es rigurosamente diseñada durante un año por miembros del Estado Mayor Conjunto y de la Dirección Nacional del Antártico, ente que se encuentra bajo la órbita del Ministerio de Defensa.

El buque zarpa de la Capital rumbo a Ushuaia y durante seis días de navegación por las costas atlánticas suele realizar tareas de control de pesca junto con aviones de la Armada enlazados por medio del Sico-2000, moderno sistema de comunicaciones por satélite y fibras ópticas.

Ushuaia se convirtió en la principal puerta de entrada a la Antártida. En 1990 se iniciaron las obras de construcción del puerto y el nuevo aeropuerto internacional, que próximamente será habilitado con capacidad para tres Jumbos. Nada mal para la ciudad más austral del mundo, que recibe la visita de miles de turistas ávidos de aventuras patagónicas. Desde su puerto zarpan hacia la Antártida 120 cruceros todos los veranos.

En 1998 se inaugurará el nuevo puerto, donde las embarcaciones deportivas, los cruceros y el rompehielos podrán reabastecerse con mayor rapidez para dar el salto final a la Antártida, ubicada a sólo 1000 kilómetros al sur del cabo de Hornos. Esta privilegiada posición geográfica le da a Ushuaia la ventaja de estar a doce horas menos de navegación que su principal competidora, Punta Arenas, en la vecina Chile. La capital fueguina lidera las ventajas para la navegación marítima y aeronáutica de las ciudades del mundo consideradas puerta de entrada a la Antártida: Chistchurch (Nueva Zelanda), Hobart, Tasmania (Australia), Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y Punta Arenas.

A dos horas de navegación desde Ushuaia, pueden observarse las luces de un pueblito llamado Puerto Williams, en la isla chilena de Navarino. Cerca de esta zona está la primera estancia establecida en Tierra del Fuego: el establecimiento Harberton, que sirve deliciosos tes y tortas galesas. El canal de Beagle, majestuoso y sereno, va desapareciendo frente a las islas Picton, Nueva y Lenox. El barco se dirige hacia mar abierto, el cabo de Hornos se divisa a la derecha y comienza el cruce del Pasaje de Drake, conocido por sus tempestades.

"Agárrense de las mesas", grita uno de los camareros. Mientras trata de servir el almuerzo, ruedan al piso platos y cubiertos.

La lectura del radar también es confusa y muchos marinos, periodistas y personal científico permanecen descompuestos en sus camarotes. El Drake parece un mar de aceite y los témpanos, mudos guardianes de la Antártida, dan la bienvenida.

El rompehielos Almirante Irízar no transporta turistas y sirve sólo para reaprovisionar las bases y prestar servicios de sanidad, bienestar y apoyo a la ciencia. Mantenerlo en actividad le cuesta al país casi 50.000 dólares por día. Nació en los astilleros finlandeses, costó 200 millones de dólares y llegó a la Argentina en 1978, para reemplazar al legendario rompehielos General San Martín. Tiene una capacidad para transportar 15.000 toneladas, 121 tripulantes y es capaz de romper bandejas de hielo de hasta 6 metros de espesor.

Una buena caminata por sus pasillos equivale a atravesar cerca de 120 metros a lo largo, si se quiere ir de proa a popa. A bordo, las instalaciones van desde modernos comedores hasta gimnasios, sauna, biblioteca, estafeta postal, cantina y una improvisada cancha de fútbol que se utiliza cuando no hay carga en una de las bodegas.

La vida en las bases está limitada por la geografía y el clima. Los tiempos modernos trajeron el teléfono, el fax y la televisión por satélite. Pero nuestro país no está solo. Ejemplo: en la isla 25 de Mayo, donde se encuentra nuestra Base Jubany, la Argentina comparte esa pequeña porción de territorio con las bases de Chile, Brasil, China, Corea, Rusia, Polonia y España. El Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Dirección Nacional del Antártico tienen sus propias bases, desarrollando diferentes tareas.

En la Base Esperanza del Ejército Argentino, al norte de la península y una de las más visitadas por los cruceros turísticos, la actividad científica está acompañada por la presencia de siete familias y cerca de 50 militares que ayudan al mantenimiento. Atienden a los turistas, el correo, la radioestación y operan LRA36, Radio Nacional Arcángel San Gabriel.

En Esperanza nació el primer bebe de la Antártida, un argentino. Ese joven cumplirá 20 años este año. El primer casamiento se produjo en esta base y la única capilla reconocida por la Santa Sede es San Francisco de Asís, donde todos los domingos el capellán Enrique Saguier oficia una misa para los habitantes.

También fue en las inmediaciones de Esperanza donde, a principios de siglo, los integrantes de la expedición sueca de Otto Nordenskjöld naufragaron en sus heladas aguas y llegaron en un témpano hasta sus costas para sobrevivir un duro invierno comiendo pingüinos, pescados y bifes de foca, con temperaturas inferiores a los 50 grados bajo cero. Los restos de la choza de piedra de estos aventureros, que fueron rescatados en 1903 por la corbeta Uruguay al mando del capitán Irízar, se pueden apreciar junto a la base.

En Esperanza, las clases comienzan una semana más tarde que en el continente, cuando ya los cruceros se fueron, pero los chicos, a la espera de las clases, mientras tanto juegan con la nieve y sus trineos, entre una colonia de 150.000 parejas de pingüinos Adelia que está en el sector.

La parte posterior de la base es un valle lleno de milenarios vegetales petrificados de la era del jurásico, donde se pueden encontrar plantas y animales fosilizados cuando el terreno no está cubierto por la nieve y el hielo. Este sector es virgen y está controlado por los científicos argentinos para evitar que los turistas se lleven como recuerdo verdaderas reliquias.

En la escuela estudian chicos entre los 7 y los 16 años. Los sábados por la noche toda la dotación de la base y las familias abandonan sus deberes y se reúnen en el rancho de oficiales para comer pizza y empanadas. Bailan, cantan y juegan al pool.

Como en la Antártida no hay puertos ni muelles donde puedan amarrar los barcos, los turistas desembarcan de los cruceros en gomones y lanchones hacia Puerto Moro, pequeño desembarcadero de Esperanza. La actividad turística llega a la Antártida acompañada de una agresiva campaña de promoción encarada por empresas privadas y el Gobierno, que traen todos los veranos 15.000 turistas que llegan a pagar hasta 20.000 dólares para pasar 15 días navegando.

Según el guardaparque Alejandro Caparrós, "los turistas han traído nuevos problemas que estamos tratando de resolver". El impacto humano sobre las colonias de pingüinos es uno de los problemas resueltos por las bases argentinas.

La base más conocida en la Argentina es Marambio, aunque esa fama se debe -principalmente- a que es el único aeropuerto argentino por el que se pueden hacer evacuaciones sanitarias y apoyo aéreo al resto de las bases, estaciones y destacamentos distribuidos en una superficie de un millón y medio de kilómetros cuadrados. Marambio fue hasta hace algunos años el centro recolector de datos meteorológicos por excelencia.

Inaugurada en 1951, Marambio se encuentra sobre las alturas de una isla en el mar de Weddell y casi siempre la cambiante meteorología la castiga con bancos de niebla o mufa marina que hacen imposible el aterrizaje de los aviones Hércules de la Fuerza Aérea Argentina. Ni siquiera la aproximación por instrumentos ha dado buenos resultados a la hora de sortear los caprichos de la naturaleza; caprichos que le cuestan en combustible al país 15.000 dólares por vuelo cada vez que el avión se acerca a la base, no puede aterrizar y tiene que regresar al continente.

Desde Marambio, la Antártida se ve diferente. La dotación tiene facilidades de aeromovilidad, reciben frutas y verduras frescas todo el año y las cartas llegan primero a esta base antes que a las otras.

Marambio es una leyenda en la historia antártica argentina. Y esto fue gracias a la activa participación del Servicio Meteorológico Nacional que, dependiente de la Fuerza Aérea Argentina, logró centralizar toda la información meteorológica recabada por los operadores que invernan en las seis bases activas durante todo el año.

Más de 300 profesionales, distribuidos en 1200 estaciones meteorológicas desde Jujuy hasta la Antártida, integran hoy este servicio. En la era de las mujeres, no es de sorprender que Moira Romain, una joven meteoróloga de lacios cabellos castaños, sea la directora del centro Vicecomodoro Marambio. Romain, que fue la primera meteoróloga argentina, trabaja durante algunos días del verano en la base y el resto del año en Buenos Aires, donde se encarga de coordinar la recepción y distribución de los datos proporcionados sobre el ozono, la física de la atmósfera, la contaminación ambiental, la interpretación de imágenes satelitales.

Marambio fue el primer centro en alertar sobre el desprendimiento en 1986 de un gigantesco témpano de 3800 kilómetros cuadrados; una superficie similar a un triángulo de tierra que abarcaría Buenos Aires, Ezeiza y La Plata. Este témpano navegó durante cinco años hasta la altura de Mar del Plata, donde el calor lo fracturó en varios pedazos, ocasionando serios problemas para los pesqueros que faenaban en el sur argentino. El Servicio Meteorológico Nacional trabaja las 24 horas en las bases antárticas Orcadas, Esperanza, Marambio, Jubany, San Martín y Belgrano II.

Rodeada de glaciares y bases extranjeras, Jubany -base científica de la Dirección Nacional del Antártico, en la isla 25 de Mayo- es el centro de la principal actividad científica argentina en el Continente Blanco. La bahía Plotter, cuyas aguas bañan las costas de la base, es un rico escenario marino. Carpinteros, mecánicos, electricistas y meteorólogos se suman a la tarea del mantenimiento de este sitio donde todos los veranos viven cerca de 100 científicos, hombres y mujeres, para desarrollar investigaciones en el área biológica. El acceso está vedado al turismo.

Cuando el médico escocés William Bruce fracasó en su intento por llegar al sur del mar de Weddell, regresó a las islas Orcadas y montó un observatorio meteorológico y una vivienda para pasar el invierno. En el verano de 1903, Bruce penetró en el Weddell libre de hielos con el ballenero Scotia y navegó a Buenos Aires, donde le vendió todas las instalaciones al gobierno por la ridícula suma de 5000 viejos pesos. El gobierno británico jamás perdonó esta acción de un súbdito escocés, pero la expedición de Bruce era una empresa privada y la Argentina pasó a convertirse en el primer país en tener una base permanente en la Antártida. En febrero de 1904 llegó la primera dotación argentina. Hasta 1950, funcionó en las Orcadas y en el puerto de Grytviken (islas Georgias) un observatorio meteorológico que dependía de la Fuerza Aérea. Terminada la Segunda Guerra Mundial, las instalaciones pasaron a manos del Ministerio de Marina, que hoy comparte la misión de permanencia con una rica actividad científica. Dotada de las mismas facilidades de comunicación, la Base Orcadas es una de las seis que operan permanentemente y cerca de 20 personas integran la dotación que se rota anualmente.

La Base San Martín, del Ejército, fue inaugurada en 1951. Su tripulación llegó gracias al transporte del buque Santa Micaela, de la empresa Pérez Companc, convirtiéndose por muchos años en la base más austral del mundo. No hay nada más hermoso en la Antártida que el marco natural que ofrece esta base. Reproducir en palabras la geografía que rodea a San Martín es imposible. Las playas son golpeadas por toneladas de hielo que se desprenden de un glaciar ubicado a 200 metros del islote Barry, donde se encuentran las instalaciones argentinas. Con el raquítico presupuesto, la Base San Martín permanece aislada y sólo se llega una vez al año en el rompehielos Almirante Irízar, cuando se hace la rotación del personal.

Los ingleses acaban de construir un aeropuerto con tres tamaños diferentes de rocas para que no se congele la pista de aterrizaje; utilizan aviones Dash y Twin Otter para ofrecer una servidumbre de paso, asistencia médica y logística a quien la necesite. Invirtieron más de 20 millones de dólares en infraestructura, dentro de una agresiva política de proyección antártica. Desde la finalización de la Guerra de Malvinas, estas islas se convirtieron en el principal centro de operaciones del British Antartic Survey (organismo que regula las actividades antárticas de ese país), hecho que los científicos británicos han agradecido en forma burlona bautizando a su sede principal en Londres con el nombre de Galtieri.

Construida sobre un nunatack (saliente de rocas) la Base Belgrano II, sobre el Polo Sur, es el principal centro de observación y estudio del agujero de la capa de ozono. Con equipos españoles e italianos, los científicos argentinos monitorean la dinámica del ozono, que tiene su punto más crítico durante septiembre y octubre, cuando la dotación se previene de la radiación solar. Rodeada de miles de kilómetros de hielos en movimiento, la base es uno de los destinos turísticos más caros y exóticos del mundo. Cada dos años, una compañía canadiense organiza tours para el mercado japonés, ofreciéndole por la módica suma de 30.000 dólares a cada pasajero la posibilidad de viajar en avión desde Punta Arenas para ver la colonia de pinguinos Emperador y disfrutar de las misas que se ofician todos los domingos bajo las grutas de hielo donde la dotación ora a la Virgen de las Nieves, a la Virgen de la Medalla Milagrosa y a la patrona de la Antártida, la Virgen de Luján.

Estas grutas nacen gracias a la incesante búsqueda de hielo que luego derretirán para obtener agua y suplir las necesidades básicas y sanitarias de la dotación.

Además de estas seis bases argentinas, nuestro país mantiene 8 bases más que se abren durante el verano para continuar con investigaciones, sobre todo en el área biológica. Las bases Brown y Primavera reciben la visita de ballenas, orcas, petreles, focas y medio centenar de aves marinas. Es uno de los lugares preferidos de los turistas que llegan en gomones a las costas y son cordialmente invitados a probar un café por la dotación argentina.

Un presupuesto insuficiente

Desde la puesta en vigor del Tratado Antártico, firmado en Washington el 1º de diciembre de 1959, las reclamaciones por la soberanía quedaron congeladas y parecería, para los más pesimistas, que la Antártida no es de nadie. Pero la realidad es diferente para países como Inglaterra y Chile, que ven en la península antártica (parte del territorio que también reclama la Argentina) una futura fuente rica en minerales, agua dulce y energía. La Argentina toma para su proyección antártica las coordenadas del punto más oriental y occidental de todo el territorio. Con los sucesivos tratados limítrofes con Chile y tras la Guerra de Malvinas, el mapa no parece prometer buenos augurios.

La ley 15802 ratificó el Tratado Antártico en 1961, y en 1990 el presidente Menem le dio un nuevo marco legal para afianzar nuestros derechos de soberanía en el Sector Antártico Argentino a través del decreto Nro. 2316/90 que define la Política Nacional Antártica. El decreto reconoce la importancia del Tratado Antártico, firmado por más de 38 Estados, y tiende a incrementar la influencia argentina en la cooperación latinoamericana. Para lograr los objetivos, la Dirección Nacional del Antártico, el Instituto Antártico Argentino, el Comando Antártico del Ejército, la Fuerza Naval Antártica y la División Antártica de la Fuerza Aérea Argentina contaban hasta el año último con un presupuesto cercano a los 20 millones de pesos. Algunos laboratorios de investigación no cuentan con los materiales necesarios para continuar con las mediciones, y las investigaciones que se vienen desarrollando ininterrumpidamente desde hace más de 20 años están en peligro.

En los años setenta, las bases contaban con provisiones para tres y hasta cuatro años. Hasta 1994, las bases permanentes podían contar con dos años de alimentos y combustible. Pero en 1996, las bases apenas llegaron a los elementos necesarios para pasar sólo doce meses. El presupuesto se redujo a 11 millones de pesos, casi un 50 por ciento menos, en momentos en los que países como Chile y Gran Bretaña aumentan su influencia en la Antártida.

El sesenta por ciento del presupuesto se va en combustible y el resto hay que repartirlo entre sueldos, bienestar, logística, alimentos, herramientas, vehículos y mantenimiento. Hasta el año último más de 250 científicos trabajaban en el Instituto Antártico. Cerca del 55 por ciento fue despedido a causa del recorte presupuestario.

Con el actual presupuesto antártico, cuando llegue diciembre no habrá suficiente dinero para realizar la campaña de 1998. Solamente se podrá utilizar el buque y un par de aviones Hércules para rescatar al personal que estuvo invernando durante 1997. Entonces se habrán acabado cien años de permanencia ininterrumpida en el continente antártico, las investigaciones en las que la Argentina lleva la delantera quedarán tronchadas y los espacios en blanco serán ocupados por los países que compiten con el nuestro.

Fotos: Fernando Skliarevsky

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