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Un embrión no es equiparable a un ser humano

Lino Barañao
Lino Barañao PARA LA NACION
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28 de febrero de 2018  

Un punto central en el debate sobre la despenalización del aborto radica en establecer si es o no equiparable a un homicidio. Quienes optan por la afirmativa suelen sostener que la ciencia ha determinado que la vida humana comienza con la concepción, lo cual es cierto. Lo que no es cierto es que el concepto de vida humana y persona sean equiparables.

Se puede trazar un paralelismo entre el debate sobre la aparición del ser humano como individuo y aquel acerca del surgimiento de la vida humana sobre el planeta. Durante siglos se adhirió a una visión instantaneísta, en la cual los primeros humanos surgieron como un acto de creación divina. Actualmente la propia Iglesia Católica ha reconocido que la especie humana es producto de la evolución, es decir que los seres humanos provenimos de seres que no consideramos humanos. Así, dado que no existe la generación espontánea, podemos establecer una línea continua que une nuestras vidas con las de individuos iguales a nosotros que vivieron hace unos 100.000 años. Pero si continuamos retrocediendo en la misma línea, llegamos a homínidos similares a la famosa Lucy, hace dos millones de años; a los primeros mamíferos, hace 65 millones de años, y a las primeras células vivas, hace 3500 millones de años.

Esta historia evolutiva de nuestra especie se reproduce durante el desarrollo embrionario, desde una célula primordial hasta una criatura que nace, pasando por estadios muy similares a los embriones de otras especies.

Se ha afirmado que toda la información correspondiente a un individuo se encuentra presente en un óvulo fecundado. Esto no es cierto. La única información presente es la secuencia en el ADN. La información es una medida del orden o la complejidad y aumenta exponencialmente durante la gestación. Somos conscientes de esta diferencia. El ADN de un ave está presente en el huevo. No obstante, no tenemos problemas en hervir un huevo recién puesto pero no herviríamos uno incubado por 21 días, y menos aún un pollito.

Basado en esta evidencia científica, el Comité de Ética del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva propuso, en oportunidad de la modificación del Código Civil, una redacción del artículo 19 que decía que si bien la vida humana comienza con la concepción, las características propias de una persona se adquieren a lo largo de la gestación. A pesar de que esta modificación no fue aceptada, pone en claro que para los especialistas, durante las primeras etapas de la gestación, un embrión no es equiparable a un ser humano.

Esta postura es compartida por la mayoría de los países que han despenalizado o legalizado la interrupción del embarazo, estableciendo límites temporales coincidentes por ejemplo con la aparición de una actividad cerebral detectable. Está claro, no obstante, que aun cuando no sea considerado un delito, un aborto es una experiencia extremadamente traumática para una mujer. Despenalizarlo no implica promoverlo como método de control de la natalidad.

La ciencia ha contribuido a otorgar a las mujeres el derecho a una maternidad responsable. Es decir, asegurar que no haya embarazos no deseados, particularmente en edad temprana, y que aquellas mujeres que deseen procrear puedan hacerlo más allá de los límites impuestos por una fisiología reproductiva que surgió como adaptación a una expectativa de vida muy diferente de la que gozan actualmente. La biología de la reproducción ha provisto las herramientas, pero resta todavía un considerable trabajo de las ciencias sociales para que el fundamentalismo no impida el acceso a aquellas.

Soy consciente de que estos argumentos no cambiarán la opinión de quienes ya tienen una posición tomada. Esto se debe al fenómeno de cognición cultural descripto por Dan Kahan, del Departamento de Leyes de la Universidad de Yale. Según este autor, en temas controversiales, los individuos suscriben o no a una aseveración de acuerdo con lo que consideren que los acerca o los aleja de la pertenencia al grupo con el cual comparten valores. En otras palabras, generalmente nos interesa más la pertenencia al grupo que el valor de verdad de aquello que pensamos. Por eso, es tan difícil llegar a consensos en temas tan complejos desde el punto de vista conceptual y tan ligados a las creencias religiosas o a la cosmovisión de cada grupo como es el tema del aborto.

De lo que se trata, en este caso, es de no usar argumentos pretendidamente científicos para imponer a los demás convicciones propias de nuestra visión del mundo.

Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación; especialista en Biología de la Reproducción

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