El boom de los nuevos cines

(0)
6 de abril de 1997  

Hay proyectos firmes para abrir cientos de salas en todo el país. Algunas se inaugurarán pronto, como para certificar que se acabó la crisis que mostraba Cinema Paradiso. Claro: el monstruo vuelve cambiado, con la onda del shopping, las hamburguesas y las bolsitas de pop corn.

D espués del bajón que sufrió el cine con el cierre masivo y apresurado de tantas salas entre 1987 y 1993, el negocio promete volver a ser brillante. Quedan atrás las imágenes quejumbrosas de dos películas italianas que montaron la nostalgia de la muerte del cine de barrio y de pueblo - Splendor , de Ettore Scola, y Cinema Paradiso , de Giuseppe Tornatore-. Ambos films interpelan la memoria melancólica del espectador, que encontraba en cada fila del cine barrial un fragmento de la propia historia.

La industria cinematográfica, ubicada en el primer nivel entre los inversores norteamericanos, necesita bocas de expendio, los cines, y cuantos más sean, mejor. La confianza se volvió tendencia y se va expandiendo fuera de los Estados Unidos gracias al apoyo de los distribuidores, que cuentan con más películas para estrenar que salas para mostarlas. En la últimas semanas, en Buenos Aires y con motivo de la andanada de títulos candidateados para el Oscar, las compañías admitieron las dificultades para estrenar un film nuevo sin bajar de cartel otro que aún provocaba interés.

Los empresarios consideran que los cines civilizan zonas decaídas y estimulan la tranquilidad de los barrios donde se hallan: con el cine vienen la luz, las colas de espectadores y el movimiento callejero permanente.

"Empezamos a levantar salas en los suburbios de las grandes ciudades -cuenta Brent Redstone, una de la cabezas de la National Amusement International, empresa familiar que está levantando complejos de salas en las provincias de Buenos Aires y Córdoba-, no sólo porque son más baratas las tierras, sino porque los municipios y el vecindario dan muchas facilidades y apoyo en vistas del progreso comunitario que significa un espléndido lugar de reunión en un sitio que parecía muerto."

Hoy mismo, en la Capital, los vecinos del Abasto, al enterarse de que podrían erigir un complejo de multicines donde se hallaba el mercado, sueñan con un mejoramiento de la popular área porteña y hay quienes ya se arriesgan a conseguir buen precio de compradores pioneros para sus todavía decaídas viviendas.

Los nuevos cines no vienen solos: primero, lo hacen acompañados por otros cines, por eso lo de complejos o multicines; segundo, las puertas de las salas dan a un patio de comidas con una variada oferta, desde hamburguesas hasta una sencilla caramelería con máquinas para expendio de gaseosas; tercero, las películas se exhiben en grandes pantallas, con el mejor sonido y en un ambiente alfombrado, con arneses de material plástico para los vasos y la comida, y entre doscientas y trescientas butacas por lo común suavemente reclinables.

El cine vuelve a ser un buen negocio para productores, distribuidores y exhibidores, como antaño, cuando en una o dos calles se apiñaba la mayor oferta de salas. En ese sentido, la calle Lavalle, en el centro de Buenos Aires, es (fue) un verdadero conglomerado del entretenimiento cinematográfico. Otro tanto ocurría en la zona conocida como Cinelandia, en Río de Janeiro. Hoy, esas áreas, siempre populosas, se han vuelto en exceso pobladas de desocupados y, después de cierta hora de la noche, visitadas por mendigos, juntadores de residuos y malvivientes.

Lavalle fue la arteria de los grandes cines de la ciudad. Venir a Lavalle era un paseo de fin de semana para grandes y chicos. "Los sábados por la noche -recordaba no hace mucho Arístides Coll, uno de los artífices de la industria de la exhibición porteña- se tardaba media hora, por Lavalle, para llegar desde Esmeralda a Suipacha." Tanto era el público que salía de un cine y pujaba por ingresar en otro.

Las autoridades municipales tienen una larga deuda con los porteños y con los visitantes de provincias y del exterior que buscan esparcimiento en las zonas movidas. Han dejado caer la seguridad, el orden, la organización comercial, la limpieza y el estilo. Nadie se ocupa actualmente de Lavalle y, lo que es más grave, lo peor de esa arteria ya ha carcomido la cuadra de la calle Carlos Pellegrini que va de Lavalle a Corrientes y está ingresando a paso firme en la otra punta, sobre Florida, rumbo a Tucumán. Los vecinos y comerciantes se quejan de la basura que dejan desde bien temprano los sitios de comida y de la fealdad de ciertos negocios y esquinas (Lavalle y Maipú es un vero ejemplo), pero nadie escucha. Por ahora, la luz del día es un resguardo para trabajadores y paseantes, pero ¿por cuánto tiempo? ¿A nadie se le ocurrió que debería haber recolección de residuos a toda hora o que los restaurantes podrían contar con un depósito de desperdicios obligatorio hasta que el basurero llame a la puerta?

En Lavalle, según las épocas, hubo entre diecisiete y dieciocho salas cinematográficas, todas muy concurridas, algunas muy grandes, tales como el Ocean, entre Esmeralda y Maipú, y el Atlas que, más cerca de Suipacha, es uno de los últimos cines de la gran época inaugurados en esa calle. Pero Lavalle no estaba sola: se hablaba del barrio de los cines , que abarcaba esa calle, pero también un par de cuadras por la paralela Corrientes y por las arterias laterales, especialmente Esmeralda y Suipacha. En esta última, casi pegado a Corrientes, se hallaba el Ideal, uno de los ejemplos de espacio de entretenimientos confortable y bellamente decorado. Allí se estrenó Lo que el viento se llevó . Tras el cierre del Concorde (ex Renacimiento), el Iguazú, el Luxor y el Select Lavalle, los pocos que hoy quedan sobre la calle de los cines están sólo en dos cuadras, entre Suipacha y Maipú. Son ocho, sin contar los Multicines, que exhiben cine condicionado.

El cine Iguazú, cuando todavía gozaba de buena salud

L a caída del Luxor, entre Maipú y Florida, se llevó consigo algunos murales de indiscutible valor artístico, dispuestos con criterio arquitectónico cuando se inauguró la sala, en 1944. Eran unas espléndidas obras pictóricas, con motivos exóticos, de Máximo C. Maldonado y Miguel T. Ocampo, limitadas por molduras curvilíneas. Ocupaban una superficie de 2,50 m por 6 m y, sin que nadie chistara, cayeron seguramente bajo la piqueta que dejó el vacío de un deprimido tinglado comercial.

En el área céntrica de la avenida Corrientes llegó a haber veinte cines. Sobreviven hoy sólo cinco, que suman once pantallas. El Gran Rex y el Opera, uno frente al otro, en Corrientes al 800, se utilizan exclusivamente para recitales o acontecimientos cinematográficos. (En el Gran Rex se hizo la función de gala de Evita , de Alan Parker.)

El Astros se mantiene como teatro de actividad esporádica; el Metropolitan, dividido en dos salas, está dedicado al teatro, lo mismo que el Broadway, de futuro incierto. El Lorca y el Losuar, con dos salas cada uno, realizan siempre una buena selección de películas entre lo poco que los circuitos mayores les dejan aprovechar. El viejo Premier se ha dividido en tres salas, y el Lorange y el Loire son, alternativamente, cine y teatro. Al 2000 de Corrientes habrá que lamentar la desaparición del Cosmos (ex Cataluña, ex Cosmos 70), la sala de la familia Vainicoff, largamente dedicada a los estrenos soviéticos.

Cosa rara, sobre Suipacha, entre Corrientes y Lavalle, donde hubo tres cines (el Suipacha, el Biarritz y el Cinema Uno), volvió a haber tres salas: el Suipacha fue convertido por el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales en el Complejo Tita Merello, dentro del que funcionan las salas Delia Garcés, Mirtha Legrand y Amelia Bence. Según información del Instituto, durante 1996 concurrieron a ese complejo 159.711 espectadores que, con treinta y tres películas argentinas proyectadas, dejaron en boletería la suma de 724.116 pesos, cifra no menuda, pues equivale al monto del crédito que se da a una película de mediana producción.

Suerte menor tuvieron los viejos cines ubicados sobre la avenida Santa Fe hacia Scalabrini Ortiz: no están más el Gran Palais, el Odeon Palace, el Palais Blanc, el Studio, el Palais Royal ni el Gran Norte. En cambio, hay que sumar las dos salas del Alto Palermo Shopping.

Hace tiempo que funcionan los cines montados en los grandes shoppings. Los beneficios que producen son suculentos: las estratégicas puertas de salida conducen inevitablemente hacia los patios de comida.

Hoy, las salas cinematográficas son una columna fundamental en el proyecto de un shopping. A la comida y al necesario estacionamiento se suman los sitios de esparcimiento para chicos, con jueguitos electrónicos, peloteros para los pequeños, toboganes y salones parquizados. En la Capital, el Patio Bullrich añadió cuatro salas a las ya existentes; el Paseo Alcorta duplicó la oferta y hoy suma cuatro pantallas; las Galerías Pacífico reciclaron dos auditorios del Centro Cultural Borges para convertirlos en cines; y en Vicente López, el plan inmediato del Unicenter es abrir un complejo con dieciséis salas. El Tren de la Costa, un paseo-shopping, echó asimismo mano de la atracción de las salas cinematográficas.

C uando Lavalle se convirtió en peatonal, en 1978, el negocio cinematográfico marchaba sobre rieles, aunque no tardó en mostrar señales de fatiga. La prueba de erigir una nueva zona comercial la había dado el buen olfato de los empresarios exhibidores que, sobre el final de 1970, inauguraron el cine América, en Callao casi Santa Fe. Este enorme y confortable espacio, aún intacto, abrió un abanico de posibilidades comerciales para el cine y para otros ramos en las adyacencias.

El América se sumó al Gran Splendid y al Capitol, que venían dando buenos dividendos desde tiempos remotos. Estas salas fueron mejoradas en su aspecto edilicio y, en un acuerdo de los dos circuitos tradicionales -la Sociedad Anónima Cinematográfica (SAC) y la línea Coll-Saragusti-, se levantaron los Atlas Santa Fe y los Santa Fe 1 y 2, sobre la avenida de la que toman sus denominaciones. Aunque hubo intención de levantar otros cines en esas cuadras, hasta el momento no ha ocurrido.

Se cuentan dolorosas anécdotas de presiones violentas que sufrieron algunos empresarios independientes, cuando intentaron poner baza en una zona que tienen por exclusiva los circuitos habituales. A cargo de éstos se halla el proyecto, ya muy avanzado, de continuar el edificio del cine América, en ángulo recto y con salida por Marcelo T. de Alvear, es decir, con una nueva puerta a la vuelta de la esquina. Allí se emplazarían, sobre una imprescindible playa de estacionamiento subterránea, varios cines, que permitirían dejar intactas las características y las dimensiones del América. No lejos de allí se halla el Atlas Recoleta.

La reducción de edificios dedicados solamente a la proyección de películas, paradójicamente, va en contra de otra realidad: sobre Lavalle y gracias a la subdivisión de los viejos cines, hay actualmente veintiún pantallas para ver películas. Más que nunca.

Todos los cines que hay en pie se dividieron en dos, tres o cuatro unidades, cada una con su pantalla, butacas y proyectores; menos el Atlas y el Ambassador, que continúan siendo salas únicas. Por eso mismo, en la jerga de los exhibidores, podemos señalar que "en sólo ocho cines funcionan veintiuna pantallas".

Lavalle congrega multitudes durante las vacaciones escolares. A los espectadores no parece importarles la baja calidad de las proyecciones... sólo se trata de pasar un buen rato

L as subdivisiones de los cines de Lavalle fueron improvisadas con el aprovechamiento de las antiguas secciones pullman y superpullman, cuando no se añaden algunos subsuelos (salas de ensayo y reuniones) y hasta microcines. En cada uno de esos espacios se montó la correspondiente pantalla, pero es común que no haya ascensores, rampas para discapacitados ni salidas de emergencia.

En las salas pequeñas el sonido no es adecuado y la proyección, a veces, da la impresión de ser sólo un poco más grande que la del televisor.

L os multicines aparecieron hace unos quince años, primero en los Estados Unidos, luego en Europa. Los primeros fueron pantallas de escaso tamaño y su destino inicial, por lo común, fue la exhibición de películas artísticas, obras de autor o versiones originales con subtítulos , en territorios donde lo común es el doblaje o sólo se dan películas en la propia lengua.

Que esto último no suene a exótico: frente al Lincoln Center, en Nueva York, se levantan los paquetísimos y modernos (multi) cines Sony-Lincoln; son más de diez en un edificio que parece un dado gigante, todo paredes. En sus enormes pantallas jamás se proyectó una película subtitulada y por los altavoces digitalizados nunca salió otra voz que no hablara en inglés.

En Madrid, los cines Alphaville, en febrero último, conmemoraron con una fiesta sus veinte años de existencia: cuatro salas pequeñas exclusivamente dedicadas al cine de arte, español o extranjero, pero siempre que corresponde, subtitulado.

El Alphaville abrió la compuerta de las versiones originales , jamás soñadas veinte años antes, y hoy es inmensa la oleada de público que concurre a ese complejo de la calle Martín de los Heros, a metros de Plaza de España, no sin antes dejar unas pelas en el bar de vino y tapas que trabaja en el mismo complejo. El ejemplo cundió y en la capital española son bien conocidos los multicines Ideal, los Renoir, los Princesa y los Renoir-Cuatro Caminos.

El ya citado Brent Redstone, hijo y nieto de exhibidores norteamericanos y copropietario de Paramount Pictures a través de Viacom, mira hacia los cines tradicionales argentinos, los muy concurridos de la zona de Santa Fe y Callao y los no menos visitados pero más decaídos de Lavalle, y sonríe drástico: "Me recuerdan los cines que tenían mis abuelitos, tan trabajadores, pero de otro tiempo. Los cines argentinos permanecen como en la época de mis abuelos".

Redstone y su National Amusement International eligieron la localidad de Haedo, en la zona oeste, provincia de Buenos Aires, y la capital cordobesa para erigir sus multicines: catorce salas (3700 butacas) en el primer sitio y doce en el segundo. Ya son un hecho y se inauguran en pocas semanas como parte de un conjunto denominado Showcase Cinemas.

Redstone cumple con sus promesas de modernidad, pero no comprende demasiado al público argentino cuando afirma con desparpajo: "Los argentinos no comen dentro de los cines. Van a comer. Tampoco hablan cuando ven las películas. Los haremos hablar".

Hace un tiempo, un profesor español fue invitado a dictar un curso de varias semanas para universitarios en Resistencia, la capital chaqueña. "¿Dónde está el cine?", preguntó. "No hay cines en esta ciudad", le respondieron.

"Entonces no. Donde no hay cine, yo no puedo pasar ni un fin de semana", contestó, y el curso no se llevó a cabo. Hoy, hay cine en Resistencia y probablemente habrá más.

Los casi 280.000 habitantes del Gran Resistencia permanecieron cerca de dos años sin poder ir a un cine local. En 1995, había cerrado el último. La única alternativa eran los cines correntinos, de los que hoy sólo queda uno. Ese fue el tiempo del reinado de los videoclubes. Para satisfacción de los chaqueños, la situación se revirtió en diciembre último, cuando se abrieron tres salas para trescientas personas cada una, en los recién inaugurados hipermercados de la línea cordobesa Libertad. Se hallan a cinco kilómetros de la capital chaqueña, pero los estrenos son simultáneos con Buenos Aires.

El cierre de los cines en las provincias comenzó a poco de iniciarse la década del ochenta. Es probable que el primer auge de la videocassettera haya tenido mucho que ver, aunque se considera que la incidencia de los videocassettes no se sintió realmente hasta el período 1986-1987.

En el interior, las salas cinematográficas eran producto de la atención artesanal de los propietarios o de las cadenas de exhibidores. Aquellos empresarios eran esforzados creadores que pintaban y recortaban letras y carteles, montaban letreros troquelados en un filete sobre las puertas de entrada, lustraban los mosaicos del hall, ornaban con fotos y afiches las puertas y los primitivos displays, y les daban la mano a los parroquianos. Trabajaban día y noche; durante la mañana decoraban los vidrios y vigilaban la limpieza y, por la noche, echaban llave tras el último espectador. Así todos los días. Estos nobles trabajadores no querían lo mismo para sus hijos y los mandaron a las universidades en las capitales.

Con el tiempo, ya viejo y agotado el exhibidor, no hubo quien lo continuara en la tarea. Los cines, antes que todo, se convirtieron en ennegrecidos salones de pool y billares, o en garajes o playas de estacionamiento cubierto. Algunos religiosos frívolos hallaron sobre el infaltable escenario un sitial de convocatoria. En el mismo sitio, Ava Gardner y Errol Flynn fueron reemplazados por luces de neón y pastores chillones.

N o hay cifras confiables sobre espectadores y entradas vendidas, anteriores a 1979. Ese año concurrieron a los cines, en todo el país, 56.465.283 espectadores (entradas vendidas). Los expertos calculan que la media de público, en la Argentina, debe andar en un cálculo de cuarenta millones de espectadores oscilantes por año y esta cifra se ve de nuevo posible: ésta es la razón por la que inversores locales y extranjeros decidieron retornar al negocio del cine.

La cifra más llamativa de concurrencia de público -63.357.479 entradas vendidas- es de 1984 y se atribuye a varios factores: la reimplantación democrática, la posibilidad de ver películas sin censura, una fe económica apenas ilusoria y la confianza del ciudadano por regresar a la calle. En ese año, Camila , de María Luisa Bemberg, alcanzó la cifra de concurrencia más alta del cine nacional.

Con 915 salas en todo el territorio argentino, en 1985 fueron al cine 54 millones de espectadores. El precipicio se produjo, como dijimos, entre 1986 y 1987, seguro por la difusión del videocassette y el placer de convertir el hogar en una sala cinematográfica. De ahí en más cayó el número de salas y se vinieron abajo las cifras de concurrentes: hoy, la media provisional -en la jerga de los esperanzados inversores- ronda un guarismo que va de diecisiete a veinte millones de espectadores anuales.

La caída, respecto de los buenos tiempos, está a la vista. Si bien el número aproximado de entradas vendidas en 1996 supera apenas los 20.100.000, con 444 pantallas en todo el país, se calcula que, sólo en la Capital, donde las mediciones son más seguras, el aumento proyectado alcanza a un 24,75 por ciento. "Hay que rescatar al público perdido", claman voces llenas de esperanza. Un dato curioso de hoy indica que las 444 pantallas se distribuyen en 304 cines, de los cuales treinta y uno son de exhibición condicionada.

El cine Metro, a metros del Obelisco, es una de las salas con equipamiento sofisticado y ofertas interesantes para el público porteño

La actual tendencia de los espectadores es la de una salida corta, sin alejarse demasiado de casa ni acercarse en exceso al centro de la Capital, donde el estacionamiento de los coches se torna imposible. De ahí el visible éxito de las salas ubicadas en los shoppings del Gran Buenos Aires, que cuentan con lugares para el estacionamiento. Estas salas, sin embargo, igual que otras previstas para funcionar en provincias del centro y norte argentinos, no responden al modelo norteamericano: el patio de comidas y las salas en torno del mismo. Los visitantes del shopping hacen sus compras, llevan a los chicos a los jueguitos, comen allí mismo y luego suben o bajan al cine. El programa de un día completo.

El cine Metro, a metros del Obelisco, es una de las salas con equipamiento sofisticado y ofertas interesantes para el público porteño

U na particularidad de los futuros cines Politeama -a cargo de la empresa Cinemark y de la línea Coll-Saragusti-, en la avenida Corrientes al 1400, donde se hallaba el antiguo teatro del mismo nombre, es que se trata de una vasta playa de estacionamiento subterránea (ya funciona) con seis salas de cine, en construcción, sobre ella.

Esta salida corta les ha dado éxito a los cines que, multiplicados, ya funcionan en dos barrios porteños populosos, tales como Belgrano y Flores. El público de Flores rinde entre un cuatro y un seis por ciento del negocio de la exhibición en la Capital. Flores fue el barrio capitalino que contó con más salas cinematográficas en la época de oro de la exhibición comercial. Llegó a tener trece. Hoy cuenta con diez salas distribuidas en cuatro cines, todos entre el 6600 y el 7000 de la avenida Rivadavia. El crecimiento comercial del área, el mejoramiento de bares, cafés y lugares de encuentro y diversión contribuyó a que los vecinos colmen esos cines y no intenten el viaje al Centro, como en otras épocas. Los habitantes de Flores han vuelto a sentirse pertenecientes a un barrio que los cobija, ofreciéndoles todo lo que necesitan.

Otro tanto ocurre con el vecindario de Belgrano, otra barriada tradicional y poderosa en dinero, que cuenta ahora con cinco cines, dentro de los que caben dieciocho salas para ver películas con buena imagen y mejor sonido.

En otros barrios porteños sobrevive sólo la nostalgia del cine perdido. Palermo contaba con cinco cines, todos muy cercanos a Plaza Italia. Hubo ocho en el área de Boedo: Cuyo, Select Boedo, Los Andes y El Nilo, entre otros. Caballito perdió sus seis cines tradicionales y Almagro, nada menos que ocho. Algunos guardan todavía la fachada, aunque la actividad interna nada tiene que ver con las imágenes cinematográficas. En San Telmo añoran el cine Cecil, con techo corredizo, sobre Defensa, convertido hoy en un mercado de antigüedades. Irónicamente, en donde la cortada Giuffra topa con Defensa, el Cecil mira con cariño hacia la sede de la Universidad del Cine que comanda Manuel Antín. A lo mejor, un día, el ex Cecil y la Universidad se juntan en un proyecto único.

Por su parte, los boquenses observan con asombro las variantes que sufrió el viejísimo cine Dante, primero refugio del pastor Contreras y ahora un local de videojuegos. En San Cristóbal, ven con pena la desaparición del National Palace, inaugurado en 1930, y del Select San Juan, donde funcionan los estudios de Multicanal. En Parque Patricios tampoco están el Urquiza, el Pablo Podestá ni el Rivas.

Hay actualmente sólo unos quince cines de barrio, la mayoría renovados. Caben en ellos treinta y siete salas o pantallas, distribuidas entre Belgrano, Flores, Floresta, Caballito, Liniers y Villa del Parque. Solamente el San Martín de Flores no ha sido modernizado, mantiene su aspecto de siempre y proyecta dos películas por día. Los cines vecinales trabajan fuerte los miércoles, con las entradas a mitad de precio, y los fines de semana. En algunos sitios se advierte una revitalización diaria del interés del público, cuando la localidad para la primera función está también a mitad de precio.

L a primera noticia sobre la multiplicación de salas y pantallas la dio LA NACION, el 27 de octubre de 1995, al difundir un convenio entre dos empresarios locales de la distribución, Oscar Rodríguez y Mario De Pedro, con el mexicano Carlos Walther, de Fondo Optima, y la compañía especializada norteamericana United Artists, en su división de multisalas. El grupo está por inaugurar hacia julio próximo dieciséis salas en el Unicenter y luego otras dieciséis en la localidad bonaerense de Morón y el mismo número en Quilmes. Asimismo, tienen puesto el ojo en el terreno de Obras Sanitarias de San Isidro.

Los Showcase Cinemas de la National Amusement de Brent Redstone, asociada con Roque Maccarone, no estarán sólo en Haedo (esquina de Güemes y Congreso) y en Córdoba: frente al Unicenter, sobre la Panamericana, en el Family Park de Vicente López, el grupo instalará las cuatro mil butacas que caben en dieciocho salas (Una información más cautelosa señala que no serán más que catorce.)

La compañía australiana Village Road- show -aparentemente sin socios argentinos, aunque con la denominación local de Village Cinema- tiene ya en funcionamiento un exitoso complejo de diez salas en la capital mendocina, abierto el 17 de diciembre último, en el Mendoza Plaza Shopping. Village promete entre diez y doce pantallas en lo que fue el Mercado de Abasto y, probablemente, sendos complejos en San Isidro (catorce salas), Bahía Blanca y La Plata. Compró tierras en Rosario para futuros cines y un amplio terreno en Pilar, Buenos Aires, donde planea abrir un multicine (16 salas) en octubre próximo.

"Nuestro objetivo es levantar veinte complejos cinematográficos en otras tantas ciudades del país: queremos llegar a las doscientas salas", sueña el australiano Michael Adair, representante local de Village Roadshow, que entiende que el buen momento económico por el que atraviesa la Argentina estimula a los empresarios extranjeros a invertir, "más, cuando sabemos que a los argentinos les gusta tanto el cine". Tras añorar la existencia, otrora, de más de mil cines en la Argentina, Adair confía en crear las condiciones "para que los espectadores retornen, en nuevas y mejores salas".

Village, con sus ochocientos cines distribuidos en dieciocho países -la mayoría en Australia-, apunta a llegar al 2000 con tres mil salas en funcionamiento. Es tradición de Village levantar edificios para albergar diez salas, pero actualmente imagina proyectos de hasta veinte. En la Argentina, Adair trabaja con el estudio de arquitectos Bodas Miani Anger SRL, sobre la planificación de la casa central.

El suceso de Village Roadshow en Mendoza avivó el viejo fuego de exhibidores que caracteriza a la empresa de Coll y Saragusti, que asociada con Cinemark, promete otras diez salas allí mismo, en el barrio residencial de Chacras de Coria, mientras inaugura en estos días ocho cines en Puerto Madero, sobre unos doce mil metros cuadrados, en Dique 1, entre San Juan y Estados Unidos. Seguirán ese camino el ya citado Politeama de la calle Corrientes y el agregado de siete pantallas (ya hay cuatro), en el Boulevard Adrogué Shopping.

Cinemark operaba a fines de diciembre último con 1505 pantallas distribuidas en 181 teatros, todos ellos coast to coast , en los Estados Unidos.

Con los multicines se vienen el pochoclo -también pororó o palomitas o pop corn -, las gaseosas, los caramelos (y sus ruidosos papeles, aunque el autoservice permite meterlos en bolsitas de naylon inaudibles), las hamburguesas, los panchos, el café, las papas fritas, el chipá y todas las adaptaciones a gustos locales que uno pueda imaginar.

"Hasta un buen té con tortas", aclara Diane Feffer, la directora norteamericana de marketing de la línea Cinemark-Coll/ Saragusti. "La película se disfruta más si le ponemos buenos gustos en la boca", sostiene la simpática empresaria.

Para Alberto Cordero, socio local de Cinemark, "no habrá más latitas de gaseosas escondidas en los bolsillos; todo estará a la vista y con la mejor imagen y el sonido de última, como en Dallas, California, Nueva York u Ohio, donde se levantan los complejos de Cinemark; el cine-café será un lugar de encuentro previsto frente a las salas". Similares edificaciones destinadas al ocio y el espectáculo funcionan con éxito en México (114 centros de Cinemark), en Canadá, en Chile (dieciséis en actividad), Japón, Brasil, Ecuador, El Salvador y Perú. En los Estados Unidos existen unas cincuenta cadenas empresarias de edificación de complejos cinematográficos.

Los representantes de todas las empresas de complejos de cines coinciden en las características de esos sitios, a los que se prodrá acceder por el mismo precio que a las salas habituales, incluida la entrada de los miércoles a mitad de precio. El espíritu de estos complejos cinematográficos estará en un gran vestíbulo alfombrado y acogedor, colmado de alimentos, entre los que se halla el ya habitual pochoclo, que podrá servirse con mayonesa, manteca derretida u otros gustos. Es el candy shopping o sitio de las movie meals , vocablos que dicen más o menos lo mismo: lugar donde se compran los alimentos y golosinas para ingresar en las salas. Estas, en número abundante, se hallan alrededor del ese despacho de comidas.

Baños amplios para damas y caballeros permiten entrar y salir a los espectadores, a toda hora, debido a que las películas comienzan con unos quince o veinte minutos de diferencia, de modo que, si uno llega tarde, mientras engulle una salchicha, espera el comienzo de la otra proyección, generalmente una película diferente de la elegida; aunque, cuando el film viene fuerte, se estrena en más de una sala y con horarios alternados. Se supone que quien va al cine y no encuentra entradas para una película o llegó tarde, puede elegir otra. "Todo bajo el mismo techo y como en un sillón de casa", afirma, gozosa, Diane Feffer, de Cinemark.

L as butacas son reclinables, permiten apoyar la bandeja con las hamburguesas y no pasan de un número que va de doscientos a doscientos cincuenta. El patio de comidas suele estar decorado al modo de la nostalgia y la cinemabilia del viejo y clásico Hollywood, con nombres de estrellas famosas, sus retratos y antiguos afiches, y con las puertas de cada sala decoradas al modo de los palacios exóticos, supuestamente reminiscencias de la arquitectura de Egipto, China, Arabia, Bagdad y otros rezagos de amarillenta folletinería. Cinemark promete una decoración con predominio del violeta y toques de verde.

Las pantallas son de gran tamaño y el sonido, lo mejor de la digitalización. Existen tres clases de sonido: el Dolby Digital, el Digital Theatre System (DDS) y el Sony Dyanamic Digital Sound (SDDS). Según Martín Alvarez, gerente de Cinemark Argentina, "la sonorización moderna deja de ser dominio del aparato proyector: se realiza desde un compact, en un rack de sonido, que está en sincronía con la película.

En otro orden, un grupo de empresarios argentinos -algunos, propietarios independientes de cines en la Capital y en el interior-, asociados con norteamericanos, también proyectan la apertura de sesenta salas en las provincias. El primer paso fue dado en Santiago del Estero, donde, en pocas semanas, funcionarán cinco salas, con patio de comidas, atracciones infantiles, videojuegos y locales comerciales, realizados con una inversión de veinticinco millones de pesos. Este centro funcionará en la capital santiagueña, junto a la estación de YPF y al supermercado Disco, con los que compartirá un estacionamiento para ochocientos automóviles.

Son cines para no más de trescientas personas, con excepción de uno de ellos, en ocasiones cine-teatro, que contará con quinientas localidades. Estarán equipados con Dolby digital, refrigeración inteligente (dato valioso en la región), programarán cuatro funciones diarias a precio muy popular y estrenarán en simultáneo con la Capital. "Con la apertura de este centro cultural se crean unos quinientos puestos de trabajo en una ciudad de 300.000 habitantes", cuenta satisfecho uno de los responsables, que no quiere dar su nombre, "porque siempre he preferido el perfil bajo y la obra efectiva".

Desde esta información, es fácil advertir la intención descentralizadora, respecto de la Capital Federal y de su zona céntrica, que caracteriza a las compañías de multisalas.

Por su lado, el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales acaba de aprobar el proyecto de crear el camión-cine , un vehículo que llevará películas argentinas a las plazas de los pueblos del interior donde no hay salas y el cine se ha vuelto un mito de las grandes capitales. También se dará apoyo con créditos a los exhibidores-artesanos del interior que no han querido dejar vencer su viejo amor por los estrenos y mantienen viejos cines en pie.

Estas novedades mantendrán vivo el inalterable amor por el cine, que viene acompañando al mundo desde el comienzo de este siglo que se va. Los chicos, comiendo pororó o en silencio, recuperarán el deseo de ver películas y el negocio completo del cine, con consumidores ávidos, mantendrá la buena salud. La llegada del cine al barrio, una vez más, dará confianza a los padres -como en lejanas épocas- para que los niños de la casa vayan solos al cine y recuperen el valor del imaginario grande, desligándose de las hojarasca perecedera de la televisión. Aquel refugio-guardería que fueron los cines entre los años cuarenta y los setenta volverá a tener sentido.

¿Qué películas veremos?

Un boom de las salas cinematográficas puede incentivar a los municipios para realizar una bienvenida recuperación de las calles que han caído bajo el imperio de la opacidad, la miseria y el delito. Es una deuda que tienen con los habitantes de las grandes ciudades y de localidades populosas.

Ahora, ¿qué películas se van a estrenar en estas salas multiplicadas? ¿Sólo las norteamericanas, con su vocación moralista, su exacerbado nacionalismo y el relato a velocidad de zapping ? ¿O habrá una oferta más amplia, ante la necesidad de productos para el consumo del público, con tantas nuevas bocas de expendio cinematográfico?

Otra pregunta que se hacen los cinéfilos se vincula con este fenómeno nuevo de las grandes cadenas internacionales. Una misma empresa controla ahora miles de salas en todo el mundo. Obviamente, habrá una tendencia a exhibir exclusivamente lo que garantice un buen resultado económico. ¿Qué pasará con todo lo demás?

No parece lejano el día que contemos cien shoppings en todo el país: con unas diez salas cada uno, pronto tendremos de nuevo mil cines en el país.

En la Argentina abundaron los estrenos de orígenes muy diversos y, casi siempre, con éxito importante. Hoy están ausentes de las carteleras el cine francés, los actores italianos, las películas nórdicas, los productos canadienses, los films españoles, la lengua japonesa, las voces latinoamericanas, las realizaciones de Rusia, industrias que, aunque deprimidas, siguen llevando adelante la vocación de sus artistas y buscan pantallas para entrar en reciprocidad con los creadores locales.

El cine también es cultura y, sin negar la competencia y la libertad de comercio, hay que impulsar e incentivar la multiplicación del pensamiento cinematográfico y de la creación mediante el producido fílmico de cualquier país del mundo que sea capaz de dar a conocer y hacer sentir su idiosincrasia, para que los argentinos nos sintamos un número significativo, pero no nos creamos los únicos ni los más lindos de esta galaxia.

Las nuevas salas

Informe: Marcos Martínez y Alejandra López

Ilustración: Martín Kovensky

Fotos: Daniel Pessah

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios