Del noroeste de España al centro de Eslovenia

Iván de Pineda
Iván de Pineda LA NACION
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4 de marzo de 2018  

A veces cuando viajamos por diferentes países captamos imágenes que nos hacen acordar a distintos lugares que tal vez hayamos visitado en otra oportunidad o, sin haberlo hecho y aprovechándonos de la tecnología, hayamos descubierto en una imagen, una fotografía.

Esto me ha pasado en innumerables situaciones en las cuales no puedo parar de trazar paralelismos para terminar sorprendido por la diferencia cultural, social, de idiosincrasia o económica de estos lugares que para las cosas más simples han pensado quizás de una forma parecida.

Muchas veces me encuentro pensando en esto cuando recorro las campiñas de diferentes regiones o países y son parte de las postales más vividas y simpáticas que me llevo a casa y que con el correr de los años vuelven intermitentemente a mi cabeza.

Les puedo asegurar que no son cosas importantes ni grandilocuentes, en el uso más mundano de estas dos palabras, ni quizá nos sorprenderían por su tamaño o por su inversión al ser construidas, entre otras variables, sino por su simple belleza, su ubicación (algunas veces en remotos parajes), por algo mágico que esconden, por lo menos para mí.

Por eso los invito a visitar a través de estas breves líneas dos lindísimas regiones europeas: Galicia y Carniola.

La primera se encuentra en el noroeste de España y la segunda, en el centro de Eslovenia.

Ustedes se estarán preguntando a qué me refiero, qué tendrán que ver una con la otra, o si realmente este domingo me siento bien.

Les puedo asegurar que me encuentro en forma (bueno, eso trato de decirme todas las mañanas) y que, aunque muy diferentes en sus características y a veces en su propósito, son parte indisoluble del paisaje de estas dos regiones. Estoy hablando de los hórreos y los kozolec.

Ya sé y les pido disculpas, le estoy poniendo tanto misterio como si tratara de algo absolutamente fuera de lo normal, extraño, y sin embargo estoy hablando de los pequeños graneros y pajares que se encuentran por doquier tanto en un lugar como en el otro.

Es que verdaderamente no puedo dejar de imaginarme qué sería por ejemplo de las verdes colinas gallegas sin encontrarme con alguno de estos pequeños graneros hechos de piedra o madera, elevados del suelo y pensados para proteger los cultivos del clima que muchas veces recibe en estos parajes su cuota más que justa de humedad.

Creo que son parte de la quintaesencia de aquellas cosas típicas que nos podremos encontrar. Cada uno de los pequeños graneros esconde una historia, ya sea personal o colectiva, que se pierde allá en la historia lejana, muchos de ellos coronados con cruces y sólidamente plantados en la orgullosa tierra gallega.

Con los kozolec y en la bella Eslovenia sucede algo similar. Se trata de secaderos de heno y de granos, generalmente construidos en madera, en forma vertical y siempre techados.

Es frecuente encontrarlos entre los paisajes de las laderas empinadas y también en terrenos llanos, porque sus dos tipos de construcción permiten que se adapten a las variables del terreno y al tipo de secado que allí se realice.

Y como en el caso de los hórreos, se pueden encontrar próximos a las viviendas o en predios más alejados.

Protegidos de las lluvias, el viento y todos los infortunios de la intemperie, son dos construcciones de origen rural que se convirtieron en atractivos turísticos.

Con sus diferencias y coincidencias, uno reluce en el noroeste de España y otro, en el centro de Eslovenia.

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