La intimidad del partido a puertas cerradas entre Flamengo y River: los gritos de los jugadores y el clima fuera del estadio

El estadio, vacío
El estadio, vacío Fuente: AP
Juan Patricio Balbi Vignolo
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28 de febrero de 2018  • 21:14

Fue una noche de fútbol anormal. Una de esas jornadas que serán recordadas a lo largo del tiempo por la extraña particularidad. Y esa distinción terminó rompiendo por completo el clima que habitualmente se vive en la intensa y frenética Copa Libertadores. En un estadio impactante por su infraestructura y capacidad (45 mil espectadores), Flamengo y River disputaron su primer partido en la fase de grupos a puertas cerradas, ante alrededor de 300 personas.

No hubo hinchas, banderas, camisetas, cánticos ni nada que se le asemeje a un típico encuentro de fútbol por la sanción que Conmebol le impuso al elenco brasilero debido a los incidentes ocurridos en la final de la Copa Sudamericana ante Independiente: dos partidos de local a puertas cerradas en la Libertadores y una multa de 300 mil dólares, que se descontará de los ingresos obtenidos por derechos de televisión o patrocinio

Ante la situación, cada delegación pudo ingresar tan solo 70 personas al estadio, contando al plantel, el cuerpo técnico, los dirigentes y los colaboradores. El resto de los asistentes fueron organizadores, fotógrafos, médicos, miembros de la seguridad y periodistas.

El silencio predominó durante casi toda la noche y se rompió por primera vez con el ingreso de los equipos al terreno de juego: sonó a todo volúmen la música oficial de la Copa en medio del saludo y las fotos oficiales. Luego, durante los 90 minutos de juego, se escuchó cada pitazo del árbitro peruano Michael Espinoza y cada grito, protesta o indicación que llegaba de la voz de los jugadores desde el terreno. Casi como durante un entrenamiento.

"Jugá, Rodri, jugá. Por el medio, por el medio", le gritó Ponzio a Mora en un ataque del conjunto millonario durante el primer tiempo. "Arriba, arriba, arriba", fue el pedido de Armani en un saque de arco para Montiel, quien salía lentamente por el lateral derecho. "Paquetá, Paquetá", le exclamó el defensor Pará con la intención de pedirle la pelota a su compañero Lucas Paquetá, quien terminó rematando al arco y recibió la queja posterior. "Echalo, echalo. Lo tenés que echar", le protesta Zuculini al referí ante una falta de Dourado sobre Saracchi.

¿La más comentada entre los presentes? Una frase de Enzo Pérez. "No se la den más, no se la den más", le gritó el volante sus compañeros a los 31 minutos del segundo tiempo, con el marcador 2-1 en contra, cuando un rival se encontraba en el suelo por un golpe en un choque. Al ver que Martínez Quarta devolvió la pelota en un lateral, el volante le recriminó la acción con un grito y un gesto al defensor.

Como se esperaba, el clima fue muy diferente al de un partido habitual: no hubo grupos de hinchas con camisetas, banderas y cánticos ni en el subte ni en el tren; en las inmediaciones del estadio desapareció el comercio ambulante, tanto de indumentaria como de comidas y bebidas; y los controles policiales no fueron extensos: solo hubo patrulleros de la policía e integrantes del Grupo Especial de Policía en Estadios.

En los alrededores del estadio Engenhão, denominado así por estar ubicado en el barrio Engenho de Dentro, el tráfico (agitado como en toda la ciudad) fue igual que de un miércoles cualquiera, los restaurantes y bares de la zona acogieron a aquellos hinchas de Flamengo que se reunieron a ver el partido tomando una cerveza, y la zona del Museo Ciudad Olímpica y el Museo del Tren, ambos situados en el acceso sur sobre la calle Arquias Cordeiro, se pobló de runners, jóvenes en rollers y grupos de entrenamiento.

La diferencia en un calmo panorama la hicieron un grupo de cincuenta hinchas de Flamengo que se agruparon con sus camisetas en la calla de Das Oficinas, donde se encuentra el acceso norte del estadio, sector por el que ingresaban las delegaciones, la seguridad y los periodistas. Pero no aportaron mucho color en la calurosa jornada de Río de Janeiro: sin cánticos, únicamente se dedicaron a observar lo que pasaba e intentar, de alguna heroica manera, ingresar sin ser visto. Dentro del estadio, la playa de estacionamiento estuvo plagada de autos, camionetas y camiones de la televisión.

Pero River no estuvo solo. Sin ninguna identificación, una decena de hinchas millonarios deambularon por toda la zona del Estadio Olímpico buscando una acreditación o un ingreso para poder ver el partido. ¿Por qué viajaron a Río si el partido se jugaba a puertas cerradas? La mayoría compró su boleto de avión cuando se conoció el sorteo de la fase de grupos de la Libertadores, sin la sanción a Flamengo confirmada (se conoció el 24 de enero).

"¿Cómo podemos hacer para ingresar? ¿Hay alguna forma? ¿Con quién hay que hablar?", pregunta Martín, un hincha millonario que preparó sus vacaciones en Brasil junto a un amigo con la intención de ver al club de sus amores. Su suerte llegó hasta el ingreso de prensa, cuando presentó su documento ante el empleado de seguridad del estadio, quien rechazó su ingreso al no figurar su nombre ni su DNI en el listado oficial de acreditaciones.

Fue una noche anormal y peculiar. De fútbol hubo poco en un partido calmo y chato entre dos equipos que solo se neutralizaron. Y las calles de Brasil lo vivieron casi de la misma manera.

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