"La tarde en la que Salzburgo me devolvió la sonrisa"

Un viaje para ver lo que otros no ven en este pueblo austríaco
Un viaje para ver lo que otros no ven en este pueblo austríaco
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4 de marzo de 2018  

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Lucía Saralegui. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

El aire frío de Salzburgo me entraba cortante por la nariz. Era una noche helada pero clara. Después de tanta ciudad, volvía a ver las estrellas de noche, sin el excesivo alumbrado ni edificios altos. La nieve seguía firme en su lugar desde mi llegada, inamovible. Volvía a mi hostel, enfundada en mi campera larga hasta las rodillas. Capucha y guantes. La cartera negra colgando de un brazo. Ya mi tercer noche en ese pueblito austríaco que me había atrapado por completo.

Esa tarde me había bañado y vestido con lo que de mi valija podía considerarse elegante. El poncho negro de lana con flecos, un jean azul, zapatos negros acordonados y acharolados. El cuarto que fue pensado para seis personas se sentía demasiado grande cuando yo era la única que lo ocupaba. Decidí quedarme un día más en ese lugar que se podía recorrer en medio día simplemente.

Estaba aprendiendo algo que me parecía fundamental: darme tiempo en los lugares que me atrapaban, hacerlos míos, llegar a sentirlos como mi casa.

Las actividades turísticas ya se habían acabado. Ya había ido al castillo, había comido un bombón de Mozart y había hecho un picnic con vino y chocolate en la cima del Kapuzinerberg con Maddie y Aiden. Había decidido pasar el último día como alguien que viviera ahí. Caminata a la mañana, supermercado, almuerzo.

Después de comer, videollamada con mis viejos en la calefaccionada sala común del hostel. Se los pedí yo por primera vez en el viaje. Me ayudaron a planear un poco los días que seguían. Me emocioné al darme cuenta de que los extrañaba pero traté de aguantar la voz sin que se me quiebre mientras hablábamos. No estaba preparada para mostrarme tan sensible frente a ellos.

Sola en el cine

El principal evento del día era a las siete de la tarde: una película en el cine. Lo había decidido el día anterior. Estábamos con Maddie y Aiden refugiándonos en un café del centro después de la fría excursión a la montaña. Había sido una mañana ideal para hacer alpinismo y hasta necesité sacarme la campera durante el ascenso porque la temperatura de mi cuerpo también fue subiendo. Sin embargo, y a pesar de lo acalorado de la charla, la media hora sentados que duró el picnic alcanzó para volver a sentir en los huesos ese frío seco y helado del enero europeo. Así que nos apuramos en la bajada para buscar donde resguardarnos.

Maddy y Aiden me acompañaron al cine más cercano del café donde estábamos: literalmente a media cuadra. En realidad era un hotel que tenía dos pequeñas salas de cine. Había una función especial en inglés de "Lalaland" al día siguiente. Especial, porque solían ser en alemán. Todo encajaba a la perfección.

Llegué a mi cita conmigo misma temprano, como siempre llego a todos lados. La recepcionista del modesto pero elegante hotel me invitó a esperar en el lobby. A los quince minutos abrieron la sala. No era tan grande como las de los cines. Parecía más bien una sala de teatro antigua, con telón bordo incluído. Acogedora, en sintonía con el resto de la ciudad.

Sentirse grande

Terminó la película y comencé mi vuelta, caminando muy tranquila, sin apuro por llegar al hostel. O adonde fuera. Disfrutaba del frío en la cara, repasando en mi mente diálogos e imágenes de la película. Miraba detenidamente cada detalle que me llamara la atención en el camino. Un cartel, una cara, un farol. Con la cartera negra de cuero que me regalaron mis amigas para mi cumpleaños. Me di cuenta que algo parecido me había pasado al salir de la sala la primera vez que había ido sola al cine.

Sentía el paso de los años depositados en mi corazón. Me sentía grande. Era una sensación que me gustaba, en vez de preocuparme. ¿Tenía que preocuparme? ¿A quién se le ocurrió que envejecer da miedo? Nada me apuraba. Estaba en lo más parecido que puede encontrarse en el planeta tierra al mundo de Narnia que imaginó C.S. Lewis. Rodeada por las montañas, los árboles y la nieve. Un cuento. Mi cuento.

Cruzando el río por el puente Staatsbrücke volvió a pasarme. Me di cuenta que me sonreía a mi misma. La sonrisa dibujada en mi cara que aparecía sin pedir permiso. Me gustaba cada vez que la descubría ahí, sin intenciones de moverse. Como la nieve de Salzburgo. Era ahí cuando sentía que algo estaba haciendo bien.

Mientras pensaba todo esto, sentí que Salzburgo me devolvía la sonrisa. Estaba lista para dejarla.

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