La grieta postergada, una clave central en el discurso

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
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2 de marzo de 2018  

El 4 de marzo de 1861, Abraham Lincoln empezó a leer su discurso de asunción. En ese momento se levantó un viento que amenazaba con volarle el sombrero y los papeles. Acercándose, Stephen Douglas se ofreció para sostenerle la galera. Douglas era el candidato demócrata que Lincoln había derrotado en las elecciones. Un siglo más tarde, el 9 de noviembre de 1960, Richard Nixon reconoció tempranamente la victoria -según sugería toda evidencia, fraudulenta- de John Kennedy, evitándole al país el escándalo de un presidente cuestionado. Este grado de civilización política es impensable en la Argentina de hoy, en que Cristina Kirchner se negó a entregarle la banda a Mauricio Macri y, ya senadora, faltó a la apertura de sesiones en el Congreso. También es cierto que tanto Lincoln como Kennedy fueron asesinados antes de terminar sus mandatos.

No todo lo que brilla es república ni toda grieta es trágica. La perspectiva comparada ayuda a minimizar el drama: nuestro país tiene mucho para corregir, pero está mejor de lo que creemos. Es más republicano un presidente preso que un presidente muerto.

El discurso de Macri reflejó esta perspectiva, la del vaso medio lleno. Hizo bien: primero, porque es inteligente resaltar los éxitos antes que los fracasos; segundo, porque el papel de un presidente también es inspirar, no solo gestionar. En un año par -sin elecciones- el jefe del Estado dejó de lado la confrontación y la macroeconomía y se enfocó en el debate legislativo y la política social.

"Ni mano dura ni abolicionismo", desagrietó Macri, acentuando la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico. Recalcó la cuestión de la transparencia, quizás el punto más vulnerable del Gobierno, no por comparación con los anteriores, sino con sus propias promesas. Y pidió a los legisladores que trataran un conjunto de temas sensibles: malnutrición y obesidad infantil, mortalidad en rutas ("una tragedia nacional"), integridad pública, reforma penal. Metió la reforma laboral en el cajón y se limitó a promover la inclusión laboral.

Para sorpresa de propios y ajenos, Macri presentó una agenda de género como este país nunca había visto: paridad salarial, licencias paternales, embarazo adolescente, educación sexual, métodos anticonceptivos y aborto. Si esto es una cortina de humo, asoma por detrás bastante fuego.

El discurso duró 40 minutos, casi como en Estados Unidos. Es una óptima receta: lo bueno mejora con lo breve, y lo malo también. Macri terminó con una arenga al entusiasmo, a la alegría, al orgullo: ¿alguien se imagina a De la Rúa acabando en ese tono? No: si Cambiemos ocupa el espacio social del radicalismo, ejerce el poder con un vitalismo calcado del peronismo. La grieta quedó para el año que viene, o para la próxima crisis.

Politólogo e investigador de la Universidad de Lisboa

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